sábado, 7 de marzo de 2009

Madama Butterfly: Metodología para enfrentar al destino con honor

Foto: The Metropolitan Opera


En vivo desde el Met de Nueva York / 7 de marzo, 2009 / Función única / 
3:40 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Gustavo Emilio Rosales

Hoy viene a ser como la cuarta vez que espero, / desde que sé que no vendrás más nunca… Quizá “Mariposas”, la canción de Silvio Rodríguez, no está intencionalmente vinculada a la ópera de Puccini Madama Butterfly, pero a ambas unen dos de sus componentes esenciales: la alusión al bello lepidóptero y un halo de nostalgia que estruja el corazón. 

Es tarde de lágrimas y suspiros en el Auditorio. Afuera todo es sol, dentro la música es ubicua y melancólica. Hombres, mujeres y niños con ojos de cristal recién llovido miran el drama de la bella japonesa que será traicionada por quien alguna vez dijo ser su gran amor. Nada nuevo para la experiencia, ningún factor inédito en el repertorio y, sin embargo, estamos cautivados. Tal es la materia de los clásicos de cepa: nos miramos incesantemente en ellos, y siempre reencontramos ahí los ecos y reflejos de nuestra educación sentimental. El pasado, en buena parte, son todos los lugares comunes que aún nos hacen vibrar. 

A sus cuarenta y cuatro años, la soprano estadounidense Patricia Racette puede ser la joven japonesa Cio-Cio-San, de quince; pues su metamorfosis nace en la garganta, donde libera un afluente sonoro limpio, cristalino, que convence a cualquiera de su poder, en el que perfectamente anidan la niña enamorada del galán extranjero y la joven madre que sabe que aguarda sin esperanza y, sin embargo, por honor, decide esperar hasta que no le quede más remedio que la muerte voluntaria. 
El tenor italiano Marcello Giordani, favorecido por la lentitud de su temperamento en la interpretación del indolente Pinkerton, el oficial de la marina estadounidense que obtiene en casamiento a Cio-Cio-San y después la desecha, desplaza poco su cuerpo en escena, pero su voz va por delante de sus gestos en materia creativa, asegurando para el drama un verosímil acto de villanía por descuido u omisión. 
Los papeles secundarios de Madama Butterfly parecerían ser protagónicos, pues tal es la demanda, en tiempo escénico y complejidad musical, que Puccini estableció para ellos. Un montaje que aspire a ser perfecto no puede descuidarlos. Así que resulta previsible, aunque necesario, comentar que el barítono Dwayne Croft y la veterana mezzosoprano Maria Zifchak, ambos estadounidenses, en el papel del cónsul Sharpless y como la doncella Suzuki, respectivamente, resultan comparsas de primera línea y así coadyuvan a que la presente versión justifique las razones que históricamente han hecho de esta obra la ópera más taquillera. 
Una acumulación de horizontes, cada uno con tonos de color dominantes que los caracterizan, construye el espacio-tiempo de la psique de Cio-Cio-San: roja es su pasión; verde y amarilla son sus celebraciones; púrpura su fe y negra su espera. Presenciar la temporada vigente de la casa de ópera del Lincoln Center en el Auditorio Nacional ha sido, de por sí, una experiencia de talante cinematográfico debido a la alta calidad de la tecnología por la que imagen y sonido, enviadas directamente en vivo desde el Met, llegan hasta nosotros. Pero hoy el séptimo arte acentúa su influencia debido a que la producción está firmada por el célebre cineasta inglés, recientemente fallecido, Anthony Minghella, experto en la creación de atmósferas elocuentes. Las elegantes coreografías de su viuda, Carolyn Choa, enmarcan con discreción este teatro de atmósferas. 
Llama la atención que en el segundo acto ―cuando la Penélope oriental rechaza toda tentación de cambiar el curso de su trágico destino y decide seguir esperando a su amante, separado voluntariamente de ella desde hace varios años―, el personaje que por varios minutos acapara la atención es el hijo de ambos: un títere hecho a escala humana, magníficamente construido y manipulado con destreza por tres actores completamente vestidos de negro y embozados. Se trata de un tono teatral que resulta congruente con el resto del planteamiento escénico, donde la anécdota da paso al fragor sentimental. El director musical, maestro Patrick Summers, participa de este enfoque no realista provocando que la partitura dialogue con el ambientalismo escenográfico de Minghella en una conversación orientada por el tour de force vocal de Patricia Racette, dueña de los sentimientos de quienes hemos venido a este foro por cientos, a constatar la sabiduría artística que brota a borbotones de esta cima operística. 
Con ofrecimientos de tan elevada categoría, el Auditorio Nacional se convierte en aula para los estudiantes de las artes escénicas, en manantial de gozo para los cazadores de placer, en templo donde los entendidos celebran los oficios del análisis y la constatación; en un lugar, en suma, ineludible si de encontrar lo mejor del buen vivir se trata. 

