viernes, 17 de julio de 2009

Los Bunkers: Diez años a la velocidad del sonido


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

17 de julio, 2009 / Función única / 
3:03 hrs. de duración / Promotor: Sinaí Pantoja Pérez 

David Cortés
La ruta hacia el placer va de la mano de Los Bunkers, pero antes de acceder allí el peaje corre a cargo de Komezón, Indien y Nubla, tres bandas noveles que, a manera de fogueo, son expuestas como carne de cañón a una masa adolescente cada vez más ansiosa e impaciente por la aparición de sus ídolos. 
Con ese antecedente, el rugido de los asistentes que da la bienvenida al quinteto chileno es comprensible. El pretexto de la reunión: la aparición de la edición de lujo de Barrio estación (2008), quinto álbum en estudio de una discografía en la cual también se cuentan un recopilatorio y uno en directo. 
Un par de chispazos, a la mitad y al final del concierto, resumen la noche. El primero una rápida paráfrasis a “Boys Don’t Cry” de The Cure; el otro, una cita de “Sunshine of Your Love” de The Cream. Ambos momentos no sólo hablan de las influencias de esta banda chilena formada en 1999, también señalan la línea estilística cultivada por el quinteto, su devoción a los clásicos del rock y si éstos son ingleses, mejor. 
Antes y después de esos instantes, la agrupación navega por las olas del rock pop y entrega, con energía redoblada, temas ya de por sí enérgicos, pertenecientes a Vida de perros (2006) y al ya citado Barrio estación, sus más recientes y exitosas producciones. Su música, infecciosa en grabación, en vivo lo es todavía más y permite comprender por qué Los Bunkers han ganado un par de veces el Premio de la Asociación de Periodistas de Espectáculos de Chile como Mejor Grupo de Rock, el Premio Altazor, y el ser nominados en varias ocasiones a premios MTV. 
Sorprende el equilibrio, la alternancia de vocalistas —a veces en un mismo tema—, el justo medio de las armonías vocales, la mesura en los solos, la diseminación de los mismos. La sobriedad de movimientos de bajista y baterista contrasta con su eficacia; guitarras y teclados entablan breves diálogos, decoran canciones ya de por sí brillantes en su composición y ejecución, pero que en directo se ofrendan con una actitud casi punk: pierden los afeites y el preciosismo del estudio, pero ganan inmediatez y espontaneidad. 
La sucesión de composiciones, casi todas ellas programadas continuamente en la radio, imprimen aceleración a la velada, la dotan de una urgencia extrema, es como si algo o alguien aguardara a los integrantes del grupo y éstos no pudieran esperar. Pero esa extrema vitalidad dota de más sabor a temas que en estudio están marcados por la perfección y ahora se escuchan rugosos, ásperos, más rockeros. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

La llegada del adiós es sorpresiva, cuando apenas se ha sobrepasado la hora; pero el encore —presentaciones de los músicos y agradecimientos incluidos— funciona como paliativo, no sólo porque se han seleccionado los temas más sólidos para el cierre, sino porque los cinco las interpretan todavía con mayor intensidad, una cantidad suficiente para dejar exhausto a todos.
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