sábado, 9 de mayo de 2009

La Cenerentola: Una cenicienta con pastel de bodas y sin hadas madrinas

Foto: The Metropolitan Opera


Temporada de Ópera 2008-2009. En vivo desde el Met de Nueva York / 9 de mayo, 2009 / 
Función única / 3:37 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Gustavo Emilio Rosales 
Un brazalete, no una zapatilla de cristal, identifica a Angelina, la Cenicienta ante el Príncipe. En lugar de la terrible madrastra hay un padrastro, Don Magnífico, quien ha dilapidado la herencia de la heroína a sus espaldas, intentando cumplir los caprichos de sus hijas, Clorinda y Tisbe, expertas en materia de problemas y fealdad. El galán es de estatura baja y piel oscura, la dama a conquistar es alta y rubia. Hay un tutor angelical en vez de hada madrina. Sí, los lugares comunes de nuestra infancia con respecto al cuento de Charles Perrault, popularizado mundialmente por Walt Disney, han variado en la realización operística de Gioachino Rossini, cuyo argumento, escrito por el literato Jacopo Ferretti, nos recuerda que hay múltiples versiones de este cuento en distintas culturas. 
Esta Cenerentola (nombre en italiano de Cenicienta), que Rossini compuso a los veinticinco años en tan sólo tres semanas, hace las delicias de quienes presenciamos la última de las sesiones de la Temporada de Ópera 2008-2009, transmitida en vivo desde el Met de Nueva York en Alta Definición, con la expectativa de escuchar a dos de los jóvenes valores más aclamados en la interpretación del repertorio rossiniano: la mezzo-soprano Elīna Garanča, de treinta y tres años nacida en Riga, capital de Letonia; y el tenor estadunidense, también treintañero, Lawrence Brownlee. 
La casa de ópera del Lincoln Center, en Nueva York, por medio de diversos convenios con plataformas de audición en varias partes del mundo, ha dispuesto que Cenerentola sea escuchada en vivo, mediante transmisiones HD y emisiones de radio, por millones de personas. Sin embargo, no hay foro que iguale las curiosas condiciones que hoy asumen el Auditorio Nacional y sus espectadores, debido a la contingencia ambiental provocada por el brote de influenza A (H1N1). 
En acatamiento a las medidas de prevención del contagio estipuladas por los gobiernos federal y capitalino, todos los que ingresamos hoy al recinto hemos desinfectado nuestras manos con gel antibacterial, recibimos datos importantes acerca de este mal, fuimos analizados a la distancia con un termómetro especial y se nos proporcionó un cubrebocas esterilizado, que usaremos durante la función. Por otra parte, se dejaron asientos libres en todas las filas, intercalados con localidades ocupadas —para ampliar los espacios entre conjuntos de gente—, se evitó la venta de comida y se repartieron miles de volantes con información general acerca de cómo detectar y prevenir el mal que ya es considerado como pandemia. 
Los habitantes del Distrito Federal llevábamos varias jornadas de ayuno en materia de esparcimiento, pues el brote de influenza hizo que se cancelaran o postergaran las actividades masivas. No resulta extraño entonces que La Cenerentola convoque a un público numeroso, pues, amén de la bien merecida fama que esta serie operística ha conquistado en la ciudad, se trata de una de los primeros programas artísticos que se pueden disfrutar después de los días de extrema prevención. 
La obra acentúa el don de ventura tan necesario para el espíritu. Pasajes de brillante humorismo se vinculan y destaca la participación de Alessandro Corbelli como Don Magnífico, un personaje en el cual el famoso bajo-barítono italiano puede desplegar con creces la gracia y capacidad histriónica que lo han encumbrado como uno de los principales intérpretes de repertorios de Mozart y Rossini. A su lado, compartiendo con él nacionalidad y registro vocal está Simone Alberghini como Dandini, el criado del Príncipe Ramiro, quien se hace pasar por Su Majestad para mejor averiguar los atributos de las damas a conquistar, con irresistible simpatía. La soprano australiana Rachelle Durkin y la mezzo-soprano estadunidense Patricia Risley logran transmitir el grosero y ambicioso carácter de las hermanastras de Cenicienta sin caer en rebuscamientos. El bajo-barítono canadiense John Relyea realiza un Alidoro —el tutor de la corte, quien ayuda a Angelina a lucir espléndida en el baile— gentil y mesurado. 
La escena final, cuando todos los enredos han sido aclarados y triunfa el amor, ofrece la imagen de Angelina y el Príncipe Ramiro en lo alto de un gigantesco pastel de bodas, como los tradicionales muñequitos de celebración nupcial que en este caso coronan un montaje orientado por tonos no realistas que principalmente se manifiestan en las escenografías altísimas, en perspectiva y con un dejo de profunda soledad, que recuerdan la escuela metafísica de Giorgio de Chirico; o también en la indumentaria del coro, que luce trajes oscuros y bombín, como si formara parte de una pintura de René Magritte. Y es que, en efecto, esta ha sido la situación artística de Elīna Garanča y Lawrence Brownlee como protagonistas de la comedia rossiniana en cuestión: ejes de un zipizape operístico pueden darse el lujo de la calma y el romance, mientras que los personajes “secundarios” y personajes “pivote” (los que suscitan un cambio, una nueva situación) en vano tratan de complicar el inevitable encumbramiento de los nobles de corazón. Quizá el deseo ético de lograr el bien, por muy precario que sea, mantenga aún esta historia como el relato preferido de la Humanidad a lo largo del tiempo. 