El efecto Butterfly 
* La semilla de Madama Butterfly se encuentra en la obra de un escritor francés que quiso, desde niño, ser marino. Louis-Marie-Julien Viaud, a quien la historia conocería como Pierre Loti, nació en un ámbito modesto; a temprana edad inició una carrera de oficial que duró más de cuarenta años y de la que se retiró con el grado de capitán. Toda su obra se encuentra alimentada por los diarios de viaje que sin pausa escribió durante varias vueltas al mundo. Una de estas creaciones fue Madame Chrysanthème, relato que inspiró una pieza teatral del dramaturgo estadounidense David Belasco, que a su vez resultó influencia para el texto escrito por Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, los libretistas de cabecera de Puccini, quienes, además de la pieza en cuestión, escribieron para el compositor italiano éxitos rotundos como Tosca y La Bohème
* El hijo de Cio-Cio-San y el oficial Pinkerton es, en la producción de Anthony Minghella, un muñeco diseñado según las directrices creativas del Bunraku o Ningyo Joruri, que es el teatro clásico de títeres del Japón que comenzó en el periodo Edo, hace cuatrocientos años. Las marionetas en este género dramático son manipuladas por tres titiriteros (tal y como lo vemos en la ópera del Met): uno de ellos, el principal, mueve la cabeza y la mano derecha; el segundo la mano izquierda y el tercero las piernas del pelele; este reparto del trabajo de animación genera un asombroso dinamismo expresivo. 
* Anthony Minghella nació en el Reino Unido en 1954 y murió en 1986. Fue el director de la célebre película El paciente inglés, y por este trabajó mereció uno de los nueve premios Oscar que la cinta obtuvo en 1997. Su diseño para la producción del Met de Madama Butterfly es simplemente excelso: con base en dramaturgia de iluminación (empleo de colores en diversas intensidades para suscitar efectos emotivos en el público) genera los ámbitos simbólicos del Japón ceremonial en contraste con el ánimo absolutamente operativo de los estadounidenses; los elementos concretos de la escenotecnia (vestuarios, muebles, accesorios y títere) son pocos pero están tan dedicadamente fabricados que su precisa presencia hace brotar un aura poderosa de significación. Tal vez ésta será la producción más inteligente y mejor hecha entre las de por sí magníficas producciones de esta temporada. Un logro. 
* En un principio, el papel de Cio-Cio-San dentro de esta temporada estuvo en voz de la soprano chilena Cristina Gallardo-Domâs, famosa por ser considerada la mejor intérprete de este personaje a escala mundial, en la actualidad. Desafortunadamente, esta cantante tuvo que suspender su participación dentro del ciclo neoyorquino por sufrir una grave recaída de artrosis crónica que afecta principalmente sus discos cervicales. Actualmente se encuentra en recuperación. 
* Giacomo Antonio Domenico Michele Secondo Maria Puccini (1858-1924), considerado en su época sucesor del genial Giuseppe Verdi como líder de la composición operística, estrenó Madama Butterfly en La Scala de Milán el 17 de febrero de 1904, con una pésima respuesta por parte del público y la crítica. No claudicó y tres meses más tarde presentó una segunda versión en la región italiana de Brescia, que conquistó el corazón de sus testigos. A partir de entonces la obra fue fructífera y con el capital que por ella cosechó, en pocos años, Puccini siguió comprando autos (fue pionero del automovilismo y también de los accidentes derivados de esta práctica) y también se hizo de un yate al que bautizó con un nombre que era de esperarse: Cio-Cio-San. (G.E.R.)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Se ha producido un error en este gadget.