lunes, 22 de junio de 2009

Joaquín Cortés: Un gitano en el país de Nunca Jamás


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional


Calé / 22 de junio, 2009 / Función única / 2:31 hrs. de duración /
 Promotor: Zafra Música, S.A. de C.V. 

Gustavo Emilio Rosales 

Lograr que el baile flamenco se convierta en rotundo estimulante de la libido femenina es la clave triunfal de Joaquín Pedraja Reyes, mejor conocido por el uso de su apellido artístico: Cortés. “¡Guapo!... ¡macho!... ¡lindo!... ¡majo!”, son adjetivos que le llueven a gritos desde las butacas tapizadas de perfume de mujer cuando él realiza la justa evolución que durante una breve eternidad lo librará de la indumentaria confeccionada por Giorgio Armani o por Jean Paul Gautier, para exhibir alguna trama muscular empapada de sudor. 

El éxtasis existe, afirma en cada paso el cordobés. Hay que creerle, pues su público vibra aun antes de que él aparezca en escena. Camino al foro, apresurado quizá por ubicarse en su lugar a tiempo entre el gentío (sorpresa, nunca esperó encontrarse con multitudes en un acto de danza), usted observará largas filas conformadas por señoras y señoritas, le costará trabajo definir cuáles van hacia el interior del recinto y cuáles hacia el tocador: la misma intensidad, el mismo apuro, la misma longitud despliegan estas líneas. 
Al interior del Auditorio Nacional, el aire se ha vestido de azul y feromonas. “Por lujo y nada más” —diría Rubén Darío— es que Cortés* se deja ver, pausadamente. Él mismo es su fortuna: un ritmo sincopado discurriendo a la alza en el mercado internacional de los galanes que no saben cantar (y que lo asumen). ¿Y actuar sí sabe? Hay preguntas, como ésta, que no se pueden responder cuando los parámetros de apreciación dramática quedan pulverizados por la contundencia del “¡Me gusta y qué!”, exclamación que en labios de Eva equivale al Amén, al Así sea de las primeras religiones monoteístas. 
Cuatro cantaores y siete músicos forman la corte del divo que insiste en demostrar que antes del baile viene la caminata sosegada. Entre piropos por frente y ayes y tralapapimponpam, tralapapimpamperos por detrás, súbito Jim Morrison de factura gitana, Cortés levanta sus brazos al cielo, los extiende lentamente hacia el público o hacia sus costados, con las palmas abiertas, como si oficiara una liturgia que sólo él reconoce; así, suspira, y no sería descabellado pensar que quiere levitar. Cortés sale de escena con dos o tres requiebres de cintura. Momento de los músicos y de una nueva estación: una decena de muchachas con el torso desnudo bajo tenue penumbra de color marino intenso; son sirenas que reptan sobre su dorso dibujando montículos de piel a cada contracción de la cadera, su misión es levantarse y consagrar el centro del tablao con la creación corporal de una flor de pétalos vehementes, probable símbolo de la entrega femenil. 
La expectativa que flota en el ambiente podría cortarse con bordes de galleta. Resurge el bailaor y el alarido es ensordecedor y él es otro: no para de moverse, su cuerpo es látigo de luz y el taconeo de sus botas, negras como el resto de su ajustada indumentaria, deviene metralleta que compite con los jaleos (exclamaciones animosas) del público conocedor. Calé, nombre de este montaje que Joaquín Cortés propone como suma de su exitosa trayectoria, significa “gitano”, palabra que deja de ser concepto transmitido por el baile cuando la estrella abandona por momentos la danza para tomar un micrófono inalámbrico y declarar entre sollozos su linaje. “Permítanme contarles la historia de un niño que soñó con viajar al país de Nunca Jamás. Ese chico soy yo y mi ilusión es realidad gracias a ustedes, que me han permitido llevar por todo el mundo este pedazo de sabiduría gitana, de mi tradición, de mi cultura”. Emocionado, el intérprete retorna a la invención del movimiento con más furia y al borde del paroxismo coreográfico abandona el escenario para emprender veloz carrera hacia el patio de butacas, que rodea frenético, como el ciervo entre los cazadores. A sus admiradoras de luneta les hace entonces falta manos, bocas, uñas, piel, con las que contactar el inesperado y evanescente físico de un hombre que no parece estar a punto de cumplir cuarenta años. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Sacudido por este frenético intercambio de energías con sus admiradoras, Joaquín Cortés aún tiene fuerzas para cerrar Calé dentro de la coherencia imaginativa que le impone el género al que representa. Como en un mar de leche materna, se sumerge en los paisajes dinámicos generados con destreza por su decena de hermosas bailarinas. Al son de bulerías, el concierto de rock gitano que estábamos experimentando se transforma gentilmente en la actualización de la herencia artística cocinada a fuego lento, hace más de dos centurias, en las cuevas del Sacromonte, en Granada, España, por gente que parece haber vivido, en todos los tiempos, todas las culturas. 

* Joaquín Cortés se ha presentado en este escenario en octubre de 2000, en septiembre de 2001 y en mayo de 2005. 

Lo más jondo del hombre está en la piel 
* Hacia el siglo XVIII, la etnia gitana de Andalucía cohesionó elementos culturales con centurias de antigüedad en la expresión de la música y el baile flamencos. Uno de los rastros ancestrales de esta amalgama artística se encuentra en la danza kathak, manifestación coreográfica hindú con registros documentales que datan de hace 500 años, en los que se verifica la importancia de las percusiones con los pies, la ondulación cadenciosa de los brazos y la utilización de mudras (simbología basada en múltiples posiciones de los dedos) para efectuar narraciones fabuladas; se trata de procesos que prefiguran la técnica corporal de Joaquín Cortés. En la actualidad, esta raíz danzaria ha cobrado auge gracias al trabajo creativo del bailarín y compositor inglés Akram Khan. 
* El flamenco destaca entre otras manifestaciones coreográficas de índole folclórica por asimilar asiduamente, y con fortuna, elementos artísticos y culturales en boga. Sin ser gitano, el poeta español Federico García Lorca tuvo una importante participación durante la primera mitad del siglo pasado en la elaboración de ideas y dimensiones poéticas que contextualizaron la música y el baile flamencos dentro de una tradición relevante y abierta a la comunicación con otras disciplinas. Más recientemente, creadores de la talla del cineasta Carlos Saura o el director de teatro Salvador Távora, han contribuido decididamente ha impulsar esta expresión artística con un enfoque contemporáneo. Sin duda, dentro de este género, Joaquín Cortés ha sido el intérprete que ha logrado obtener el mayor impacto comercial, a escala internacional. 
* “Sólo pido ser juzgado por el todo y no por partes”, ha declarado con énfasis Joaquín Cortés, en entrevistas con la prensa. Con comentarios similares, precisos o cortantes, resuelve la inquietud pública acerca de su polémica posición en el flamenco. Después, la mayor parte de su exposición social cuida con denuedo su estilo, su figura, su promoción comercial. Su incipiente madurez, físicamente bien llevada, ha conquistado nuevos públicos: una considerable cantidad de señoras que repentinamente se declaran amantes del flamenco. (G.E.R.)



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