Alma de diamante entre cenizas 
* La anécdota de Cenerentola de Rossini y Ferretti prescinde de los elementos sobrenaturales. “Pero no por eso tiene que ser una historia real”, parecen decirnos al unísono el productor Cesare Lievi y el escenógrafo y vestuarista Maurizio Balò, quienes han creado para la progresión dramática contextos que evocan la producción simbólica del inconsciente, como ha sido considerada por pintores y literatos. Como si de Alicia en el País de las Maravillas se tratara, el amante de la metáfora y el símbolo puede deleitarse con esta producción en la búsqueda de qué misteriosas fuerzas del espíritu se encuentran representadas por los diversos personajes. 
* Elīna Garanča no tiene fin para la vista. No se cansa uno de verla. Han aparecido numerosas beldades en la temporada de ópera del MET: Renée Fleming, Angela Gheorghiu y Anna Netrebko, por citar sólo algunas, pero el esplendor que posee la presencia de esta joven báltica es singular, quizá acentuado por el hecho de que la soberbia constitutiva de una Diva no forma parte de su estilo. Cuando canta se comprueba que la sencillez no demerita el rango dramático. Qué bueno verla en esta ópera: ella ha declarado que dejará “descansar” por un tiempo la interpretación del repertorio de Rossini, pues no quiere encasillarse en sus implicaciones vocales e histriónicas. 
* Lawrence Brownlee no es un arquetípico galán, pero su voz es proclive a hechizar. De forma unánime, los críticos han celebrado su agilidad vocal, proclamándolo como un tenor nacido para cumplir las exigencias de la escuela bel cantista, donde el fraseo musical está construido con base en legatos (ejecución de un grupo de notas de diferentes frecuencias sin articular separación alguna entre ellas) y destacan el trino, la coloratura y el abundante uso de agudos y sobreagudos. Con sus atributos, realiza un Príncipe Ramiro sumamente grato. 
* Existen diversas versiones, orales y escritas, de La Cenicienta. Este personaje lleva por nombre en alemán Aschenputtel, en francés Cendrillon, Cinderella en inglés y Cenerentola en italiano; términos que evocan la ceniza que cubre a la sufrida protagonista, y es consecuencia de su incesante labor en tareas de limpieza. Los primeros rastros de este cuento se remontan a historias del antiguo Egipto, pero se han localizado ecos de su contenido en relatos de las primeras comunidades que poblaron el norte de América. (G.E.R.)
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