sábado, 7 de febrero de 2009

Lucia Di Lammermoor: Coctel de pasión, locura y muerte

Foto: The Metropolitan Opera

Temporada de Ópera, desde el Metropolitan Opera de Nueva York / 7 de febrero, 2009 / 
Función única / 2:44 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C.



Gustavo Emilio Rosales
Es noche de boda en el castillo Lammermoor y Lucía, flamante desposada, celebra su casamiento envuelta en sangre. Los comensales que minutos antes de la espectral reaparición de la novia cantaban y bailaban, ahora se encuentran petrificados por el horror de contemplar la imagen de un espectro doliente que, tras de matar a su marido, ha perdido completamente la razón y ahora agoniza. 
Se trata de una prueba de fuego para la cantante rusa Anna Netrebko, quien debe interpretar, con desplazamientos amplios que incluyen evoluciones en una larga escalera y el manejo de un cuchillo en mano, el desarrollo destructivo de la locura mientras entona la exigente partitura imaginada por Gaetano Donizetti, que en este pasaje contiene algunas de las notas más altas para soprano en el repertorio operístico: Mi bemol sobreagudos. 
En éste, como en muchos otros momentos de la Temporada de Ópera 2008-2009 en vivo desde el Met de Nueva York, los espectadores podemos considerarnos afortunados de estar aquí, en el Auditorio Nacional, como allá, en la Gran Manzana, sin estar verdaderamente en Nueva York, pues amén de no padecer aún más el alza del dólar gozamos la oportunidad de mirar el espectáculo como los públicos del Lincoln Center jamás lo podrán hacer, gracias a múltiples cámaras de Alta Definición que mediante diversas dinámicas de enfoque y montaje nos muestran diversas perspectivas cinematográficas del drama. 
Anna Netrebko, desgarrada, en carrera frontal a la demencia: vista de cerca, de perfil, por arriba, por abajo, por detrás, a ritmos que capturan y entrelazan la percepción del observador con los compases de frenesí propios de la trágica muerte que se acerca. En un plano imaginario persisten algunas imágenes clave de pasajes anteriores de esta obra, como visiones que fortalecen la tensión de este cuadro fatal y son, a saber, la tenebrosa aparición del anónimo fantasma femenino, en la primera escena, como emisario de la catástrofe constitutiva del amor, y el inminente duelo entre el amante malogrado, Edgardo, y el hermano traicionero, Enrico, hombres que irreflexivamente han contribuido a la destrucción de Lucía de Lammermoor. 
El presente montaje es uno de los más ortodoxos de esta espléndida serie. La batuta de Marco Armiliato demuestra con pulcro proceder que este conductor orquestal es un experto en transmitir la exuberancia melódica y planteamientos melodramáticos de los compositores de ópera italianos del siglo XIX. La directora teatral, Mary Zimmerman, traza un cosmos de valores éticos en decadencia a través de la profusión de claroscuros en los que destacan símbolos de olvido: fantasmas de carne y sueño; mansiones empolvadas, distantes para siempre del lujo que les dio razón de ser; varones sin palabra y, por tanto, sin honor. Queda la muerte: no es posible vivir con lucidez en un mundo sin luces, en mitad del absurdo. 
Pese a que el desempeño artístico del tenor polaco Piotr Beczala es irreprochable, es de lamentar la ausencia, por motivos de salud, de Rolando Villazón, quien originalmente debería interpretar el papel de Edgardo. Con seguridad, el hecho de que el Auditorio Nacional registre hoy el mayor lleno en lo que va de este ciclo se debe en mucho a la expectativa generada por la presunta intervención del cantante mexicano. 
Como el hermano que negocia la suerte de Lucia, contra su voluntad, está el barítono polaco Mariusz Kwiecien, un joven que se encuentra en meteórico ascenso profesional gracias a su solvencia vocal y notorio desempeño actoral. Raimondo, el comprador de la mujer, es el bajo ruso Ildar Abdrazakov, quien sin protagonismo cumple con la configuración de su personaje. Pero pudiera no haber hombre alguno y quedar muy bien una versión solista y femenina de esta puesta en escena, ya que la actuación de Netrebko es flamígera, y construye una inolvidable estampa de agonía. 

Amor y dinero 
* Salvatore Cammarano vivió cincuenta y un años. Nació en Nápoles, Italia, en 1801, y compuso cuarenta libretos, entre los cuales destaca el de Lucia di Lammermoor, inspirado en una novela del escocés Walter Scott, quien fue uno de los más exitosos autores de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Al parecer, la trama del amor que sucumbe a intereses económicos y políticos se encuentra fincada en una historia real que aconteció en las Tierras Bajas de Escocia, hacia 1669. 
* Esta ópera se estrenó el 26 de septiembre de 1835 en el Teatro San Carlo, de Nápoles. Su éxito fue inmediato y se le requirió como pieza de repertorio en otras latitudes. Para el estreno francés, que ocurrió el 6 de agosto de 1839 en el Théâtre de la Renaissance, de París, Donizetti se vio en la necesidad de revisar el libreto y hacer en él algunos cambios con ayuda de los libretistas Alphonse Royer y Gustave Vaëz, haciendo desaparecer a personajes orquestales (así llamados los que apuntalan la trayectoria del protagonista, sin hacer cambios en ella) y realzando la figura central de la dama en desgracia. La versión italiana suele prevalecer en las programaciones, la francesa se ha presentado con enorme éxito en la Ópera de Lyon en 2002, con Natalie Dessay y Roberto Alagna en los papeles principales. 
* “Audrey Hepburn con don vocal”, ha sido llamada Anna Netrebko, la cantante rusa que figura a la cabeza de la lista de Las 20 divas del clásico, publicada anualmente por el diario británico The Times. El crítico Neil Fisher asegura que, a sus treinta y seis años, la soprano aventaja a estrellas de la talla de Renée Fleming (quien ha sido su anfitriona en Lucia di Lammermoor) y Karita Mattila gracias a su impecable canto y a su cinematográfica elegancia. Incluso, abunda el especialista, sus continuas cancelaciones de recitales formarían parte de una estrategia publicitaria acerca de la creación de la imagen de una semidiosa operística, inaccesible y, a la vez, súbitamente terrenal. (G.E.R.)
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