sábado, 21 de marzo de 2009

La Sonnambula: En el filo de la deshonra

Foto: The Metropolitan Opera

Temporada de Ópera 2008-2009. En vivo desde el Met de Nueva York / 21 de marzo, 2009 /
3 913 asistentes / Función única / 3:05 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Gustavo Emilio Rosales
Amina es atractiva, sonámbula y está comprometida. Esto es dinamita pura para la escena. Crece la tensión: ¿qué pasó aquella noche, cuando fue descubierta, dormida, sobre la cama de un elegante forastero? 
Elvino, su novio, la desconoce y humilla; el pueblo, que primero aboga por su honor, parece al fin abandonarla a su suerte; sólo su madre le brinda una confianza a toda prueba. El presunto amante se dispone a resolver el conflicto, pero tarda en hacerlo y su demora parece confirmar el acto infiel. Nosotros, como público, en el uso de la gracia que consiste en conocer los hilos y desenlace de la intriga, podemos abandonarnos al placer de gozar las virtudes artísticas del elenco que integra el montaje de una de las óperas más famosas de Vincenzo Bellini. 
Es arduo, quizá imposible, decir qué producción de esta serie de diez óperas y una gala especial programadas —en la temporada correspondiente al periodo 2008-2009— por el Met de Nueva York para ser proyectadas mediante un sistema de Alta Definición, en tiempo real, en varias partes del mundo, ha sido la mejor. Sin embargo, asombrados ahora por el alto grado de calidad teatral y musical de la obra en turno, La Sonnambula, podemos afirmar que al contratar este ciclo para su proyección en la ciudad de México, el Auditorio Nacional ha contribuido de manera notable a incrementar en nuestra urbe opciones públicas para degustar arte de primer nivel, con dos importantes consecuencias: la formación de públicos en el área operística y la actualización en materia de figuras y procedimientos que intervienen en las grandes ligas del ámbito escénico. 
El personaje principal de La Sonnambula está a cargo de la soprano lírica francesa Natalie Dessay, quien encarna el paradigma de la perfecta intérprete, pues con virtuosismo canta y actúa. Su natural tono cómico —físicamente localizable en la mirada—, amén de su ya mencionado talento, la convierte en una Amina que hubiera fascinado al auditorio de Bellini hacia 1831, en Milán, cuando esta ópera fue estrenada. Su compañero y coprotagonista, en el papel de Elvino, el novio despechado, es el peruano Juan Diego Flórez, a quien Plácido Domingo llamó “el mejor tenor ligero de la historia”. Se trata de un dueto que parece haber nacido para hacer esta obra. 
Con astucia dramática, la directora teatral Mary Zimmerman articula esta versión de La Sonnambula a partir de dinámicas de relación determinadas por un juego de teatro dentro del teatro. La acción transcurre en un amplio salón de ensayos —de talante neoyorquino, a juzgar por las edificaciones que se pueden observar desde los amplios ventanales del fondo—, donde los actores que ensayan la ópera de Bellini poseen pasiones similares a las que mueven los hilos de la trama imaginada originalmente por el poeta y libretista Felice Romani, con base en un argumento de Eugène Scribe. Así, como también sucede en las piezas del dramaturgo italiano Luigi Pirandello, vemos una aparente “realidad” (en este caso, la de los actores y cantantes que ensayan) entrelazada con la ficción a representar. 
Aquí, en el Auditorio Nacional, sabemos que estamos presenciando en tiempo real una escenificación que ocurre en la casa de ópera del complejo cultural llamado Lincoln Center, en Nueva York, pero el planteamiento escenográfico imaginado por Zimmerman es en extremo realista y provoca la ilusión de que no hemos visto aún el foro principal del Met, sino que atisbamos lo que sucede en el espacio destinado a cocinar el montaje. Los actores se encuentran en ropa de calle y no falta quien aparezca con un café servido en vaso desechable, o con el casco de la bicicleta todavía puesto. “Yo misma me compré mi vestuario”, apunta coquetamente Natalie, ¿será verdad? 
Lo “cierto” y lo puramente imaginado se fusionan. Ese hombre de bigote, cuyos botines gastados no parecen combinar con su suéter color mostaza, ¿es el aldeano que, con su enojo, hace un reproche a Amina, o es un asistente de foro disgustado por laborar a deshoras? ¿Quién canta su amor y sus dolores? ¿Amina y Elvino, o los anónimos actores que los personifican, o Juan Diego y Natalie? Todos los públicos de esta Sonnambula sabatina —los que, en vivo, tuvieron la suerte y el dinero para estar en el Met y quienes compartimos su fortuna al lado del Bosque de Chapultepec— reímos con los enredos que provoca el conflicto de quien, dormida, se ha metido en problemas. 
Brota una cascada de prodigios vocales. La estructura musical de Bellini abunda en florituras melódicas, cadencias y trinos, y los cantantes principales demuestran que su carácter dramático y la coloratura de su voz se encuentran en las mejores condiciones para cumplir con creces las exigencias de esta representación. Los espectadores —sí, los reales y los “virtuales”, los de aquí y los de allá— aplaudimos constantemente las demostraciones de potencia operística encabezadas por Dessay y Flórez y bien apuntaladas por un elenco que también parece ideal para esta estupenda escenificación en la que el sueño exhibe la fragilidad de la verdad. Incertidumbre existencial que tiene su metáfora precisa cuando, hacia el final de la pieza, Natalie Dessay interpreta el aria Ah! non credea mirarti sobre una tabla que flota por encima del foso de la orquesta. 

