miércoles, 16 de diciembre de 2009

El Cascanueces: Un clásico que vive entre la infancia y el sueño


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional



16, 18 al 20, 22 y 23 de diciembre, 2009 / 10 funciones / 
2:00 horas de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V


Julio Alejandro Quijano
La abuela mira a su nieta con un orgullo cifrado en el hoy y el mañana, y le comenta a la acomodadora: “Si así baila a los tres años, imagínate cuántas compañías querrán contratarla cuando gane su beca para estudiar ballet en el extranjero”. La empleada contempla a ambas y responde con un guiño indescifrable. 

Todo en El Cascanueces es sueño. Aun antes de abrir el telón, los dos soldados de plomo gigantes que custodian el escenario dicen (a todo aquel que quiera ceder paso a la imaginación): “Por favor, abríguese bien porque en la Alemania de principios del siglo XX el invierno es particularmente frío”. Y esta sensación onírica no se detiene en el borde del escenario y tampoco al cerrarse el telón del primer acto. 
De hecho, es durante el intermedio cuando, entre los pasillos y el patio del proscenio, aparecen un montón de sueños en forma de niñas y adolescentes que bailotean y retozan para salvar, como la Clara de El Cascanueces, al príncipe que lucha contra el Rey de los Ratones. Pero los sueños tampoco se detienen en los traviesos pies de estas niñas, sino que llegan hasta la imaginación de sus padres, abuelos, tíos, parientes en general que ven en esos brincos un destino seguro: esa niña será bailarina, por lo menos, de la Compañía Nacional de Danza. Y la ven desde ya en el escenario, sentada en ese sillón gigante en el que Clara comienza la ensoñación que la lleva al País del Azúcar. Las adecuaciones del foro para el montaje obligan a dejar una medialuna vacía entre la orquesta y la primera fila de butacas; es ahí donde las “futuras Claras” ensayan, corren desde un extremo para ejecutar arabescos, giros y vuelos hasta encontrarse de frente con su cascanueces convertido en príncipe y entonces... Se escucha la tercera llamada del segundo acto y regresan a sus butacas. Habrá que notar, sin embargo, que con los sueños intactos. 
El segundo acto, igual de colorido que el primero pero aun más luminoso, despierta la curiosidad de las niñas que preguntan “¿por qué en España el baile sabe a chocolate?”, o si en Rusia los caramelos deambulan por la calle. Los padres responden con lo mejor de su imaginación (a veces muy restringida: “El chocolate les da energía para bailar”) y en la última escena, cuando Clara sube en un globo con el príncipe, el aplauso del público tiene un sentimiento de melancolía porque sabe que al cerrase el telón, los dos cascanueces gigantes dirán: “Gracias por haber visitado el País del Azúcar, ahora puede usted regresar a la ciudad de México”. 
Los discos de música y documentales que se ofrecen a la entrada del Auditorio Nacional son castellanizados en distintos niveles: algunos ofrecen la obra original de “Pedro Chaikovski” y otros presumen contener la coreografía de “Mario Petipa”. Una vez superado el ligero escándalo intelectual de algunos adultos que despotrican por la ignorancia del ambulantaje, queda la sorpresa ante el entusiasmo de las niñas que piden a sus padres que compren los discos. 
Es evidente que la mayoría del público infantil conoce bien El Cascanueces, que cada año esperan diciembre para asistir al montaje de la Compañía Nacional de Danza. En los bailarines es notorio a su vez, que se sienten a gusto en una coreografía sobre la que trabajan con la alegría de pisar terreno seguro, de que entre el público priva el sentimiento del fan que se sabe de memoria la historia, que perdona errores y, sobre todo, que seguramente se levantará a aplaudir.

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

“Mira mamá, ahí es cuando Clara se pone triste porque el juguetero no le trae regalos… y ahí es cuando le regalan el cascanueces… y ahora su hermano lo va a romper por envidioso”. Las niñas se ponen en el rol del narrador que alecciona al adulto y al mismo tiempo confirman para sí mismas que el cuento tendrá un final feliz. Las espectadoras infantiles notan la mínima variación, pero no con una intención crítica, sino del fan que no quiere que algo estropee la noche. Lo que desean es que, otra vez como cada invierno, Clara suba en el globo con el Príncipe para demostrar que los sueños (ya sea un cascanueces que se transforma en príncipe o una niña que llega a la Compañía Nacional de Danza) se hacen realidad.



Prontuario de detalles “mexicanos” 
Como toda reposición de obra clásica, El Cascanueces que la Compañía Nacional de Danza presenta desde hace nueve años en el Auditorio Nacional (y antes en el Palacio de Bellas Artes) contiene algunas variantes que acentúan su encanto para el público mexicano. 
La casa Stahlbaum: La mitad del primer acto se desarrolla en esta casa que, para la puesta en el Auditorio Nacional, fue diseñada como un arquetipo de la casa europea, un lugar “caluroso” donde fuera evidente que ya habían sucedido muchas navidades. 
El sillón rojo: La escenógrafa Laura Rodé pensó que la casa de la familia Stahlbaum debería haber un sillón rojo. Pero no solo definió el color, sino el tamaño: debería ser gigante hasta el punto de que Clara fuera diminuta al sentarse en él: “Pensé que era necesario un sillón cómodo, donde te sentaras a leer, a dormir, a hacer todo; por eso es un sillón tres veces más grande del tamaño normal”. 
Coreografía: A James Kelly se le encargó en 2000 rediseñar la coreografía. Hubo un pequeño escándalo ante el atrevimiento de tocar el trabajo de Nina Novak (versión estrenada en México en 1980 y basada en el original de Marius Petipa), pero Kelly en realidad sólo introdujo algunos elementos neoclásicos notorios, sobre todo en las coreografías de los juguetes del primer acto. En 2005 se decidió retomar la versión de Nina Novak. 
Récord: El bailarín Jaime Vargas participó en El Cascanueces desde que ingresó a la Compañía Nacional en 1989. Entonces tenía 14 años y acumuló 16 temporadas hasta que se mudó a Canadá para integrarse al Royal Winnipeg Ballet. En 2003, declaró: “He participado en 14 ediciones de esta obra y pareciera que es rutinario, pero las experiencias son diferentes. En mis primeras interpretaciones me preocupaba demasiado por los pasos y la técnica, pero con el tiempo comencé a disfrutar más la historia, a soñar bailando”. (J.A.Q.

Programa 

El Cascanueces 
(Versión tradicional) 
Música: Piotr. I. Tchaikovsky 
Coreografía: Nina Novak, sobre la original de Lev Ivanov 
Arreglos coreográficos: Laura Echevarría, Carlos López, Jorge Cano y Dariusz Blajer 
Libreto: Marius Petipa, basado en la versión de Alejandro Dumas del cuento de E.T.A. Hoffman 
Escenografía: Laura Rode 
Vestuario: Carlo Demichelis 
Iluminación: Víctor Flores 
Efectos Especiales: Alejandro Jara y Grupo Profesional de México 


Primeros bailarines 
Sandra Bárcenas 
Irma Morales 
Raúl Fernández 
Jorge Vega 
Harold Quintero 
y 78 bailarines más 

Orquesta del Teatro de Bellas Artes 
Director huésped: Tadeusz Wojciechowski



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