miércoles, 4 de noviembre de 2009

Hombres G: La permanente consigna de pasarla bien

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

25 años en México / 4 de noviembre, 2009 / Función única / 
2:00 horas de de duración / Promotor: Main Event México, S.A. de C.V. 


Alejandro González Castillo
La ola expansiva de la “movida madrileña” alcanzó a llegar a los años finales de los ochenta. Sus pulmones comenzaron a desinflarse en España cuando en Latinoamérica la marca Rock en tu idioma gozaba de más compradores. Bajo ese precepto, la lista de grupos que en ambos continentes definieron con sus canciones a una generación es tan amplia como su rango sonoro, sin embargo el nombre de Hombres G* no podría incluirse en ella, pues se trata de una historia aparte. 
El primer álbum que el conjunto colocó en la punta del top ten adolescente data de 1985; demasiado tarde para Nacha Pop, muy temprano para Los Amantes de Lola. Ese disco de título homónimo contenía “Devuélveme a mi chica”, un tema de lo más inofensivo para quienes ya se calzaban zapatos con plataforma escuchando a Alaska, pero totalmente trasgresor ante los oídos de los fans de Yuri. 
En México, entonar la palabra “mamón” significaba un pecado insostenible para los padres de familia, pero un acto tentador para quienes ya empezaban a sentirse apenados por sus discos de Timbiriche. Fue así que, sin buscarlo, los autores del bochorno lírico dieron justo en el blanco. 
Rafa, Danny, David y Javi jamás pretendieron escandalizar con su música. Hoy, a 25 años de dar sus primeros pasos, sus detractores no tienen más que mirarles para luego sonreír con ternura. Se trata de cuatro tipos cuya pretensión más lejana es divertirse mientras ejecutan temas que fueron escritos con el único ánimo de pasarla “de puta madre”, como el propio David grita frente al micrófono. 
En ese sentido, el trato permanece intacto, pues precisamente por eso los músicos decidieron reunirse luego de parar en 1992; para revivir las risas que no encontraron del todo mientras tomaron un descanso que se prolongó por once años. En un caso excepcional, los madrileños incluso siguen grabando discos ―el más reciente, 10, salió a la venta hace un par de años― y el público que hoy grita exasperado, sin pensar en que mañana en la oficina no podrá ni hablar, conoce a la perfección los nuevos capítulos que se han adherido al viejo cancionero, aunque se trate de títulos que hablan de estabilidad emocional; nada qué ver con los arrebatados surcos de veinte años atrás. 
La mirada conquistadora de Summers parece sacada del álbum fotográfico de la secundaria, y lo mismo ocurre con los gestos de Molina tras los tambores, los pataleos de Gutiérrez y la pose meditabunda de Mezquita tras sus guitarras. Pero el sonido del cuarteto luce áspero si se le equipara con el de sus discos. Para certificarlo están “Indiana”, “Nassau” y “El ataque de las chicas cocodrilo”, sin dejar de lado las rimas sanguinolentas de “Martha tiene un marcapasos”. 
Mientras tanto, las baladas que desgajan permanecen intactas: “Te necesito”, “Un par de palabras”, “Si no te tengo a ti”, “Te quiero”. Todas tientan a varios a tomar el celular para llamarle a aquel pretendiente de las épocas de uniforme, pero hay un tema en especial que reivindica las lágrimas de bachiller a niveles insondables: “Temblando”. Un desencajado drama telefónico interpretado a piano y voz que contrasta con la que es anunciada como “una vieja canción de borrachos”: “Visite nuestro bar”. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Con el brío etílico como empuje, el baterista raspa su garganta con un chorro de lo que parece tequila para luego tomar el micrófono y relatar sus antiguas visitas a la puerta del colegio para recoger a su chica. La ternura de “No te puedo besar” antecede a la venganza macarra y al consecuente sufrimiento de quien se cree muy listo por llevar de la mano a una mujer ajena. Sentencia y advertencia para el ladrón del jersey chulo: “sufre mamón, devuélveme a mi chica”. Todos cantan el coro de la discordia, despreocupados de cualquier movida o campaña mediática. Y entonces nadie se atreve a dudarlo: los Hombres G ya son un clásico. 

* Antes estuvieron aquí en junio de 2002 y mayo de 2004. 

Summers, el cineasta 
El director de cine Manuel Summers Rivero nació en Huelva, en 1935. Para cuando su hijo David llenaba estadios al mando de Hombres G a lo largo de España, él ya sabía lo que era atascar de carcajadas las salas de cine gracias a la denominada “trilogía de la cámara oculta”, compuesta por To er mundo é güeno, To er mundo é mejó y To er mundo é demasiao; nada menos que la traducción española de la saga mexicana La risa en vacaciones
Sin embargo, sería el grupo de su vástago el que le daría proyección al otro lado del Atlántico. Sufre mamón (1987) y Suéltate el pelo (1988) fueron los estrambóticos filmes que dirigió para retratar el fenómeno G, tal como Richard Lester lo hiciera con la beatlemanía, guardando las debidas proporciones. Ambas películas pondrían el apellido Summers en todas las marquesinas, aunque paradójicamente significarían el fin de la carrera de Manuel como director. (A.G.C.)



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