¡Atención, Sonnambula trabajando! 
* La mancuerna Dessay-Flórez protagonizó en 2007, en Londres, una nueva versión de La fille du regiment, de Gaetano Donizetti. Tal fue el éxito de esta puesta en escena que la casa de ópera neoyorquina buscó, a toda costa, reunirlos en una de sus temporadas. La Sonnambula recién realizada es el maravilloso fruto de este afán: un lance que justifica que dicha unión haya sido calificada por un diario británico como “una pareja operística hecha en el cielo”. 
* Última de las nuevas producciones que conforman la temporada actual del Met, La Sonnambula (que no había sido representada en este recinto desde hace treinta y seis años) es una comedia pastoral que ejemplifica estupendamente los fundamentos del bel canto, la escuela vocal italiana que tuvo su auge dentro de la ópera en la primera mitad del siglo XIX, con la labor de compositores como Rossini, Donizetti y, por supuesto, Vincenzo Bellini. 
* En el bel canto, la voz humana equipara los logros sonoros de cualquier instrumento. Entre sus claves musicales se encuentran el legato (un modo de emitir notas musicales), la coloratura (ejecutar una sucesión de notas con rapidez), la messa di voce (se convierte una nota aguda en grave, para volver al estado original), y el trino, veloz alteración de una nota, que sirve como adorno. 
* Bellini tenía treinta y cuatro años cuando murió. El destino compensó para él la cortedad de su existencia, dado que fue un niño prodigio que, se dice, a la edad de cinco tocaba el piano con soltura. Compuso una docena de óperas, la más famosa de ellas Norma, que incluye el aria célebre Casta diva, inmortalizada por Maria Callas. 
* La selección del reparto que integra esta nueva producción del Met es notable. En el papel del Conde Rodolfo, el amante advenedizo, se encuentra el bajo italiano Michele Pertusi, cuyo desempeño es elegante y decidido. Lisa, la posadera, o también la asistente de producción en el “ensayo”, es la soprano lírica Jennifer Black, nacida en Texas, quien construye un preciso carácter de mujer orgullosa y sin escrúpulos. Teresa, madre adoptiva de Amina es realizada con pulcritud por la mezzosoprano de New Jersey Jane Bunnell, quien a la vez interpreta a la jefa de foro. Como un notario participa Bernard Fitch, y como Alessio, enamorado de Lisa, interviene Jeremy Galyon, ambos buenos cantantes de soporte. 
* Natalie Dessay y Juan Diego Flórez son el polo opuesto de la imagen del artista de ópera acartonado y gordo. En todo momento se les mira impetuosos y con una presencia actoral que se impone como foco de atención, incluso ahí donde la voz educada no ha brotado. Ella nació en Lyon, Francia, en 1965 y su primera vocación artística estuvo encaminada hacia el ballet y la actuación. Él nació en Lima, Perú, en 1973 (su padre, Rubén, fue guitarrista que acompañó a Chabuca Granda); cuando joven participó en un ensamble de rock llamado Graffiti, donde cantaba covers de The Beatles y Led Zeppelin. Posee también la ciudadanía austriaca. (G.E.R.)
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