viernes, 28 de noviembre de 2008

Ballet Virsky: El espíritu de Ucrania



Compañía Nacional de Danza de Ucrania Virsky / 28 al 30 de noviembre, 2008 / Cinco funciones / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA Promotora, S.A. de C.V.

Gustavo Emilio Rosales
¿En qué piensas cuando te digo “Ucrania”, “Cáucaso” o “eslavo”? Tres cuartas partes de un total de veinte entrevistados coincidieron en imágenes de gente rubia, guisos humeantes, montañas, glaciares y leyendas (más de dos recordaron que por ahí se encontraba uno de los pilares del mundo, de acuerdo con los griegos, al cual fue atado el héroe Prometeo; alguien dijo Drácula).
Cinco personas coincidieron en responder que pensaban en danzas de frenesí, proezas acrobáticas, vitalidad y conjuntos de múltiples colores unidos por la acción. Todos los miembros de este último conjunto fueron a ver el Ballet Virsky al Auditorio Nacional.
De seguro, Myroslav Vantukh, el director de la Compañía Nacional de Danza de Ucrania, cuyo nombre común honra la memoria de su fundador y gran promotor del arte coreográfico, Pavlo Pavlovych Virsky, debe tener por cierto que la mayoría de espectadores, que en numerosa cantidad acuden a las funciones de su colectivo, en distintos puntos del mundo, obtienen o reafirman la visión del país por este conjunto representado como territorio de gran fertilidad, de gente bella y audaz cuyo pasado es vasto y por las nuevas generaciones considerado con respeto.
Yo veo por segunda ocasión esta compañía. Intuyo que entre los miles de espectadores que hoy estamos aquí, hay quien la ha visto las dos ocasiones anteriores en que ha visitado México. Considero que para muchos este es su primer encuentro con el llamado Espíritu de Ucrania. Sé que buena parte de nosotros, públicos noveles o avezados, acudiríamos una y otra vez a una nueva función de Virsky. Las irrupciones incesantes de aplausos, las exclamaciones espontáneas —¡Ooooh!, ¡Uuuuh — ante despliegues de virtuosismo y el ánimo general de bienestar así lo indican.
Virsky son decenas de hombres y mujeres que bailan, músicos que interpretan partituras cargadas de emotividad, bajo la dirección del maestro Oleksandr Cheberko, y niños que se suman a las prácticas coreográficas como parte del entrenamiento programado por la escuela que esta compañía ha formado para capacitar a sus futuros integrantes. 
Pero Virsky también es —y, quizá, principalmente— el mosaico del folclor ucraniano representado por indumentarias de rico colorido, por secuencias de movimiento que transmiten, mediante giros, saltos, acrobacias y evoluciones de conjunto, arrojo y alegría; por relaciones teatrales que, con candidez, no pretenden otro conflicto que el de la broma que concluye en felicidad. Es un territorio marcado por ritmos poderosos, donde las damas son altas, esbeltas y de una palidez que, al ser recubierta por vestuarios de amplio corte, obtiene un matiz de fantasía; en tanto que los varones son ágiles y fuertes, y todos ellos poseen algo de soldado y de pastor acostumbrados a desafiar con ímpetu las inclemencias de inviernos prolongados.
El programa es didáctico, aunque por fortuna no está sujeto a un guión descriptivo, lo que permite que la imaginación de quien lo observa se despliegue con cierta libertad. En su contemplación nos percatamos que Ucrania es una nación que tiene diversos territorios (veinticinco, nos indican indagaciones posteriores), en los que se utiliza con aprecio la aplicación de muchos colores en la confección de la indumentaria, con diseños diversos (algunos, grecas o estampados florales, nos recuerdan los logros de las tejedoras del sureste mexicano) que resaltan la combinatoria cromática, tornándola asombrosa. Regiones, de acuerdo con lo desarrollado por las coreografías, donde la música bailada forma parte protagónica del acontecer comunitario y acompaña así momentos de rito y fiesta, en los que no cabe la timidez y como diríamos en nuestro argot, “hasta el más chimuelo masca tuercas” al momento de marcar pasos que tienden a la percusión (sin llegar al zapateado de nuestro folclor), el giro, el desplazamiento señorial que busca el lucimiento de belleza o prestancia y la acrobacia.
Los códigos coreográficos se encuentran determinados por el género. Las mujeres, en situación de aldeanas o princesas, practican evoluciones suaves (no poco frecuente en los conjuntos femeninos es el desarrollo del paseo) y secuencias de filigrana corporal. Los hombres, como personajes ligados a la milicia (cosacos o marineros) o la ruda labor campesina, llevan a cabo todo tipo de cabriolas, entre las que destacan variables de la emblemática suerte que consiste en elongar alternadamente las piernas, mientras que el cuerpo se encuentra en cuclillas y los brazos cruzados a la altura del pecho: un paso que para muchos adscritos al sistema educativo nacional fue tormento cuando alguna malévola maestra de primaria tuvo a bien poner el Casachof como baile de fin de curso.
De las quince coreografías que, en dos actos, conforman el programa, al menos once llevan títulos en lengua ucraniana, que refieren el tema o anécdota a desplegar, como Moriaky (Marineros) y Podolyanochka (La muchacha de Podolsk). Las danzas ocurren en un escenario despejado, cuya única decoración es un motivo floral estampado en el centro, sobre la tela del fondo del escenario también llamada ciclorama, y dos tapices de greca azul, que cuelgan de piso a techo, a sus costados. No hay revoluciones tecnológicas, nada que pueda ser considerado como “punta de lanza”: ocurren, por el contrario, con coordinación precisa y entrega sin cautela, cosas que los humanos hacemos para sentirnos vivos y parte de una dimensión más espiritual que geográfica. Con eso basta.

