martes, 4 de diciembre de 2007

Chavela Vargas: El martes más intenso de la historia


4 de diciembre, 2007 / 3 916 asistentes / Función única / 
1:30 hrs. de duración / Promotor: Eje Siete La Vialidad del Arte, S.C.

Fernando Figueroa
En junio de 2007, Chavela Vargas dijo a la periodista Blanche Petrich: “Quiero morirme un martes, para no fregarle el fin de semana a nadie. Nada sucede los martes, son muy aburridos”.
Martes cuatro de diciembre de 2007, Auditorio Nacional, diez de la noche. Chavela tiene ochenta y ocho años y lleva una hora y cuarto cantando de pie, estoica. Anuncia: “Ahí les va la canción que me estaban pidiendo desde hace veinte años”, e interpreta “La Llorona” con susurros y una voz gutural que parece surgir del mítico Comala rulfiano o de San Joaquín de Flores, provincia de Heredia, Costa Rica, donde ella nació.

Según el programa, aún le falta cantar “Hacia la vida”, “Piensa en mí” y “Volver, volver”, más el encore que sea su voluntad. De pronto, dice: “Me duelen las piernas, tráiganme la silla”. Un asistente le lleva una de madera y ella replica: “¡No, quiero la de ruedas!”. La fatiga y algún malestar físico surgen como invitados imprevistos. Se acelera el homenaje que le tienen reservado: aparecen Julieta Venegas y el promotor Julio Rivarola para darle un ramo de rosas y una placa de reconocimiento por su carrera artística. Vargas desaparece y el público se queda a escuchar al Mariachi Gallo de México, con la idea de que la señora regresará a rubricar un concierto caracterizado por la hondura. Cuando el grupo folclórico va en la cuarta canción, surgen algunos silbidos de entre las butacas; finalizado ese tema, se encienden las luces del recinto y la gente queda estupefacta, triste.

Después se sabría que Chavela Vargas tuvo un problema de salud y que por eso abandonó el escenario de forma tan abrupta. Pudo haber muerto en martes, para no darle lata a nadie en fin de semana. Afortunadamente, no fue así, y tampoco fue un martes aburrido porque, antes de irse al camerino, Chavela ya había ofrecido un concierto con la marca de la casa: profundo, erótico, místico.
Faltan quince minutos para las nueve de la noche. El rito ancestral inicia en la cúspide con “Macorina” y jamás decrece la intensidad pues se suceden cañonazos como “Un mundo raro” y “Vámonos”, de José Alfredo Jiménez, con quien visitó el submundo del alcoholismo desatado, el de borracheras que duraban semanas y hasta meses. En “Amarga Navidad”, del mismo compositor, cambia diciembre me gustó pa’ que te vayas por pa’ que te largues… sus admiradores aúllan de júbilo, tal vez pensando en alguien especial a quien le dirán algo parecido en este último mes del año.
El escenario luce desnudo, negro, como fondo de caverna. Pide a la gente: “Díganme lo que se les dé la gana”. Un fan le grita: “¡Bendita sea la madre que te parió!”, y ella responde pícara: “Gracias, mi amor, igualmente”. Luego pregunta: “¿Qué quieren que haga?”; alguien responde de bote pronto: “¡Que vivas muchos años!”. Aunque a estas alturas resulta obvio, afirma: “Me encanta chacotear con ustedes”.
Se le ve feliz, parece haber superado una infancia sin amor de parte de sus padres (tal como ella misma escribió en una breve autobiografía), con problemas físicos derivados de principios de poliomielitis, trabajo duro en el campo, pobreza. Ahora es la estrella consumada que ha pisado el Carnegie Hall, el Olimpia, el Luna Park, entre otros grandes escenarios del mundo, como en el que está ahora; la mujer que ha sido comparada por Pedro Almodóvar con Edith Piaf, Billie Holiday y Judy Garland; la artista que inspiró a Joaquín Sabina para escribir “Por el boulevard de los sueños rotos”, que se escuchó en las bocinas antes de que se apagaran las luces; la mujer rebelde que ha dicho que, si renaciera, volvería a vivir la vida de la misma manera: “i-gua-li-ta”.
Pregunta al público: “¿Verdad que semos bien felices”. Un gran coro grita “¡¡¡Sí!!!”, y ella agrega: “¡Qué bonito se ve de aquí para allá!”, palabras con resonancias chamánicas, provenientes de una sacerdotisa que parece orar en el ombligo del mundo; alguien que, según sus propias cuentas, se bebió cuarenta y cinco mil copas en treinta años de parrandas.
Acompañada sólo de un par de guitarristas —Juan Carlos Allende y Miguel Peña— entrega temas de varios autores, pero de principio a fin la columna vertebral del espectáculo es el mexicano que escribía sus letras en servilletas de cantinas o en las ventanas de su auto con lápiz labial, el letrista que da pie para que Chavela diga desde su actual sobriedad: en el último trago nos vamos.


Brindis y apapachos
Antes de iniciar el concierto, en las pantallas gigantes se proyectó un video con felicitaciones para Chavela Vargas, de parte de varias personalidades.
Parafraseándose a sí mismo, Joaquín Sabina dijo: “Las amarguras no son tan amargas cuando las cantas tú”. Carlos Monsiváis señaló que “ella es uno de los personajes más importantes de nuestra historia emotiva, una intérprete cuyo repertorio nos ayuda a ser profundos rápidamente y a conservar intacta nuestra capacidad de revivir emociones”.
Astrid Hadad levantó su copa “hasta las estrellas del Tepozteco” para brindar por una artista que es como “un mascarón de proa de las nuevas generaciones de cantantes”. Eugenia León celebró que Chavela “sea un ejemplo de cómo ser sobreviviente de uno mismo, lo que no es poca cosa”. Tania Libertad elogió la forma en que Chavela “desgrana canciones y emociones”, mientras que Lila Downs aplaudió “la honestidad y la fuerza de su corazón”.
Joaquín López Dóriga también habló, pero fue imposible escuchar sus palabras por la rechifla general de los espectadores.

Programa
Macorina / Sombras / Se me hizo fácil / María Tepozteca / Soledad / Cruz de olvido / Un mundo raro / Vámonos / La noche de mi amor / Amarga Navidad / Pena mulata / Luz de luna / Somos / Las ciudades / Las simples cosas / El último trago / Si no te vas / El andariego / La Llorona

Mariachi Gallo de México
El son de La Negra / Sin ti / Guadalajara / Viva México

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