miércoles, 8 de julio de 2009

Mundos de fantasía de Disney sobre hielo: A Fantasilandia se llega en patines

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

8 al 29 de julio, 2009 / 40 funciones / 1:30 horas de duración / 
Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V. 

Georgina Hidalgo

Mickey Mouse es octogenario pero se las arregla bien para seguir estimulando la imaginación infantil. Niños y niñas: unos con orejas de ratón luminosas, otras con sombreros de plástico que asemejan un botón de flor… todos abren los ojos al máximo mientras burbujas de jabón caen del techo del Auditorio Nacional.* 

Peces multicolores se deslizan guiados por un cangrejo rojo que se mueve a ritmos tropicales. La atención va de un lado a otro, como los patinadores que ejecutan saltos y acrobacias dignos de competencia. Nadie se mueve a menos que sea para acomodarse en las piernas del padre o la madre, embelesados por las historias que se cuentan sobre la pista. 
Parece cosa de magia y lo es. Dar vida a los Mundos de fantasía requiere de una enorme dosis de alquimia donde intervienen coreógrafos renombrados (algunos como Bill Lather, creador de los bailes que relucen en el Super Bowl), un elenco de patinadores de nivel olímpico, maquillistas geniales y un equipo de producción bien sincronizado. 
La sala se transforma en pista de hielo y, como cada año, Disney se lanza por el mundo a probar el poder de su varita mágica. A diferencia de sus películas, en sus espectáculos sobre hielo los personajes cobran vida ante los ojos de los niños, las enormes botargas y los colores de los vestuarios estimulan sus sentidos y el hechizo surge con efectos visuales y canciones pegajosas. 
Esta vez el desfile corresponde a la película Cars (2006), con el Ferrari Rayo McQueen y la bella Porsche Sally Carrera comienza el viaje por Radiador Springs. Luego vendrá la historia de amor de Ariel y el Príncipe Eric, que antes conocimos en La sirenita (1989), donde la princesa pelirroja, en busca del amor, cambia su voz por unos pies y se lanza en triples giros en el aire. 
En el público hay niñas que sueñan al compás que marcan los personajes de estos cuentos de hadas, sin importar que estén ataviados de Blancanieves o Cenicienta. Una princesa lo es en todos lados. Más tarde, Simba y Nala, corretean por la sabana africana y dan vida a la shakesperiana película El rey león, un musical cuyas canciones originales fueron escritas por Elton John y Tim Rice, y que aquí son interpretadas colectivamente en su versión en español. 
Con todos los recursos escenográficos a su disposición, sagaces patinadores recrean la estampida de ñúes que termina con la vida de Mufasa, el padre de Simba. El encuentro con el suricato Timón y el jabalí Pumba pone a todos los asistentes a cantar su peculiar filosofía: “Hakuna matata, nada que temer. / Sin preocuparse es como hay que vivir. / A vivir así, yo aquí aprendí…”. 
El viaje culmina en la tierra de Campanita, un bosque donde estos seres imaginarios nacen con las risas de los bebés y donde la Reina de las Hadas cuida de que todo esté listo para la llegada de la primavera. El Hada Artesana se dará cuenta del valor de su oficio y aprenderá a quererse como es; claro, tras algunas desventuras. 
La máquina de sueños de Disney aceita sus engranes con producciones millonarias que llegan a 37 países y rompen récords de asistencia. Además de sus emblemáticos parques de diversiones (Disneylandia en Anaheim, California; Disney World, en Orlando, Florida; Tokio Disney, en Japón; y Euro Disney, cerca de París), los espectáculos sobre hielo resultan tan fundamentales como sus películas. Después de verlos sólo una certeza queda, a Fantasilandia se llega patinando. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

El ratón Miguelito aún tiene el toque. El ayer aprendiz de brujo es ya un consumado hechicero que es guía y luz de la imaginación de los niños en casi todo el planeta. ¿Qué nuevo embrujo prepara para el siguiente año? 

* Disney sobre hielo se ha presentado aquí cada verano, sin interrupción, desde 1995. 

El primero que portó esas orejas 
Durante la Primera Guerra Mundial y siendo apenas un adolescente, Walt Disney condujo ambulancias de la Cruz Roja en Francia. Luego regresó a Kansas City, donde conoció al dibujante Ub Iwerks y formaron una empresa de animación, Laugh-O-Gram Corporation, que cerró con un pequeño éxito. Con dinero prestado por un tío, Walt y su hermano Roy fundaron más tarde los Estudios Disney en Hollywood, con un equipo de jóvenes animadores encabezado por Iwerks. 
Hasta 1927 realizaron cortometrajes de un personaje llamado Oswald, un simpático conejo, pero el dibujante Walter Lantz (más tarde, padre del Pájaro Loco) adquirió los derechos del personaje y Disney se vio en aprietos. Iwerks creó entonces a Mickey Mouse para un corto llamado Plane Crazy, que él animó y Walt produjo. Años más tarde, Walt se adjudicó la paternidad del ratón, que —según dijo— concibió durante un viaje en tren a Nueva York. El nombre original del roedor era Mortimer, pero la esposa de Disney sugirió el de Mickey. 
Cuando Mickey debutó en su primera caricatura animada (Steamboat Willie, 1928), ya era un exitoso producto de mercadotecnia y desde entonces se convirtió en la estrella del mundo de fantasía de Disney, quien vendió (y aún vende) miles de licencias para la fabricación de juguetes y lo transformó en el anfitrión de sus parques, el maestro de ceremonias de sus espectáculos y el protagonista de aventuras televisivas y cinematográficas. (G.H.)


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