sábado, 22 de agosto de 2009

Eugene Onegin: Amar a destiempo es estar acorralado

Foto: The Metropolitan Opera

Temporada de Ópera, desde el Metropolitan Opera de Nueva York / 22 de agosto, 2009 / 
Función única / 2: 48 horas de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C 

Gustavo Emilio Rosales 
Donde no hay casi nada, puede haber casi todo. En el carácter más existencial que físico de esta opción se sostiene la propuesta escénica de Robert Carsen para el montaje de Eugene Onegin producido por el Met de Nueva York y transmitido a diversos foros del mundo vía satélite y el sistema HD (Alta Definición), tecnología que asegura la máxima calidad de imagen y sonido. 
Un recinto de altos muros, color marfil, es el esqueleto del espacio dramático donde Onegin y Tatiana disputarán una batalla de amor irrealizable. La historia parece sencilla: una mujer se enamora de un hombre que en un principio la desdeña y tiempo después enloquece por ella, cuando ya es demasiado tarde para consumar la relación, pues la dama deseada se ha casado. Paralelamente, se cuenta la trayectoria amorosa de dos de sus amigos cercanos, Olga y Lenski, quienes fracasan en su incipiente vínculo amatorio debido al martirio de los celos. 
La sencillez de la trama y la aparente humildad del diseño espacial son claves de una metáfora que cifra una verdad terrible: ahí donde no hay complicaciones y la felicidad se encuentra al alcance del hombre, surge un revés del alma que impide la consumación del triunfo espiritual. “Ser es estar acorralado”, escribió, en Desgarradura, el autor rumano Emile Cioran. Esta ópera, compuesta por Tchaikovsky a partir de una novela en verso de Aleksandr Pushkin, es la confirmación teatral de esta sentencia. 
A finales de los años cincuenta, con base en el análisis de textos de autores rusos, en especial del teatro completo de Antón Chéjov, la dramaturga y novelista mexicana Luisa Josefina Hernández dio a conocer sus primeros estudios acerca de un género teatral que llamó pieza, el cual consiste en planteamientos escénicos de poca acción física pero de una gran violencia psicológica, donde los personajes están siempre a punto de cambiar su situación para bien y, en el filo de una transformación que promete ventura, desisten y se hunden en el destino que quisieron y pudieron evitar. Tal es la dinámica emocional de Eugene Onegin, un personaje que, pese a vivir en la abundancia (pues es pudiente, atractivo y culto), experimenta la fractura que es carecer del bien pasional que hubiera sido su máximo horizonte. 
Como Tatiana, la soprano estadounidense Renée Fleming, adoptada por el Met como su estrella principal, realiza una actuación cumbre. Por cerca de tres horas no es nada ni nadie más que una vehemencia hecha organismo femenino y su canto rebasa el canon de la ópera para mostrarse como la voz de un delirio que simultáneamente es deseo y decepción. La célebre escena de la carta que ella escribe para confesar su amor a Onegin debe ser uno de los hechos más conmovedores de lo que en mal momento se ha dado en llamar alta cultura
Resulta notorio que para el barítono ruso Dmitri Hvorostovsky es un orgullo cantar una ópera en su idioma natal y hacer saber que todo indica que ha nacido para interpretar al personaje principal. Así, su trabajo artístico es casi un deber ser. Lo curioso es que su mayor exigencia radica en la seguramente no tan esperada intervención exitosa de su compañero de escena, Ramón Vargas, quien se lleva la ovación de la noche como Lenski en un desempeño actoral y vocal que ha sido calificado como “histórico” por varios especialistas de la escena operística. Como Olga, la enamorada del personaje que interpreta el tenor mexicano, participa la mezzosoprano moscovita Elena Zaremba, poseedora de una magnética personalidad. 
Los protagonistas y personajes que los acompañan, como el Príncipe Gremin, marido de Tatiana, así como algunos muebles de época y una cubierta de hojarasca otoñal que cubre el piso durante todo el primer acto, son los únicos ocupantes físicos del espacio escenográfico. Las presencias invisibles, pero evidentes, son de índole emotiva, psíquica, y todas se dirigen a expresar la pasión, padeciéndola o deseándola, pero sin asumirla, pese a su ubicuidad. 
La música de Tchaikovsky, unos de los compositores que dominaron con maestría el concepto del drama hecho sonido, es en esta partitura una suma de fragmentos de un discurso amoroso (en el mismo sentido del afamado libro de igual nombre, escrito por Roland Barthes), que apunta a una certeza: cuando todo es el amor, ya nada es el amor. 

