sábado, 24 de enero de 2009

Orfeo ed euridice: El mítico viaje al Inframundo

Foto: The Metropolitan Opera

Temporada de Ópera, desde el Metropolitan Opera de Nueva York / 24 de enero, 2009 / 
Función única / 2:52 hrs. de duración / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Gustavo Emilio Rosales 

Es ahora el momento más alto de la ópera de Gluck, cuando Orfeo, desconsolado, canta el aria Che farò senza Euridice? (¿Qué haré sin Eurídice?) y hay que ser de madera para no conmoverse ante el simún vocal desatado por la mezzosoprano Stephanie Blythe quien, en el papel del mítico músico de Tracia, lamenta con desazón existencial no haber podido rescatar a su amada del Hades, el inframundo de la Grecia antigua. 
La quería más que a su vida / y la perdió para siempre, / por eso lleva una herida, / por eso busca la muerte… Más de doscientos años antes de que Bunbury aprovechara el hálito creador de José Alfredo Jiménez para asegurar un hit en su favor con el carisma perpetuo de las amantes muertas, Christoph Willibald von Gluck ya había garantizado para sí la inmortalidad por medio de la realización operística de la historia del héroe que ha de descender al más allá por la mujer que adora, para devolverla a la vida. Tres féminas, Stephanie Blythe, Danielle de Niese y Heidi Grant Murphy tienen a su cargo la interpretación de los personajes principales en esta nueva producción de la casa de ópera del Lincoln Center, montaje dirigido por el connotado coreógrafo Mark Morris, con la dirección orquestal de James Levine. 
El planteamiento de Morris, uno de los coreógrafos estadounidenses más influyentes en los años ochenta, gravita sobre la intención original del autor de esta ópera, quien, contra la afectación estilística dominante en el género barroco, propuso por vez primera con Orfeo ed Euridice establecer un equilibrio de expresión entre los elementos constitutivos del drama musical. Así, nuestra atención es halagada por un teatro de símbolos en el que el baile, la música, el canto y la actuación suceden sin aventajar para sí espacio o tiempo y los contextos donde están son espacios abiertos (andamios de soporte momentáneo, únicamente) o emblemáticos, como la gruta oscura del Hades en la que Orfeo disputará el alma de Eurídice contra su propio deseo de verla y tapizarla con besos antes de salir del Inframundo. 
Eso es lo que Orfeo no debe hacer: atender a su amada directamente antes de que ambos abandonen el Hades. Esa aparente indiferencia es lo que ella le reprocha en el camino: “¿acaso ya no te importo?; ¿por qué me ignoras? ¡Oh, esposo cruel, preferiría la muerte a tu desdén!” Y la música crece y se convierte en un vaivén de intensidades, pues tal es el alma de Orfeo, herida por reclamos, condicionada por Amor —una figura alada que bajó del cielo para indicarle la fórmula de recobrar a su consorte, recién fallecida—, y torturada por la premura de volver a gozar de su mujer. El placer, es cierto, no admite pausa ni compás de espera. 
James Levine, el director titular del Met de Nueva York y de la Orquesta Sinfónica de Boston, parece conocer la partitura de Gluck hasta la médula y con este saber hace que la música sea carne: se palpa la excitación del legendario cantor griego, cuyo arte es tan alto que las bestias más feroces se apaciguan al oírlo y se posan, nuevas mascotas, a su lado, en su regazo. Amor, o Heidi Grant Murphy con vestido de arco iris y alas de libélula, descendió de la bóveda celeste sin peligro (según indica la gruesa cuerda que la sostiene), para decir a Orfeo los secretos del rescate de Eurídice. Una pasión que ha sido ejemplar no debe cortarse, ya que ventura es de La creación. 
Eurídice es morena y hermosa. De no ser soprano protagónica, Mark Morris la hubiera colocado al frente de una secuencia de poder, como las que utilizaba Alvin Ailey para destacar la fuerza del despliegue humano, capaz de convertir el peso en energía. Pero somos afortunados y Danielle de Niese, estadounidense de origen australiano, demuestra con amplitud el porqué está a la cabeza de los jóvenes valores del reino de la ópera: no sólo su garganta ha recibido privilegios, sino también el resto de su cuerpo donde pulsa, inquietante, la tentadora herencia estética de antepasados nacidos en Sri Lanka y Holanda. Con un vestido blanco y largo, lugar común de las amadas muertas, se destaca en el Hades como única luz: ¡Ah, Orfeo, cómo puedes ser tan cruel u obstinado y no tomarla de inmediato como respuesta a su reclamo! 
Antiguamente, cuando los compositores de ópera o corales barrocos no contaban con un castrati (los famosos cantantes masculinos que preservaban la voz angelical de su niñez merced a una no muy grata castración), utilizaban voces femeninas, especialmente cuando se trataba de representar un personaje no real, no humano. Quizá el rock progresivo, con cantantes de agudo registro como Jon Anderson, buscó también transmitir esta sensación de fantasía. Stephanie Blythe lo hace ahora como Orfeo y su don artístico justifica su lugar en el reparto. Se trata de una mujer voluminosa, alguien que no ingresó a las nuevas categorías fisonómicas de la ópera, pues apuesta todo lo que tiene a su inmenso talento. Es una maravilla y, sí, es Orfeo, pues vocalista tan excelsa merece este emblemático papel y que Eurídice no vuelva a morir después de haber sido mirada en Inframundo. ¡El amor es la vida!, clama Gluck; con este final contradice el mito y da pie para que Morris despliegue largas danzas de festejo en un cierre feliz. 

