viernes, 1 de junio de 2007

Lisa Gerrard: Viaje a las entrañas de la desolación

1 de junio, 2007  / 812 asistentes / Función única / 
1:50 hrs. de duración / Promotor: Eclectic, S. de R. L. de C. V.

David Cortés
La noche se antoja propicia para la liturgia, aunque un público expectante, en su mayoría de mediana edad, hace pensar que se trata de un concierto más de rock. Una pregunta: ¿Cómo llamar a la música de esta cantante nacida en Australia que obtuvo reconocimiento con Dead Can Dance  y ahora transita en solitario?

La aparición de Lisa Gerrard impone un pesado silencio, el aliento de los asistentes se contiene unos segundos, una exhalación se produce cuando se acerca al pedestal del micrófono y explota cuando un ritmo con reminiscencias tribales le sirve de alfombra a la diva cuya voz sobrecoge a los presentes, se filtra por su médula ósea y los lleva a evocar tiempos inmemoriales, a imaginarse otras vidas, otras épocas.

A lo largo de tres álbumes como solista, cuatro en colaboración, y algunas intervenciones en bandas sonoras, Gerrard ha forjado un sonido basado en ensueño, exotismo y desolación. Su voz, alabada en innumerables ocasiones, se presta a la perfección para confirmar esa teoría de que el músico es solamente una extensión de un demiurgo del que éste se vale para transmitir su mensaje.
Verdad o mentira, es difícil erradicar esa sensación de misticismo en las canciones de Lisa Gerrard. Hay momentos en los cuales la lengua en que son interpretadas se vuelve ininteligible; en otros, la profundidad de su canto se vuelve atemporal, evoca el instante de la creación, pinta paisajes desolados, inmensas llanuras, atmósferas cargadas de neblina y humedad, lares poblados por seres espectrales.
Esa sensación, cercana a una epifanía, se refuerza con un programa en el que abundan temas dedicados a la tristeza, la melancolía, el lamento… sensaciones rotas, de vez en vez, por algunas composiciones en donde el incremento en la velocidad de los beats electrónicos rebaja la experiencia a terrenos mundanos. Esos pasajes son esporádicos y luego el tono regresa a su tono ritual, apenas profanado por un espectador que pregunta, voz en cuello, su edad a la cantante y obtiene como respuesta un “dieciséis”, de otra voz anónima.
Gerrard jamás abandona la sobriedad, apenas se mueve sobre el escenario, sus manos van del regazo a los hombros, agradece pero nunca charla frente al micrófono. Aprovecha una breve improvisación de sus dos músicos (ambos en piano, samplers, teclados y percusión), para hacer un cambio de vestuario y regresar con más ímpetu. Solamente al final, ayudada de una traductora, presenta a sus acompañantes y se atreve a salvar la distancia entre ella y sus acólitos allí reunidos.
En el encore, hace una visita al world beat y culmina con un sentido “Good night people of Mexico”. El clamor de los asistentes la hace regresar para interpretar a cappella una melodía con acentos celtas. Luego de un par de minutos vuelve al escenario, ahora acompañada de sus músicos para un tema final. Las luces se encienden, pero los aplausos y gritos persisten, algunos abandonan el lugar, la Gerrard reingresa para una canción más que da el cerrojazo a un concierto que, aunque suene hiperbólico, ha sido sublime.

Programa
Whale rider / Tempest / Desert song / Sacrifice / Maharaja / The sea whisperer / Black forest / Sanvean (I am your shadow) / Wandering star / Meltdown / Paikea legend / In exile / The host of seraphim / Space weaver / Dreams made flesh / Now we are free / The wind that shakes the barley / Salem’s lot / Sleep (Hymn for the fallen)
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