jueves, 21 de mayo de 2009

Raphael: A esta altura, el auto-homenaje es válido

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Tour 50 años después / 21 y 22 de mayo, 2009 / 2 funciones / 
3 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V. 



Alejandro González Castillo
Camina con tal delicadeza que se asemeja a un figurín, con todo y la sonrisa que destella y la cabellera brillante y tersa. Ceremoniosamente, con una mano solicita que cesen los aplausos que celebran la ruta de sus pasos y se lleva un diapasón a la boca. Sopla entonces una nota al micrófono, como si verdaderamente la necesitara para afinarse, e interpreta a todo pulmón las primeras estrofas de “Cantares”. No hay acompañamiento musical alguno para la composición de Joan Manuel Serrat, mucho menos movimientos corporales escandalosos por parte del intérprete. Se trata, precisamente, de que las palabras reluzcan, porque lo que hoy se celebra es, antes que otra cosa, una vida. Que 50 años de ésta hayan sido dedicados al plano artístico es ya un agregado. 
A Raphael poco puede contársele. El hombre ha provocado euforia adolescente en El show de Ed Sullivan y la ha hecho de crooner en Las Vegas. Hoy reflexiona sobre el paso del tiempo con un repertorio retrospectivo e introspectivo. En temas como “Ahora (cerca de ti)”, “Volveré a nacer” o “Frente al espejo” dice mirarse a sí mismo arrugado, pero con el espíritu intacto. Y algo similar le ocurre a quienes colman las butacas, pues —pese a que no falta algún asistente que cayó rendido ante la herencia fonográfica de su padres, cierta chica ansiosa por lastimarse la garganta a gritos o incluso algún jovenzuelo indie con gafas de pasta a la caza del eslabón perdido— la inmensa mayoría de quienes aplauden de pie todas las canciones del Divo podrían identificarse con aquello de “soy el mismo, un poco más mayor, quizás un poco más cansado”. Y las sentidas versiones de “Gracias a la vida” y “A mi manera”, interpretadas únicamente con acompañamiento de piano no hacen más que acrecentar la complicidad entre el cantante y su audiencia. 
Si bien el alguna vez llamado Ruiseñor de Linares vive su presente a plenitud, esto no significa que evite mirar literalmente hacia atrás con orgullo. “Hablemos de amor” es una de las elegidas para que eche un vistazo a las pantallas que resguardan su espalda y así escrute las imágenes que lo muestran décadas atrás. El siguiente paso es imitar sus propios movimientos en un auto-homenaje que alcanza niveles delirantes cuando zapatea a ritmo de joropo “El gavilán”. El guiño al folklore latinoamericano se prolonga con “Volver, volver”, sin dejar en el ropero el zarape pero sí haciendo a un lado el tequila. Y por si alguien extraña alguno de los duetos que integran su más reciente álbum, Raphael 50 años después, las dos Rocíos —Dúrcal y Jurado— emparejan sus voces registradas en video con la de quien, sin aspavientos, sigue explorando repertorios ajenos con resultados desgarradores, y como ejemplo están “Adoro”, de Manzanero, y “Que nadie sepa mi sufrir”, de Enrique Dizeo. 
“Esta imagen ha dado un trillón de vueltas al mundo gracias a mis imitadores”, dice el cantor refiriéndose a la postal que muestra su gesto canalla coronado con un sombrero. Y mirándole andar como quien sale de marcha por la madrugada, impulsado por “Mi gran noche”, no hay más que darle la razón. Sin embargo, la tanda de canciones que él mismo denomina como las perlas de su corona, por haber marcado una época, pone en claro que ninguno de esos bribones sin identidad ha ido más allá de sus talones. “Cuando tú no estás”, “Desde aquel día”, “Tema de amor”… son interpretadas con un histrionismo único en su clase, exacerbado, a ratos iracundo, a veces enternecedor, pero siempre al borde del lagrimeo. Qué importa que hoy se hayan modificado desafortunadamente los arreglos originales de “Estuve enamorado”, o que quede en intento aquel esfuerzo por rapear “Escándalo”; el español ha pasado lista a 40 temas durante tres horas, apenas tomando descanso para sentarse sobre el piano y sin hacer jamás a un lado su impecable calidad interpretativa. 


Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

Al final del agotador espectáculo, sorprendido ante la insistencia de una más por parte de su público, Raphael observa su reloj agitando la cabeza negativamente. Va rendirse ante la petición, él lo sabe. Después de todo, sigue y seguirá siendo siempre aquel. 

Raphael, el subterráneo 
Cuatro vitrinas rociadas con rosas rojas reciben las miradas curiosas de quienes, después de cruzar los torniquetes de acceso de la estación del Metro Auditorio, se asoman curiosos para escudriñar en la generosa muestra de memorabilia perteneciente a Raphael. Desde el saco de chaquira plateada que el cantante portó durante su debut en Rusia, en 1978, hasta el sombrero de palma con el cual cantaba “El jibarito”; desde la colección de carteles que anuncian presentaciones del español en El Patio capitalino, el Hotel Flamingos de Las Vegas o el Luna Park argentino, hasta recortes de revistas que elogian sus dotes histriónicas en la televisión mexicana, mezclados con otros que resaltan lo mucho que María Félix y Gabriel García Márquez gozaban de sus conciertos. 
Por supuesto que hay discos, unas cuatro decenas de ellos. Vinilos de procedencia rusa e italiana conviven con ediciones mexicanas, sudamericanas y españolas. También hay espacio para libros —Memorias, 50 años después, Quiero vivir—, revistas, calendarios, tasas, portarretratos, boletos, fotos y hasta un huevo decorado con el rostro del protagonista de películas con títulos tan reñidos entre sí como El golfo o El ángel, ambas presentadas en nostálgico formato VHS. Pero más allá de las imágenes, las prendas y los objetos, son las palabras las que mejor trasladan a los usuarios del transporte colectivo. Son ellas el boleto de viaje hacia una época agreste en la cual el español despertaba el lado más salvaje de sus seguidores. Bajo el título de “Aquello fue la Guerra y… ¡La Selva!”, una crónica sin firma de la presentación del cantante en la Alameda Central en 1968 (extraída de las páginas de la publicación Cine Mundial), compara al intérprete con un “jefe de legión romana” y a su audiencia ¡con un “ejercito”! Más de uno se alejará de esas vitrinas para abordar el tren y preguntarse si verdaderamente alguna vez un concierto de Raphael se asemejó a Troya en llamas. (A.G.C.


Programa 
Cantares / Ahora / La noche / Somos / Mi gran noche / Cuando tú no estás / Desde aquel día / Digan lo que digan / No vuelvas / Tema de amor / Provocación / A veces llegan cartas / Cierro mis ojos / Hablemos de amor / A mi manera / Yo sigo siendo aquel / Estuve enamorado / Los amantes / La canción del trabajo / Siempre estás diciendo que te vas / Estar enamorado / Amor mío / Como han pasado los años / Volver volver / Gracias a la vida / Que nadie sepa mi sufrir / Para volver a volver / El gavilán / No puedo arrancarte de mí / En carne viva / 50 años después / La fuerza del corazón / Adoro / Escándalo / Ámame / Aleluya del silencio / Maravilloso corazón / Volveré a nacer / Que sabe nadie / Frente al espejo / Como yo te amo / Yo soy aquel.
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