jueves, 4 de enero de 2007

La magia de Disney: Conjuros para reconquistar el asombro


Del 4 al 7 y del 9 al 15 de enero, 2007 / 150 342 asistentes / 25 funciones (14 públicas y 11 privadas) / 
1:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V.

Thelma Gómez Durán
Fue tanta la atracción de Walt Disney (1901-1966) por la magia, que aún persiste el estrambótico rumor de que su cuerpo está congelado y que sus familiares sólo esperan un eventual avance científico para regresarlo a la vida. Lo que sí puede afirmarse es que gran parte del éxito de su emporio le debe mucho a su habilidad para explotar la idea de que la realidad es modificable con varitas mágicas, genios, brebajes y conjuros.

Aunque de la literatura infantil tomó a brujas, hechiceros y hadas para convertirlos en estrellas cinematográficas por medio de sus dibujos y gigantescas campañas de difusión, Disney no se quedó con las ganas de crear a su propio mago y en 1940, con la ayuda del musicólogo Deems Taylor, en el filme Fantasía incorporó una escena en donde su ratón consentido tuvo un primer contacto con el arte de la hechicería en la memorable escena conocida como “El aprendiz de brujo”.

Tras practicar durante casi setenta años, Mickey Mouse logró dominar el arte de la magia y lo demuestra en este espectáculo, donde con casi treinta personajes, habitantes del universo Disney, encanta al público. A diferencia de la película, el ratón ahora sí controla a las escobas que realizan una entretenida coreografía y llevan por los aires a su eterna compañera Minnie. El asombro provoca infantiles expresiones, tan indispensables en cualquier reunión como ésta y lo mismo un sonoro “¡ooohhh!” que la inhalación seguida por un largo silencio y un ligero temblor en las manos, lo confirman: la magia surte efecto.
Si el famoso roedor con casi ochenta años no vislumbra la jubilación, lo mismo sucede con sus amigos Minnie, Goofy, el pato Donald y Daisy. A ellos esta vez se unen Brad, joven ilusionista que goza de gran reconocimiento en Estados Unidos, y Benny, el ahora aprendiz que después de varios intentos descubre el secreto para ser mago, y que es aplicable a varios aspectos de la vida: practicar incansablemente hasta lograrlo.
El escenario del Auditorio Nacional recibe princesas, brujas y magos que acompañan a Mickey en su aventura, donde se escucha el legendario conjuro que no pocos abuelos conocieron: “¡Abracadabra!”. En la pasarela de ilusiones no faltan las del Sombrerero Loco, de Alicia en el País de las Maravillas, de cuya chistera aparecen desde un ramo de flores hasta mascadas multicolores. Para realizar el acto de “La increíble ilusión de la casa de naipes”, nadie como la Reina de Corazones.
Pero la magia es asunto de profesionales y éstos saben que un hechizo es más efectivo, y memorable, si lleva un ingrediente extra: la música. Salacadula / chalchicomula / bíbidi bábidi bu… El encanto lanzado por la bonachona Hada Madrina de Cenicienta funciona mejor que cualquier artificio: muchos adultos mueven discretamente un pie al ritmo de la canción, otros emprenden un viaje al pasado y, sin pudor, tararean el contagioso trabalenguas. Los niños bailan en sus asientos, aplauden y sonríen ante el poder de la magia que —valga la expresión— los hermana con sus padres.
Una pequeña aprendiz, Daniela, sube al escenario para prestar sus zapatos a Cenicienta y que éstos se conviertan en zapatillas de cristal. También, con ayuda de los maestros en estas artes, realiza una serie de trucos con botes de basura y papel de china. Más adelante, la magia adquiere dimensión pasmosa cuando una rosa se convierte en Bella, la gentil mujer que se enamora de la Bestia. Pero también hay sortilegios que pueden estar al servicio de la envidia, como ocurre con la madrastra de Blanca Nieves. El hechizo más elevado ocurre cuando la princesa Jazmín, de Aladdín, queda suspendida en el aire. Y Donald, impaciente por mostrar que él también tiene talento, realiza un acto denominado “Desaparición de la pizza”, que no convence a muchos, pero sacia el apetito del emplumado.
Brad dice al público: “Nunca hay que rendirse porque siempre hay magia dentro de todos”. Los más pequeños llevan todos los días esto a la práctica, aunque de teoría no saben mucho y por eso ni reparan en la frase. Pero son los adultos quienes, hechizados, han vuelto a creer que la realidad puede cambiar con un poco de ilusión.


El podio de los magos
Merlín: Quizá el mago con más fama y poder. De este personaje de la mitología inglesa, ubicado a finales del siglo V y comienzos del VI, destacan su sabiduría, un vasto conocimiento de la naturaleza y su estrecha relación con el rey Arturo. En La espada en la piedra (1963), Disney entregó un retrato ajeno al mito, pues allí el mago es despistado, algo loco y juguetón.
La madrastra de Blanca Nieves: En el cuento de los hermanos Grimm a mediados del siglo antepasado, esta mujer se disfraza y dos veces intenta engatusar a su hijastra, primero con una peineta y luego con la célebre manzana. Pero en la versión fílmica de 1937, los guionistas hicieron varios ajustes para transformar a la bella y envidiosa reina en la primera bruja de la pantalla grande.
Maléfica: Disney adaptó el cuento del francés Charles Perrault, quien se basó en una historia popular europea, y estrenó el filme en 1959. Si bien el autor de Caperucita Roja despojó a la historia de todo contenido mágico, limitando a una maldición la respuesta del hada no invitada, la versión fílmica se regodeó en elementos fantásticos y hasta la convirtió en dragón. (T.G.D. y J.Q.)
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