sábado, 24 de octubre de 2009

Aída: Faraónico refinamiento estético

Foto: The Metropolitan Opera.

Temporada de Ópera, desde el Metropolitan Opera de New York / 24 de octubre, 2009 / 
Función única / 3:45 horas de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Gustavo Emilio Rosales
Hay creaciones que no pueden ser modestas: un yate, una mujer hermosa, la ópera Aída. A partir de este principio, la exuberancia de imágenes que despliega la producción de Sonja Frisell para la temporada 2009-2010 del Met debe ser tomada como la cualidad constitutiva de un sistema artístico incapaz de acceder a la humildad. 
Se trata del refinamiento estético del lujo, donde todos los detalles deben evocar una dimensión de privilegio. Por eso, aunque su presencia física no sea la más agraciada según los estereotipos en boga, los papeles centrales de esta puesta en escena corresponden a los mejores intérpretes del repertorio operístico italiano en la actualidad: la mezzosoprano estadounidense Dolora Zajick, en el papel de la princesa Amneris; la soprano lituana Violeta Urmana, como Aída, su esclava; y el tenor sudafricano Johan Botha, como el guerrero Radamés, de quien ambas están enamoradas. 
Hay otros tres personajes que asisten a los protagonistas o provocan situaciones dramáticas de peso: Ramfis, supremo sacerdote, interpretado por el italiano Roberto Scandiuzzi y el Rey de Egipto, a cargo del eslovaco Stefan Kocán, ambos bajos. El papel de Amonasro, monarca de Etiopía y padre de Aída, corresponde al barítono romano Carlo Guelfi. Acompañan al sexteto protagónico decenas de comparsas, entre actores y bailarines, que convierten el montaje en un espectáculo de masas. 
Resulta obvio que la música de Giuseppe Verdi es magnífica, una de las partituras célebres. Pero también es evidente que el pasaje de la marcha triunfal —celebrada en honor a la victoria de Radamés sobre los etíopes— es el lugar común de las expectativas y la cifra de cada nueva producción de esta ópera. En el caso presente, el director musical Daniele Gatti impulsa la potencia de la orquesta a un grado máximo y ampara así el desfile lineal de musculosos guerreros, exóticas bailarinas, jinetes a caballo, acróbatas, esclavos y una pareja de danzantes que llevan a cabo una coreografía vertiginosa, firmada por Alexei Ratmansky, que por mérito propio podría ganar cualquier concurso de duetos. Pese a que estamos viendo una proyección, los aplausos brotan ante el despliegue de multitudes, decorados que, con cierto toque de industria cinematográfica, recrean una versión ideal del Egipto faraónico (el adjetivo se comprende al ver la recargada elaboración escenográfica), y vestuarios que acentúan la idea popular de un Egipto enamorado de la simetría. 
Pese a la dedicación que coloca en esta escena, el balance general de su trabajo no favorecerá a Gatti, que recibe muestras de tibieza del público, quizá motivado por una irregular cohesión del tempo en el fluir del discurso sonoro. Por el contrario, Dolora Zajick comienza mostrando un exceso de tensión (es una cantante de la antigua escuela: más acostumbrada a estar en un solo lugar que a desplazarse), pero rápidamente gana confianza y se impone como la voz de mayor presencia sobre el foro; incluso Johan Botha tiene que elevar la intensidad de su actuación para no verse rebasado por la inesperada acometida de esta Amneris con aspecto de esfinge. 
Aída, por su parte, da la impresión de estar demasiado pasiva. Una cautela comprensible ante arduos tráficos escénico y vocal, pero un tanto indescifrable con las exigencias dramáticas del personaje de la princesa que vive como esclava, quien disputa su amor nada menos que a la soberbia hija del rey y tiene que ayudar a su padre prisionero a engañar al hombre que ama con tal de obtener el secreto que podría salvar a la gente de Etiopía, dominada por los egipcios. En este contexto, es posible que Urmana apueste a su voluminoso físico para configurar el peso de realidad de este papel, pero es su capacidad vocal lo que realmente suple su inconsistencia histriónica. 
El acto final, cuando Radamés y Aída comprenden que han de morir enterrados vivos, mientras que Amneris muere de amor en el templo, es uno de los mejores momentos de la puesta. Parece que, tras de un retablo de acciones orientado por el horror al vacío, es la muerte la que pone en su lugar el sentido de cualquier pretensión. 

La creación y el marketing 
* Aída se presentó por vez primera el día de Navidad de 1871, en la Casa de Ópera de El Cairo, Egipto. 
* La composición de Giuseppe Verdi tuvo su origen en la inspiración literaria de un egiptólogo. Emocionado por su experiencia profesional durante excavaciones arqueológicas en Menfis y Tebas, Auguste-Edouard Mariette escribió un relato acerca de la rivalidad amorosa entre dos princesas enemigas. El virrey de Egipto y amante de la ópera, Ismail Pascha, supo de esta historia y de inmediato vislumbró en ella la semilla de una gran pieza operística que serviría para animar las festividades en torno a la inminente inauguración del Canal de Suez. 
* Verdi se negó a componer la pieza central de esta celebración. Alegó falta de tiempo y nula costumbre de escribir obras por encargo. Sin embargo, pese a que el Canal de Suez ya había sido inaugurado en 1869, Pascha no cejó en su intento de convencer al compositor italiano. La intervención del director de la Ópera Cómica de París, Camille du Locle, quien evidentemente tenía algún tipo de influjo sobre el carácter de Giuseppe, y un salario de ciento cincuenta mil francos decidieron para la historia del arte la creación de Aída. 
* El estreno egipcio de esta colosal obra supuso la puesta en marcha de una compleja maquinaria de producción de alcances internacionales, que seguramente debe contarse entre las primeras campañas de marketing a escala mundial. Personalidades de diversas partes del planeta se dieron cita a orillas del Nilo para presenciar lo que se anunció como un espectáculo nunca antes visto. El éxito fue total, ovaciones, parabienes y ofertas de contratos para presentarla en Europa surgieron de inmediato. Verdi se limitó a comentar: “no es lo peor que he escrito”. 
* Uno de los pasajes más altos en el curso de las representaciones de Aída ocurrió en 1951, en el Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal, cuando María Callas logró una interpretación notable. Su largo Mi bemol, en el final del segundo acto (que no está en la partitura original: fue un homenaje a Ángela Peralta, quien lo había emitido en el estreno mexicano de esta ópera), es recordado aún como “el agudo de México”. (G.E.R.)
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