miércoles, 22 de julio de 2009

María Juncal: Luz ancestral en cuerpos de fuego

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Tercera llamada / 22 y 23 de julio, 2009 / 2 funciones / 
1:40 hrs. de duración / Promotora: María Juncal 

Gustavo Emilio Rosales

La Tercera llamada es el umbral del regocijo. La calle y la oficina, sus problemas, quedan en una pausa. Dominan ahora el encanto del foro —abismo matizado por haces lumínicos de múltiple color—, las bebidas y viandas que circulan a su alrededor y estos cuerpos que caminan sobre el escenario con la seguridad de un clan que por centurias ha recorrido cuanto sendero en la Tierra puede haber, mezclándose con todo y todos, sintetizando hallazgos culturales con fortuna. Brotan palmas engarzadas en rítmica secuencia, quiebres de cintura, espasmos en el pecho y la cadera, brazos cual oleaje, sacudimientos de melena en el aire, exclamaciones bravas de pasión. Son los gitanos: su música y su danza. Comienza el espectáculo. 
Están las condiciones para el goce y casi ningún preámbulo requiere María Juncal para hacerse presente. Unos cuantos rasgueos de dos guitarras, cante jondo dentro del canon de armónico lamento y una pareja que traza en el espacio la antiquísima ceremonia del amor a un par de pieles bastan para que la bailaora estrella irrumpa en el tablao como látigo de luz. Los tríos, se dice, son siempre muy interesantes y al menos esta tríada en efecto lo es: al compás aseado del dueto inicial se agrega un torbellino menudo que da rumbo a la danza, generando un caudal de movimientos rápidos, con un final preciso para cada evolución. Hacia donde va la mirada de los intérpretes fluye su dinámica corporal y por instantes estos jóvenes organismos que atraen miradas y suspiros se convierten en guerreros que demuestran su capital bélico con atuendos que podrían protagonizar pasarelas de moda en Milán o París. 
Pocos minutos le bastan a la compañía para poner en boca de su público jaleos y alabanzas. Es notorio que María Juncal, por su estampa de estrella y su dominio de la disciplina que eligió como proyecto vital desde su infancia, es y será líder de esta noche flamenca. Pero se trata de un liderazgo que no opaca la grata calidad de músicos y bailarines de comparsa. La expresión de los cantaores David de Jacoba y Manuel López es una mezcla de tonos altos y rugidos que estremece con hondura la sensibilidad. Por su parte, los guitarristas Cristóbal Fernández y Carlos de Jacoba demuestran maestría en la ejecución de un repertorio que, aderezado por los timbres y armonías de la violonchelista Alba Page y el flautista Juan Padilla, recrea con sentido de tradición el acervo musical gitano. 
El cuadro de mayor poder de esta noche llega con María en atuendo típico de bailaora. Sólo que en vez de ser tapiz de lunares, su vestido de gala es rojo sangre. La música marca soleá, que es uno de los palos (ritmos) que en el flamenco exigen madurez, pues es constatación de experiencia de vida. La Juncal y dos bailaores, hombre y mujer, se sumergen en esta prueba de fuego coreográfica diseñada por el gran Ciro, uno de los maestros del género, y su compromiso técnico tiene hoy don, duende, diría el poeta Federico García Lorca, para fortuna de quienes presenciamos el milagro que es contemplar una costumbre ancestral en corporeidades que rondan tres décadas, no más. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Todos los aquí presentes, más los antepasados de Juncal, desde Islas Canarias, su lugar de origen, nos ponemos de pie para agradecer a estos artistas generosos y diestros la mejor prueba de que el baile flamenco no necesariamente tiene que parecer actual para ser contemporáneo.
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