viernes, 14 de diciembre de 2007

El Cascanueces: El deleite de una tradición inolvidable


14 al 16 y 19 al 23 de diciembre, 2007 / 34 436 asistentes / 11 funciones (una privada) / 
1:30 hrs. de duración / Promotor: FUAAN, INBA, OCESA, S.A. de C.V.

Gustavo Emilio Rosales
¿Saben los niños mexicanos —no habituados a comer como postre los frutos del nogal ni a salpimentar las noches invernales con el gusto de castañas asadas— lo que es un cascanueces? Claro que lo saben, y la respuesta no tiene nada que ver con herramientas. Saben que es el título de un ballet que la Compañía Nacional de Danza, como muchas otras agrupaciones coreográficas en el mundo, presenta durante diciembre en el Auditorio Nacional, con una producción lujosa y colorida. 
Saben que el argumento de esta danza, que pertenece al género clásico, trata sobre los sueños de una niña llamada Clara, los cuales son tan intensos y contagiosos que la llevan a viajar por territorios fantásticos, poblados por guerreros, hadas, príncipes, flores y golosinas de distintos países convertidas en diestros bailarines. Lo saben y muchos de ellos lo constatan justo ahora, cuando los miembros del conjunto que dirige Dariusz Blajer interpretan sobre el amplio escenario las decenas de situaciones y personajes imaginados hacia 1816 por el escritor alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, adaptado para ballet en los años finales del siglo XIX por el coreógrafo francés Marius Petipa y el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky, mediante un libreto que finalmente habría de ser estructurado por el coreo-compositor soviético Lev Ivanovich Ivanov.

Seguramente, para los papás de muchos de estos niños que acuden a raudales a la presentación de El Cascanueces, habrá de ser sorpresiva la fastuosa celebración navideña de Clara, en la que los danzantes de la compañía del Instituto Nacional de Bellas Artes despliegan con fluidez sus dotes histriónicas, tal y como lo exige la versión coreográfica que ahora interpretan, realizada para este conjunto institucional por Nina Novak, en 1980. Y aunque de cierto lo habrán hecho anteriormente, ofreciendo más de veinte funciones en menos de un mes, Irma Morales, como el Hada de Azúcar, y Jacqueline López, en el papel de Reina de las Nieves, bailan hoy con ligereza, como si cada evolución fuera un descubrimiento y no un modelo al que tienen que llegar. La gracia que provocan recrea la fantasía de la historia original y es inseparable del cautivador oleaje musical provocado por la orquesta que dirige Enrique Patrón de Rueda, cuyo amplio conocimiento de esta obra en particular, y de los procedimientos de la escena contemporánea, en general, cumplen a cabalidad las exigencias de una partitura que asombró al propio Tchaikovsky, para regocijo de los numerosos espectadores que no hemos venido a esta función a observar algo nuevo, sino a deleitarnos con lo que ya se ha vuelto inolvidable.

Por segunda ocasión consecutiva, quienes asistimos a la temporada anual de El Cascanueces nos encontramos con una pista de hielo a la entrada del Auditorio Nacional. Imposible permanecer indiferente a su alba atracción y al combate interno que su visión dispara en nuestro interior, súbitamente dividido entre el impulso de colocarse los patines y con ellos “flotar”, y el testimonio visual de caídas y extremidades temblorosas, que muestran que los habitantes de esta ciudad, al igual que los primeros pobladores de Macondo, todavía tenemos mucho que aprender acerca del estado sólido del agua.
Con dicha estampa importada del invierno nos disponemos a reconocer lo conocido. Ahí están, de nueva cuenta y frente a frente, los enormes muñecos cascanueces que se encargarán de abrir el telón para dar paso a la fiesta de Clara, a la batalla entre las huestes del muñeco que recibe como regalo, contra las tropas del Rey Rata, el villano, si es que lo hay, de esta historia. Durante el segundo y último acto del ballet, ya completamente contagiados por el encanto de la presente ceremonia artística de fin de año, los espectadores recibimos con fluidez la entrega profesional de los bailarines y el cuidado de la producción que los cobija. Es un generoso intercambio de emociones: la de los intérpretes, quienes se entregan por completo a los dictados energéticos de la acción; la de los músicos, inspirados, y la de nuestra propia experiencia, que acaso necesite reanimar las tradiciones para poner en marcha el inusual mecanismo del asombro.

Mucho ruido y muchas nueces
* El Cascanueces encabeza la lista de las piezas de ballet que mayores ingresos proporcionan a sus productores, con una derrama anual de más de 200 millones de dólares, calculados tan sólo en el circuito global del mainstream del espectáculo.
* Quizá algún antropólogo pudiera explicar el éxito de El Cascanueces apelando a descubrir una veta de animismo en la historia: la presencia de un tono arcaico, que nos lleva a fascinarnos con la imagen de objetos inanimados que mágicamente cobran vida. Lo cierto es que Hoffman no imaginó que su relato mereciera exclusivamente la atención infantil, así es que lo escribió en un tono agridulce, que habría de ser suavizado posteriormente por Petipa en el guión coreográfico.
* La Compañía Nacional de Danza tuvo uno de sus primeros grandes fracasos con el estreno de esta obra, en Monterrey, en 1980. Simplemente, no gustó. Como no era posible que una agrupación con grandes aspiraciones careciera de esta pieza fundamental de repertorio, los maestros Jorge Cano, Laura Echevarría y Natasha Lagunas fueron comisionados para adaptar la dramaturgia de Nina Novak. El resultado no sólo rescató al montaje, sino que con la versión al aire libre de El lago de los cisnes, otro gran éxito de Piotr Ilich Tchaikovsky, se convirtió en una de las principales fuentes de ingreso del conjunto institucional.
* La Compañía Nacional de Danza ofrece año con año versiones de El Cascanueces (la presente, de Novak o la de James Kelly, por ejemplo) cercanas a la puesta original de Ivanov, como parte de las tradiciones navideñas. Sin embargo, en otras latitudes ocurre lo contrario y mitos del ballet como Carmen o El lago de los cisnes son transformados por coreógrafos talentosos, de acuerdo con el pulso cultural contemporáneo. El coreógrafo británico Matthew Bourne, por ejemplo, ha logrado una versión espléndida de este clásico invernal —que para él significa una metáfora del itinerario erótico que se vive en el primer amor—, colocando a los protagonistas en una situación social muy diferente al planteamiento ortodoxo (la acción da inicio en un orfanato, en lugar de una mansión), y acentuando, mediante diseños de vestuario y escenografía delirantes, la vena lúdica de la estructura dramatúrgica. (G.E.R.)

Programa

El Cascanueces

Música
Piotr. I. Tchaikovsky

Coreografía
Nina Novak, sobre la original de Lev Ivanov

Arreglos coreográficos
Laura Echevarría, Carlos López y Jorge Cano


Libreto
Marius Petipa, basado en la versión de Alejandro Dumas del cuento de E.T.A. Hoffman

Escenografía
Laura Rode

Vestuario
Carlo Demichelis

Iluminación
Víctor Flores

Efectos especiales
Alejandro Jara y Grupo Profesional de México

Primeros bailarines
Sandra Bárcenas
Irma Morales
Laura Morelos
Raúl Fernández
Jaime Vargas 
Jorge Vega

Y 68 bailarines más


Orquesta del Teatro de Bellas Artes
Director huésped
Enrique Patrón de Rueda

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