viernes, 13 de julio de 2007

Raquel Olmedo, Roberto D’Amico y José Ángel El Cuervo: Nueva visita a la cantina mitológica


El Rey. Homenaje a José Alfredo Jiménez / 13 y 14 de julio, 2007 / 269 asistentes / 
2 funciones / 1:40 hrs. de duración / Promotor: Mundo Odnum S.A. de C.V.

Fernando Figueroa
Las razones para homenajear al compositor guanajuatense son de peso, tal como se expresa en el espectáculo: “porque le puso letra a nuestras emociones, por estar más vivo que nunca, por sus clases de llanto, por hermosear nuestro idioma, porque gana batallas a la manera del Cid Campeador, porque sigue siendo el rey”. No por nada lo han interpretado solistas y grupos que hablan idiomas musicales con pocos vasos comunicantes: Pedro Infante, Joaquín Sabina, Jorge Negrete, Saúl Hernández, Pedro Vargas, Julieta Venegas, Miguel Aceves Mejía, Maná, Ana Belén y Panteón Rococó, entre muchos otros.

El elenco de El Rey también es heterogéneo: Roberto D’Amico hace las veces de conductor y, sacrílegamente, interpreta al personaje José Alfredo; Alberto Ángel El Cuervo canta a todo pulmón grandes éxitos, mientras Raquel Olmedo imprime mesura, sentimiento y entonación a los temas que le tocan en solitario. Un par de guitarras, dos violonchelos, piano, bajo y flauta completan la alineación de este singular espectáculo.

El discurso de D’Amico es un coctel preparado con afortunadas frases de Carlos Monsiváis, información proporcionada por la familia de José Alfredo y algunas ocurrencias anónimas. En palabras del cronista avecindado en la colonia Portales, se honra al “vocero de la lírica cantinera, poeta de la desolación marginal y creador de un sentimentalismo que va del rencor a la autocompasión”.
En el Lunario se cumple a cabalidad la máxima del autor de Días de guardar: “Oír una de José Alfredo es añadirse al coro”. El Cuervo y Raquel Olmedo nunca cantan solos porque en las mesas hay muchos devotos que parecen rezar a media voz, y algún extrovertido que grita a voz en cuello su desdicha amatoria. El falsete de Alberto Ángel se pierde en la noche de quienes llevan heridas, Olmedo profundiza el desasosiego de aquellos que intentan apagar luces imaginarias, y D’Amico exalta el orgullo de haber nacido en el barrio más humilde (“la pobreza es la cima de los valores morales”, añadiría Monsiváis).
Aunque se exalta al compositor que convirtió la “cantina mitológica” en “latifundio espiritual”, en el espectáculo falta algo de la naturalidad que distinguía al homenajeado y sobran motivos intelectuales. Lo que permanece son las frases de un poeta popular que nunca se asumió como tal: haremos con las nubes terciopelo… y me iré con el sol, cuando muera la tarde… comienza siempre llorando, y así llorando se acaba… no pases por Salamanca que ahí me hiere el recuerdo… te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido.
Al enterarse José Alfredo Jiménez que la cirrosis le estaba cobrando la factura por años de alcoholismo, decidió dar un paso adelante, seguir bebiendo y escribir: Yo sé bien que estoy afuera / pero el día en que yo me muera / sé que tendrás que llorar. Con un autor con semejantes arreos, el mejor homenaje siempre será escucharlo.

Programa
El Rey / Que te vaya bonito / Vámonos / El jinete / La noche de mi mal / La mano de Dios / Amarga Navidad / Qué bonito amor / Arrullo de Dios / Cuando sale la luna / Llegando a ti / Paloma querida / La retirada / Tu recuerdo y yo / Amanecí en tus brazos / Camino de Guanajuato.
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