jueves, 20 de noviembre de 2008

Carmina Burana: Un monumento sonoro



Carmina Burana. Producción Monumental. Orquesta Internacional de las Artes (Leo Krämer, director); Danza Contemporánea de Cuba; coros Promúsica y Artescénica, Les Chanteurs du Lycée y Coro de Cámara de la Escuela Nacional de Música / 20 de noviembre, 2008 / 
Función única / 1:20 hrs. de duración / Promotor: Internado Infantil Guadalupano, A.C. 

Alejandro González Castillo
Desde hace varios años, la puesta en escena de Carmina Burana significa para México, y especialmente para el Auditorio Nacional, una emocionante tradición. La obra del alemán Carl Orff posee un encanto irresistible para el público, quien en numerosas ocasiones ha abarrotado el escenario más importante de México con el afán de deleitarse con unas partituras que han sido explotadas en toda clase de espectáculos, pero que no por ello pierden un ápice de encanto.
Colocarle el apellido Monumental a una creación que naturalmente irradia una silueta colosal, no hace más que crear expectativas muy altas por parte de los espectadores, quienes esta noche llenan las butacas a sabiendas de que la compañía Danza Contemporánea de Cuba es quien carga sobre sus hombros la responsabilidad de entretener la mirada mientras los oídos se regocijan.
Leo Krämer, paisano de Orff, atraviesa el escenario con batuta en mano. En su historial destaca su trabajo como director de la Filarmónica de San Petersburgo y de la Orquesta Sinfónica de Praga. Esta noche, su lugar está frente a la Orquesta Internacional de las Artes; fagotes, cornos, timbales, violonchelos, violines, contrabajos… un engranaje perfectamente aceitado que con la dirección de Krämer recuerda a Richard Wagner, como preámbulo al momento estelar. Para cuando las enormes cortinas se despliegan y los contundentes primeros compases de “O fortuna” resuenan, se descubre que lo escuchado previamente apenas fue una botana. Ya con la presencia de los coros Promúsica y Artescénica, además del Coro de Cámara de la Escuela Nacional de Música y Les Chanteurs du Lycée, el asunto pasa de flotar cerca del suelo a raspar las nubes.
Sobre el escenario, la escenografía es discreta, apenas cuatro arcos de metal y una pantalla circular que proyecta imágenes a blanco y negro, sin embargo lo que se escucha —ya que se habla de monumentos— carece de grietas.
Sólo basta afilar los oídos para escuchar, con nitidez sorprendente, cómo los talones de los bailarines chocan contra el suelo. A diferencia de quienes prestan su voz sobre el escenario, ataviados con capuchas plateadas, el cuerpo coreográfico ha optado por un vestuario atemporal, ajeno a revivir los atuendos propios del Medioevo, mientras en las imágenes que se proyectan en pantallas pasan lista marchas de soldados, gallinas y hormigas entre paisajes forestales y citadinos. Entonces queda claro que la intención de esta puesta en escena es otorgar, visualmente, una lectura alterna a la que solía hacerse, al menos en México, de los textos goliardos que Carl Orff musicalizó en 1937.
El movimiento resulta osado y plausible, aunque se ignoran las referencias hedonistas de los viejos cantos que hoy se reviven, su enaltecimiento de las bondades del vino, la gula y el deseo carnal. Y quizá ahí radique parte del éxito inusitado del que esta cantata goza en nuestro país; se trata de esparcimiento clasificación A, todas las edades son bienvenidas.
Irasema Terrazas, Oscar de la Torre y Guillermo Ruíz, soprano, tenor y barítono respectivamente, toman lugar en una esquina del escenario en diferentes momentos. Sus dotes vocales son aplaudidas generosamente por una audiencia que se siente tan en confianza con lo que hoy presencia, que incluso se atreve a acompañar con las palmas los movimientos de la orquesta. “¡Bravísimo, bravísimo!”, se escucha a alguien gritar entre un público que al final se pone de pie para prolongar la ovación mientras sobre el escenario sólo se encuentran sonrisas. Músicos, bailarines y cantores se toman la mano y ofrecen una reverencia ante los aplausos. La más valuada forma de pago, la mejor recompensa, sigue siendo la misma desde la Edad Media. Así que ¡bravísimo!

La transgresión de los goliardos 
Johann Andreas Schmeller publicó en 1847 la primera edición de un manuscrito titulado Cantos de Beuren. Se trataba de poemas escritos por los goliardos y reunidos hacia el año 1225, cuando los documentos fueron encontrados en el monasterio Benediktbeuren, en Alemania.
¿Quiénes fueron los autores, esos goliardos? Se trataba de desertores de los estudios religiosos cuyo nombre, sugiere la leyenda, proviene del gigante Golia, pariente del Goliat bíblico. Apodados “clérigos vagantes”, estos personajes decidieron darle la espalda a la rígida vida clerical para entregarse al placer mundano. Naturalmente, fueron objeto de múltiples persecuciones por su atrevimiento, así que se aliaron con el bajo mundo de la época —artesanos, saltimbanquis y juglares— para formar cofradías y así protegerse entre sí de los ataques.
Sin quitarse el hábito y aún portando tonsura, el peculiar rapado capilar que lucían como corona, los goliardos se pasearon por los lugares más pecaminosos de la Edad Media como auténticos transgresores de la estricta moral social. Cultos al fin, impregnaron de poesía y música sus atrevidos movimientos, y los textos encontrados en el ya mencionado monasterio alemán —tiempo después musicalizados por Carl Orff con el subtítulo de Canciones profanas para solistas y coros con acompañamiento de instrumentos e imágenes mágicas— son clara muestra de cómo fue su irónico y atrevido estilo de vida. (A.G.C.)

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