miércoles, 8 de julio de 2009

María Alejandres y Ángel Rodríguez: Bel canto, bolero y una voz excelsa

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

 En concierto / 8 y 9 de julio, 2009 / 2 funciones / 
1:40 hrs. de duración / Promotor: Ángel Rodríguez 

Gustavo Emilio Rosales
La soprano mexicana María Alejandres, pupila del afamado tenor Ramón Vargas, manifiesta su canto con claridad, dentro de una dimensión escénica precisa en donde la metáfora y el símbolo parecen no haber sido invitados. Ha ofrecido un recital en la que habrá de interpretar arias, romanzas y canciones, acompañada por el pianista Ángel Rodríguez y un ensamble de cámara, y eso es lo que brindará, ni más ni menos. 
Quien se propusiera redactar un elogio del orden encontraría en la propuesta visual de este espectáculo un adecuado ejemplo de prolijidad. Hay una cantante con vestido largo junto a un piano oscuro, un pianista vestido de negro, un horizonte matizado por tonalidades violetas, con luces blanquecinas que iluminan de abajo hacia arriba sectores paralelos de un fondo dividido por cortinas plegadas y atadas en su centro por un listón de tela. También se encuentra un par de arreglos florales. Queda claro, así, que esta es una noche de gala. 
Con las virtudes de su voz, Alejandres demuestra que es justa ganadora del Concurso Operalia 2008, fundado e impulsado por el tenor español Plácido Domingo. Su interpretación de las arias “O mio babbino caro”, de Puccini, o “Air des Bijoux”, de Charles Gounod, sin rivalizar con registros de altura como los de Anna Netrebko o María Callas, deja una grata impresión y justifica con creces una apretada agenda de trabajo que habrá de continuar en teatros de Florida, Trieste, Nápoles y Londres. 
La primera mitad de este concierto se desvanece entre dos certezas: una, que María Alejandres ha escogido interpretar extractos de óperas complejas, como Manon, Fausto, Gianni Schicchi, Las hijas del Zebedeo y Romeo y Julieta, para demostrar que su carácter vocal se encuentra preparado para despuntar hacia grandes lances dramáticos. La segunda es la grata constatación de que el joven cubano Ángel Rodríguez tiene bien merecido su sitio como pianista de la Compañía Nacional de Ópera de México, pues sus dotes musicales son en verdad sobresalientes. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El segundo capítulo de esta noche de gala resulta ser terso y cadencioso. Temas del repertorio latinoamericano como “Solamente una vez”, de Agustín Lara; “Siboney”, de Ernesto Lecuona; y “Despedida”, de María Greever conservan su halo de romántica nostalgia en la expresión de Alejandres, pues la soprano pone especial cuidado en no deformarlos con ese tono de artificio que adquiere el canto operístico cuando se aplica en un repertorio diverso del género original. Múltiples gestos relacionados con el tema o dinámica de la canción aparecen en el rostro de la cantante, ocasionalmente una contracción o un sacudimiento rompen la verticalidad de su postura, pero no brotan de su boca plática o comentario que puedan atentar contra la seguridad del proyecto Noche de gala. Es su acompañante y coprotagonista, Ángel Rodríguez, quien pone por una sola vez el relajante desorden en el recital al interpretar, con el ensamble camerístico, una versión de insólita alegría de “El manisero”, colocando así la locura en voz del público que festeja su atrevimiento como un regalo altamente anhelado y pide que le den otra dosis de ese placer acústico. Pero el programa marca que ha llegado el final y los artistas, con coherencia, emprenden retirada.
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