sábado, 23 de mayo de 2009

La Quinta Estación: Diez mil chilangos los hicieron mexicanos

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

23 de mayo, 2009 / Función única / 2:05 hrs. de duración / 
Promotor: Operashow, S.A. de C.V. 

Julio Alejandro Quijano 

¿Qué resulta de la fusión de una cantante española con público mexicano? Esta pregunta no es una adivinanza sino el resumen de dos horas de concierto de La Quinta Estación en el Auditorio Nacional. Y la respuesta es larga. Resulta, por ejemplo, que con cada ovación recibida, la cantante explota como si estuviera en la celebración del 15 de septiembre: “¡Arriba ése mi México querido!”, grita con una efusividad que, sin embargo, no oculta del todo un seseo traicionero. Resulta, por otra parte, un público desinhibido que se esmera en chulearla ya con el vestido de noche que la hace parecer un cisne por su cuello largo y su espalda al aire libre, ya con la minifalda azul eléctrico que causa estragos en las primeras filas por su brillo que refleja las luces. Tan se despojan de prejuicios que juguetean al piropo sin distinción de géneros. Ella lo nota: “Ya vi que me están chiflando los muchachos… y las muchachas también. No importa, al fin que ahora en todos lados dicen que soy lesbiana, pero la verdad es que no… bueno, sólo un poquito”. Y cierra el juego con “Niña”, cuya letra es una oda al amor de una mujer. 
La Quinta Estación surgió en Madrid como un cuarteto formado por Natalia, Ángel, Sven y Pablo, quienes comprobaron el dicho mexicano: Nadie es profeta en su tierra. Su primer disco se escuchó poco en España y entonces emigraron a México, donde encontraron la mítica hospitalidad del público que se entrega a la menor provocación. Los músicos hicieron gala de civilidad y respondieron a la “conquista” con un gesto que conmovió a sus seguidores: se mudaron al Distrito Federal. Pero ya sólo llegaron tres porque Sven desertó. En enero de 2009 Pablo anunció también su salida mientras Natalia y Ángel emprendían el camino del cuarto álbum, titulado Sin frenos
Hace dos años que no daban concierto en México y por eso su presentación en el Auditorio Nacional mueve esas fibras de la amistad pregonadas con tanto entusiasmo como clichés sobre lo que representa a nuestro país. El concierto es un encuentro entre chilangos que se reencuentran. Natalia toma el papel de anfitriona: “Sé que hace mucho que no nos veíamos porque siempre andamos de gira, pero es que ustedes nos tienen aquí todos los días, y estamos aquí porque os queremos mucho”. Otra vez ese acento que la delata. 
A partir de este momento, canciones y ovaciones suceden en constante cortesía. En “Algo más”, Natalia hace una pausa antes del último verso: “Este final os los dedico a todos los chilangos y chilangas”. Y entona uno de esos falsetes que la han hecho famosa: con su voz aguda pero ruda, a la mitad del camino entre el blues y el pop. En este momento la acompaña Alfredo Pino en la trompeta con una improvisación que ayuda a dar cuenta del verdadero talento de Natalia: el sentimiento de melancolía desgarradora que provoca cada vez que realmente exige a sus cuerdas vocales. El otro chilango, el público de diez mil personas, se muestra festivo. “Viva ése mi México”, responde Natalia. 
Para la segunda mitad del concierto aparece con un vestido que combina, abajo, una falda adornada de motivos tehuanos, y arriba una blusa escotada y elegante. En las pantallas laterales se proyectan secuencias de cintas de Tin Tan. Natalia grita: “Os quiero decir que amo a Tin Tan y éste es un homenaje para él.” En el escenario suenan un arpa y una marimba para tocar las notas de “Me dueles”. Un sociólogo estaría feliz de nombrar esta escena como un “típico ejemplo de transculturización”. Ella lo resume de otra manera; al terminar la canción, baja el micrófono para que nadie la escuche; sin embargo, se lee muy claro en sus labios: es una frase muy chilanga que escandalizaría a las buenas conciencias pero que traducida al español publicable significaría “A fuerzas”. 
El encuentro no sólo es festivo sino también confidencial. Entre amigos no hay secretos. El público sabe que Natalia estuvo a punto de casarse. Que ya tenía el anillo de compromiso. Que la boda estaba a unos cuantos días. Y que se arrepintió. Abre su propia herida cuando toca el turno de “Te quiero”: “Se la dedico a un señor con el que me iba a casar pero con el que no me casé. Tampoco fue tan grave. Mírenme cómo quedé”. Se escuchan piropos, frases de apoyo… un griterío que parece decirle “No te apures, te mereces algo mejor”. 

Foto: Fernando Aceves / Colección Auditorio Nacional

En la despedida, otra vez hacen alarde de los clichés del defeño. No cabe la tristeza sino la algarabía y la promesa de que ahora sí van a encontrarse más seguido. Luego de “El sol”, sucede una ovación de pie (que podría interpretarse no sólo como agradecimiento por el concierto sino por haber adoptado al Distrito Federal como su casa y permanecer fieles a los seguidores mexicanos a pesar de que ahora el éxito los llama en España) mientras Natalia otra vez aleja el micrófono para que nadie escuche otra de las frases que ha aprendido en chilangolandia y que en traducción simultánea podría ser: “No m…e imaginaba que sería tan increíble”. 

De poquito en poquito 
El 25 de agosto de 2002 llegaron a México por primera vez. Un tema de su primer disco “¿Dónde irán?” sonaba por haber sido el tema de la telenovela juvenil Clase 406. En su primera conferencia de prensa anunciaron su música como “pop del siglo XXI”. A través de sus conciertos significativos, se puede medir su éxito en número de seguidores. 
500 personas acudían en promedio a sus primeros conciertos realizados en escuelas privadas y organizados a través de la producción de la telenovela mencionada. “Nuestro sonido es completo, llena el espacio y se expande”, presumieron. 
1,500 se reunieron en noviembre de 2002 para el lanzamiento del primer disco en el Bull Dog Café de la ciudad de México. “Aquí han confiado más en nosotros de lo que confiaron en España”, dijo Ángel. 
Poco más de 2 mil seguidores pagaron su entrada al Spring Break Party Malibu, festival realizado en el Jardin Versal, ubicado en Lomas de Chapultepec y en el que además de Djs, ellos eran la atracción principal. “En vivo sonamos más rockeros que poperos”, definió Pablo Domínguez. 
Casi 3 mil personas acudieron a la presentación en el Teatro Metropolitan el 25 de abril de 2005. “Somos unos españoles orgullosamente latinos”, gritó Natalia en la despedida. 
Lleno absoluto en el Auditorio Nacional el 16 de marzo de 2007. La emoción provocó lagrimas en Natalia quien se hincó en el escenario y dijo: “Nuestro manager dice que soy muy folclórica, porque me pongo a llorar cuando subo al escenario... ¡pero es que como México no hay dos!”. Esa cifra de diez mil personas se repitió ahora en el concierto del 23 de mayo de 2009. 
En cifras de efectividad se puede decir que han aumentado su popularidad en 5 mil por ciento en siete años. (J.A.Q.

Programa 
Que te quiera / Sin salida / El amor no duele / La frase tonta / Mis labios por tus venas / Esta noche no / Rompe el mar / Algo más / Me dueles / Te quiero / Quiéreme mucho / Perdición / Niña / Te supieron a poco / Cosa de dos / Recuérdame / Flores / Espera despierta / Tu peor error / Sin frenos / El sol.


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