martes, 17 de noviembre de 2009

Tercera Muestra de Música Indígena: Vértigo de rito oceánico

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El Pacífico suena / 17 de noviembre, 2009 / Función única / 
3:00 horas de duración / Promotor: Ricardo Felipe Ortega 



Gustavo Emilio Rosales
“¡Jaimeeeeee, yimiiiii, venga, venga!”, repite, entre canciones, con la misma voz de sirena con la que fascina a los testigos de su canto, Kaumakaiwa Kanaka’ole. El vocalista solicita de continuo la ayuda del conductor general de este programa, Jaime Almeida, para que traduzca a nuestro idioma sus sencillos saludos y comentarios en inglés: “Este tema es un recuerdo a mi isla y a un amigo” o “este otro se refiere a un amor que es tan bello como la paciencia de unir flores”. A su lado, el guitarrista Shawn Pimentel, su acompañante, aprovecha las pausas para tejer acordes silenciosos, quizá anticipando las piezas que vendrán y que habrán de asegurarnos que hoy estamos en presencia de un artista emergente que muy pronto jugará en las grandes ligas de la industria del disco, pues su talento y técnica resultan asombrosos. 

Con su simpatía y virtudes vocales, Kanaka’ole conquista la atención del público, que celebra con gritos y silbidos los melifluos ademanes con los que pone en relación su pelo largo y una gran chalina de color amarillo. En ocasiones es difícil precisar si se trata de fémina o varón, pues tanto sus facciones como su tono de voz combinan atributos de ambos géneros. Su canto también resulta alianza de opuestos: con potencia se despliega, pero porta una dulzura que se expresa mediante ondulaciones y cascadas acústicas. Durante quince de sus veintisiete años ha sido ‘olapa (bailarín), en la tradición Hula, y como cantante ha ganado tres veces el premio regional Na Hoku Hanohano, lo que lo convierte en el joven artista más destacado de la isla de Hilo, al este de Hawai. Proviene de un matriarcado que cuida con severidad la formación de sus descendientes. “Estoy aquí en nombre de mis antepasados, y acompañado por ellas”, sostiene. 
La acertada fusión de música étnica de Polinesia, con matices de blues y folk, presentada por Kaumakaiwa Kanaka’ole es la cima de esta muestra internacional de tradiciones artísticas provenientes del Pacífico, que ha dado inicio con la intervención de la Banda Filarmónica Real Zapoteco, de San Juan Jaltepec, Oaxaca, formada por músicos muy jóvenes. Llamó la atención el contraste entre los cuerpos menudos de niñas y niños, ataviados con un sencillo uniforme color vino, que enfatizaba el lustre de sus rostros cobrizos, y el tamaño de sus instrumentos, particularmente los que conforman la sección de vientos. Con un empuje que multiplicó la energía de su talla, esta agrupación abrió camino a lo que será un catálogo de asombros coreográficos y acústicos. 
A continuación, la cantante Edith Ortiz Mendoza, figura notable de Villa Guadalupe, región de Tlaxiaco, Oaxaca, acompañada por un quinteto conformado por violinistas, baterista y guitarristas, interpretó cantos en el hermoso idioma mixteco. Con señorío y soltura, vistiendo con orgullo hermosos trajes típicos, bailó su propia música y, entre temas tradicionales, deslizó complacencias del repertorio convencional, como “Canción mixteca” y “A la sombra del naranjo”. 
Posteriormente, el conjunto Manahau, de Tahití, la isla mayor de la Polinesia Francesa, bailó danzas sensuales y guerreras. Las cuatro mujeres de este conjunto, con su figura esbelta, sus cabellos largos y oscuros y cinturas capaces de oscilar a una velocidad casi imperceptible para el ojo humano, fueron cifra de erotismo. En sus evoluciones, el concepto de lo oceánico cobró exotismo y atracción. Por su parte, los tres hombres de este ensamble interpretaron dinámicas vigorosas, en estructuras basadas en ritmos de percusión y exclamaciones de batalla, que anticiparon de una manera grata la conmoción danzaria que habría de suscitar, hacia el final de la función, el grupo de maoríes. 
Ahora que Kanaka’ole ofrece su última canción de la velada, mirar hacia el inicio del programa provoca cierto vértigo: ¡cuántos estímulos, cuánta riqueza artística y tradicional! El maestro de ceremonias ha hablado largamente acerca del acervo cultural de la cuenca oceánica más antigua, para contextualizarlo y entregar pasajes de transición entre cada uno de los actos. 
Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Aoteroa pone fin a la Muestra. Representante de las culturas nativas de Nueva Zelanda, en especial de la etnia Maorí, que se distingue corporalmente por su elaborada técnica de tatuaje, conocida como Tā Moko, este grupo ejecuta cantos rituales de fertilidad y danzas de combate. Las intérpretes de la música, realizada con instrumentos de cuerda y percusión, son dos mujeres, una joven y otra anciana, y los danzantes son tres imponentes hombres que desplazan con contundencia una enorme masa de teatralidad hecha por conjuntos de músculos y grasa prominentes, elaborados tatuajes y máscaras gestuales configuradas por ojos desorbitados y lenguas que se extienden al máximo: una erupción volcánica para cerrar los festejos en torno al océano cultural más importante de la Tierra. 