Nombrados por la danza
• Con un lenguaje sin fonemas, los bailes que conforman el acervo coreográfico de esta compañía recobran la significación fundamental de las costumbres que sostienen a las comunidades ucranianas. “Por supuesto, se trata de diseños estilizados; no es el folclor puro. Hay en nuestro trabajo una gran influencia de los procedimientos del ballet ruso, especialmente en cuanto al manejo de coros se refiere. Pienso que este es el legado principal de Pavlo Pavlovych Virsky: el embellecer formas ancestrales, conservando su sentido original”, comenta Myroslav Vantukh, director, desde 1980, de este colectivo, y etnólogo que conoce las repercusiones simbólicas de sus estructuras coreográficas.
• De las quince coreografías presentadas, siete son de Pavlo Virsky, quien fuera nombrado Artista Nacional de la URSS (la más alta distinción para un creador dentro del bloque soviético). Se trata de piezas de corte variado, que van desde el divertimento virtuoso —como Povzunets, donde personajes masculinos vestidos de cosacos hacen gala de sus destrezas acrobáticas— hasta el entremés teatral que alcanza su cresta en Chumak (Recuerdos del pasado), en la que, a modo de teatro de marionetas, se narra la historia de una joven cuyos favores son pretendidos por un lascivo anciano y por un robusto galán. Adivinen quién los gana.
• En el resto del programa, entre un par de piezas de coreógrafos de menor fama, destacan las creaciones de Myroslav Vantukh, quien gusta de colocar en escena cincuenta o sesenta bailarines, quienes desarrollan secuencias de acción al unísono con una sincronía exacta, lo que provoca un efecto de embeleso en quien mira la capacidad de trascendencia de este auténtico trabajo en equipo.
• El Ballet Virsky atrae por igual a públicos locales y foráneos. Anualmente hay por lo menos tres centenares de jóvenes aspirantes a ingresar a su academia y cursar ahí diez años de arduos estudios, bajo una estricta disciplina y siempre con el riesgo de ser descalificados a la menor falla. Quizá pueda verse en este rigor pedagógico un eco marcial, impropio para artistas en formación; pero lo cierto es que la llamada Escuela Rusa de Ballet, desde los tiempos de la notable educadora Agrippina Vaganova, a comienzos del siglo pasado, se distingue por su severa metodología.
• Para su tercera serie de presentaciones en México, el Ballet Virsky, mantenido por medio de una subvención estatal, cuenta con un elenco de cien personas, entre bailarines, músicos y aprendices, quienes requieren de un guardarropa de tres mil piezas de vestuario, en una producción que tiene un costo de poco más de diez millones de pesos mexicanos. “Quisimos economizar, así que este año reducimos nuestras exigencias con respecto a la indumentaria”, comenta Vantukh.
• Un Jarabe Tapatío al estilo ucraniano, con más giros y ondulaciones que zapateado, enmarca el cierre de función, con el público de pie, vitoreando a los danzantes como si de héroes se tratara. (G.E.R.)

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