Renovarse y vivir 
* El ánimo reformista de Christoph Willibald von Gluck conoció influencias y cómplices. Entre las primeras estuvo el Ensayo sobre ópera, del pensador y conde italiano Francesco Algarotti, quien figuró en su época como notable impulsor intelectual de ciencias y artes. Como colega inspirador del compositor alemán hay que mencionar en primer término al coreógrafo, profesor y bailarín francés Jean-Georges Noverre —en cuyo honor se celebra desde 1982 el Día Internacional de la Danza—, autor de las célebres Cartas sobre la danza, donde el arte coreográfico occidental conoció por vez primera un conjunto de argumentos y propuestas congruentes, para validar y desarrollar su autonomía artística. 
* La estructura operística de Gluck está regida por el concepto dramático de tono: un equilibrio de tensiones energéticas proveniente de la actuación, voz, orquestación y dramaturgia, dirigido a producir lo que en la tragedia griega se conoce como catarsis: una purificación de las pasiones del espectador. Esta búsqueda artística, determinada por el afán de suscitar un efecto psicológico, marca un rompimiento con la fragmentación y manierismo de la ópera barroca. Sin embargo, hay fundamentos estilísticos de la época que son completamente aceptados por Gluck; el principal es la utilización de castrati para la interpretación de personajes fantásticos. 
* En 1994, el cineasta belga Gérard Corbiau popularizó la figura de los castrati o castrato por medio de la cinta Farinelli, il castrato, supuesta biografía de Carlo Broschi, una estrella de la singular constelación de estos intérpretes europeos. Miles de infantes padecieron esta operación orientada a la destrucción del tejido testicular (el pene quedaba, en la mayoría de los casos, intacto), pues sus padres, quienes los obligaban a la mutilación, ambicionaban contar con un hijo famoso y rico: tal destino les esperaba a quienes llegaban a triunfar en esta categoría vocal. En Viena, el 5 de octubre de 1762, el destacado castrati Gaetano Guadagni cantó el papel de Orfeo en el estreno de la ópera de Gluck. Siete años después, en una versión que ya no suele ser representada, fue protagonista el castrato Giuseppe Millico. Para la versión francesa estrenada en 1774, el autor de esta obra escribió el papel principal para contratenor, pues tal era el registro usual para el papel correspondiente en el estilo francés. 
* La mezzosoprano estadounidense Stephanie Blythe brilla como Orfeo en la reciente producción del Met. Y no es casual: los críticos, en reconocimiento a su talento, la nombran digna sucesora de Marilyn Horne como líder en la interpretación del repertorio barroco y belcantista. Otras mezzosopranos han interpretado con fortuna este papel, como la francesa Pauline Viardot, con quien comenzó la saga de los Orfeos trasvestidos en la revisión hecha por Héctor Berlioz, en 1859; Vivica Genaux, nacida en Alaska, Estados Unidos; y la mexicana Carla López-Speziale. 
* En esta producción de Orfeo ed Euridice conviven las dos principales versiones de esta obra realizadas por Gluck. Se canta en italiano, de acuerdo con el planteamiento original cohesionado por el libreto de Rainieri de Calzabigi, pero el sector coreográfico tiene protagonismo y participa de ámbitos dramáticos diferentes a la trama principal, como en la versión francesa, en la que el autor trató de complacer los gustos del público parisino, aficionado como pocos al arte coreográfico. (G.E.R.)
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