sábado, 28 de abril de 2007

Fernando Delgadillo: Los molinos de viento de Ciudad Satélite

Momentos pendientes / 28 de abril, 11 de agosto y 22 de diciembre, 2007 / 
1,500 asistentes / 3 funciones / 3 hrs. de duración / Promotor: Ernesto Vargas

Fernando Figueroa
Con su metro noventa de estatura se ve alto incluso cuando está sentado; es decir, durante las tres horas que dura el concierto y que a sus fans les parece poco porque piden más a gritos. Canta acompañado sólo de una guitarra acústica y de un voluminoso cuaderno engargolado donde tiene escritas cientos de canciones.

Es el cantautor del norte de la ciudad de México que inició su carrera interpretando temas del sur del continente americano: nació y creció en Ciudad Satélite y tocaba el bombo en un grupo de folclor andino. Viró hacia la trova y se puso a hacer “canciones con mucha letra y pocos estribillos”, según sus propias palabras. Vendía cassettes en sus presentaciones ante cincuenta personas en el Parque Naucalli, y luego ante cien, trescientas, quinientas; cuando ya eran mil espectadores estrenó en ese mismo sitio su primer CD, Con cierto aire a ti (1992).

Grabó más álbumes y sus seguidores ya no eran sólo del área que circunda a las torres de Matías Goeritz y Luis Barragán, pues su fama se extendió al Distrito Federal, hasta el punto de llenar el Teatro Metropólitan al presentar Entre pairos y derivas (1998), sin el apoyo de una disquera de renombre. Aunque sigue siendo ídolo de las clases medias de Naucalpan y Tlanepantla, ahora tiene legiones de admiradores en toda la República Mexicana y en algunas ciudades de Centro y Sudamérica, a donde viaja constantemente.
Inicia el concierto diciendo: “Yo soy Fernando Delgadillo”, frase que suena a “he llegado hasta aquí sin haber vendido el alma”, y arranca en el estertor del sábado con “Luna en lunes” en honor al recinto, donde no hay una sola silla vacía. Antes de algunos temas, narra con buen humor cómo y cuándo se gestaron; por ejemplo, asegura que no había fumado nada cuando escribió “Campo de sueños”, y que, desgraciadamente, no había identificadores cuando surgió “Llamadas anónimas”, en la que una mujer desconocida le habla de sexo hasta que él corta la comunicación por error.
También se burla de su época juvenil de “cincos y seises en matemáticas, genio incomprendido y protestón”. Algunos le exigen a gritos ciertas canciones y él advierte que “el concierto está compuesto de dos partes: las que se le antoje cantar su servidor y, a continuación, las sugerencias del público culto y conocedor”. Se oyen carcajadas, pero a los diez minutos vuelven a surgir los necios que ya quieren oír “Entre pairos y derivas”, “Ten miedo de mí” o “La función de las seis”.
Antes de consentirlos, ofrece “Vámonos de la ciudad”, de Ricardo Sánchez de la Barquera. Luego entrega su voz a la ciudad, al ocio, al erotismo, a la naturaleza, a Quetzalcóatl y, sobre todo, a la mujer amada. A la una de la mañana del domingo aún se escuchan peticiones, hasta que el juglar dice concluyente: “Me gustaría amanecer aquí cantando, pero la verdad es que tengo mucha ropa que planchar”.
Y todavía alguien replica a la salida: “Como que le faltaron algunas”.


Programa
Luna en lunes / Campo de sueños / La balada de Leonor / Disfrazado / Extravío / Balada marinera / Tu hombro derecho / Tu bienvenida / Quizás / Eva en las frutas / Entre pairos y derivas / Del libro de los días / Ay amor / Llovizna / Carta a Francia / Primera estrella de la tarde / Julieta / No me pidas ser tu amigo / La bañera / Mensajes / Visiones / Mi canción / Cómo te extraño / El gigante / Andrómeda / Tomando café / La función de las seis / Hoy en tu cumpleaños / Con cierto aire a ti / Ten miedo de mí / Olvidar / Estoy aquí / Vámonos de la ciudad / Llamadas anónimas / Tu prisa / De las tardes / Insomnio
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