* Las Muestras de Música Indígena previas fueron celebradas en agosto de 2003 y octubre de 2005. 


Temple del Pacífico 
* De migraciones, conquistas y alabanzas a los dioses del océano y la tierra están hechas las tradiciones artísticas de los grupos extranjeros que han participado en la Tercera Muestra Internacional de Música Indígena. El colectivo Aoteroa (nombre en lengua maorí de Nueva Zelanda, que significa tierra de la larga nube blanca), por ejemplo, basa su propuesta en el relato épico de sus ancestros, provenientes de Hawai. En contraste, los programas de las agrupaciones mexicanas reflejan un grado mayor de mestizaje y su repertorio está determinado por una lírica de tono costumbrista. 
* El Océano Pacífico es la masa de agua más grande del planeta. Las extensiones de tierra que se ubican en él agrupan a cincuenta y dos países. Contiene múltiples archipiélagos que suman un total aproximado de veinticinco mil islas (más que todos los demás océanos del mundo juntos). 
* En la presente muestra han figurado regiones de distintos polos geográficos del Pacífico. Oaxaca representa la conexión costera que México tiene, hacia el sureste, con este océano. Tahití, un territorio de ultramar francés, se encuentra al sur. Hawai, formado por el archipiélago polinesio del mismo nombre, está en el norte; en tanto que Nueva Zelanda se localiza en el suroeste. 
* En este tablero geográfico y cultural, Tahití, Hawai y Nueva Zelanda forman parte de la región llamada Polinesia, que es un enorme grupo de cerca de mil islas. La historia de esta región, aunque de considerable complejidad política, es una de las más recientes de la humanidad. 
* La más conocida tradición artística de Polinesia se denomina, en su forma original, Kahiko Hula y está formada por cantos (mele) y danzas que tienen como fin adorar a los dioses y celebrar la grandeza de la vida. Las mujeres tienen un desempeño protagónico en ella y la representación de su estado simbólico como núcleos de belleza y fertilidad ha originado versiones modernas que, con importante influencia de elementos mestizos, devienen en famosas atracciones turísticas. 
* Nueva Zelanda fue uno de los últimos lugares del planeta en ser colonizado. Sus primeros pobladores, provenientes de la polinesia hawaiana y tahitiana, se denominaron a sí mismos como maoríes o gente real. Aislada durante mucho tiempo del resto del mundo, la cultura maorí desarrolló formas artísticas que consideran al cuerpo como espacio principal de realización. Los tatuajes faciales y la danza guerrera llamada Haka (famosa porque algunos equipos de rugby la han adoptado para intimidar a sus adversarios) son manifestaciones que han trascendido el ámbito regional de esta tradición. (G.E.R.)


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