El alma rusa a examen 
* Eugene Onegin es la ópera más famosa de Piotr Ilich Tchaikovsky. Fue escrita en tres actos, llamados escenas líricas, por su hermano, Modest, y el libretista Konstantin Shilovski, y publicada en 1831. El compositor, inseguro de la consistencia de esta obra, decidió estrenarla mucho tiempo después, en 1879, dentro de un ámbito académico, con un elenco formado por estudiantes del Conservatorio de Moscú. 
* “Onegin parece ser un personaje fácil, pero no lo es. Para comprenderlo y estar en sus zapatos se requiere trascender la aparente falta de acción física y profundizar en su ardua situación espiritual. Además, para quien lo interprete resulta clave encontrar a la Tatiana perfecta, aquella que sea capaz de apasionarse y posteriormente resistir la pasión con igual intensidad. Yo tengo suerte en ese aspecto, pues todos los méritos que podría poseer en el papel principal de esta ópera tienen su fundamento en la incomparable interpretación de Renée Fleming, quien además de transformarse en la creación de Tchaikovsky canta el ruso de manera notable, como si siempre hubiera estado cerca de idiomas con raíces eslavas”, comenta el barítono Dmitri Hvorostovsky al crítico y filólogo argentino Jorge Binaghi. 
* Varios críticos coinciden en que Ramón Vargas aporta un “toque latino” al papel de Lenski. Lo cierto es que Vargas, tras semanas de estudio intensivo, ha dominado el libreto en ruso, lo que le permite concentrarse en el desarrollo de los intensos conflictos de este personaje consumido por los celos. Su desempeño artístico en la escena previa al duelo con Onegin debería permanecer entre los mejores momentos de la historia de la ópera. 
* En contraste con el resto del drama, hay una gran actividad coreográfica en el segundo acto de Onegin, lo que le permitió a John Cranko articular un ballet completo acerca de esta historia, utilizando la música de Tchaikovsky. Marcia Haydée, musa del citado coreógrafo, ha sido la mejor intérprete de Tatiana en esta versión dancística. 
* Hace diez años, la realizadora inglesa Martha Fiennes hizo una cinta llamada Onegin, a partir del texto original de Aleksandr Pushkin, sin aludir a la versión operística de Tchaikovsky. Los papeles protagónicos de esta película están a cargo del hermano de la directora, Ralph Fiennes y la hermosa Liv Tyler. * En esta ocasión, el director de orquesta ruso Valery Gergiev, quien ha encabezado en múltiples ocasiones las giras internacionales del Teatro Mariinski de San Petersburgo, presenta su primera conducción de Eugene Onegin para el Met. El resultado difícilmente podría ser más afortunado, pues con su guía musical se enfatiza el dinamismo de la trama, favoreciendo así el despliegue actoral de los cantantes. El resto del elenco está conformado por las sopranos Svetlana Volkova, como Larina, y Larisa Shevchenko, madre y nodriza de Tatiana, respectivamente. También participa el sobresaliente bajo Sergei Aleksashkin, en la interpretación del Príncipe Gremlin. La producción escénica es de Robert Carsen, y las realizaciones escenográfica y de vestuario de Michael Levine. (G.E.R.)
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