martes, 5 de diciembre de 2006

El Cascanueces: Rito para salvarse del frío


5 de diciembre, 2006 / 9 funciones / 36 902 asistentes / 2 hrs. de duración /
Promotor: INBA / OCESA / FUAAN 


Milagros Sollano
Algunos de los sentimientos característicos de la época navideña son amor, paz, concordia y hermandad. Para expresarlos, cada país tiene tradiciones propias, como el San Nicolás alemán que regala dulces a los niños o las piñatas mexicanas que se rompen durante las fiestas decembrinas. Y muy por encima de la situación climática o las condiciones sociales, existe en la ciudad de México un ritual magnífico en esta época: asistir con la familia al Auditorio Nacional para disfrutar del ballet El Cascanueces
Este año el rito se enriquece en este centro de arte y cultura con un nuevo espacio que congrega a los visitantes: una pista de hielo en la explanada, donde los bailarines de la Compañía Nacional de Danza lucieron su versatilidad el día de la conferencia de prensa, y en la que patinadores profesionales, en las mañanas, enseñan el arte de deslizarse sobre el hielo, o por lo menos a lograr mantener el equilibrio, a quienes desean intentarlo. Pero no sólo lo que ocurre en la entrada es sinónimo de entretenimiento, pues antes de iniciar la función mucha gente se acerca al foso donde los integrantes de la Orquesta del Teatro de Bellas Artes enceran sus arcos, acomodan boquillas y ejercitan sus dedos. Blancos de las miradas, algunos digitan sobre sus instrumentos y otros dan autógrafos a curiosos niños que preguntan todo acerca de la obra, las partituras y de instrumentos tan extraños como el fagot. 
Desde el momento en que la orquesta da la orden de abrir el telón a los soldados gigantes que resguardan el escenario, somos los invitados de honor a la fiesta navideña que Clara y su familia ofrecen desde 1816, cuando Erns Theodor Amadeus Hoffman escribió El cascanueces y el rey de los ratones. 
El obsequio que la niña recibe es un cascanueces en forma de soldado, del que ella se enamora. Esa noche sueña grandes aventuras a su lado, como un enfrentamiento con el Rey de los Ratones y sus huestes. La correcta y divertida participación de niños estudiantes de ballet clásico dan vida al regimiento de roedores, detalle que suscita el interés de los pequeños espectadores y más de uno se imagina en esa lucha, gracias a los talentosos integrantes de la Compañía Nacional de Danza que no escatiman esfuerzos en cada una de sus ejecuciones. La batalla termina, Clara y su juguete emprenden el viaje al País del Azúcar, donde los copos de nieve abren el desfile de múltiples personajes que ejecutan danzas de España, Arabia, Francia y China; en consecuencia, el público es cautivado por los bailes que en honor de los invitados ofrece el Hada del dulce país… o la Princesa Caramelo, como la bautiza una pequeña al amparo de Cri-Cri. Es evidente que los espectadores tienen una versión propia de cada escena, pues por un lado los pequeños no leen el programa de mano y, del otro, los adultos olvidan referirles la historia conforme transcurren las acciones, por lo que la presencia de un narrador podría ser útil para contribuir a fomentar la comprensión de los diferentes cuadros de la obra. 
Los jóvenes bailarines muestran dominio pleno, por lo que es común que el público les tribute aplausos entusiastas, muchas veces antes de que el pax de deux finalice, como ocurre con la bailarina española Iraxte Beorlegui, quien provoca expresiones de admiración por su elasticidad cuando interpreta la danza china. Un momento divertido y sorprendente ocurre cuando a Mamá Bombonera se le escapan sus seis inquietos bomboncitos, que provocan la risa de los niños, momentos antes de que inicie el famoso “Vals de la flores” y se perciba un tarareo colectivo proveniente de los adultos. El Hada del Azúcar y su caballero concluyen la fiesta y permiten, que a diferencia del clásico final, en el que la protagonista despierta de su sueño, Clara y el joven soldado se despidan a bordo de un globo; final atípico de este ballet, pero nos recuerda que siempre hay tiempo para seguir soñando. 

De la letra impresa a la danza, un abismo 
Si bien es el ballet más interpretado en el mundo durante las fiestas navideñas, la historia en que está basado El Cascanueces dista mucho de la versión original, escrita por Hoffman (1776-1822): El juguetero Drosselmeyer tienen una reunión, entre otros, con sus sobrinos Fritz, María, y Luisa, pero una broma hace enfadar a la señora Mouserink, otra de las invitadas, y con un hechizo convierte al príncipe Pirlipat en enano. El maleficio desaparecerá cuando una nuez Krakatuk sea rota. Fritz y su tío diseñan un cascanueces para revertir el conjuro, pero la hechicera, enfadada, redobla el hechizo que sólo podrá romperse cuando el Rey Ratón de siete cabezas sea exterminado. El Cascanueces se enfrenta al roedor y resulta herido, pero gracias al reposo que le ofrece la muñeca Clara al cederle su lugar en la cama, recupera fuerzas, vence a su rival y finalmente, en compañía de María, parte hacia el Castillo de Mazapán, donde viven felices. 
Alejandro Dumas (1802-1870) modificó la historia y en ella se basaron Marius Petipa (1822-1910) y Lev Ivanov (1834-1901) para concebir la conocida coreografía. Sin embargo, ésta ha sido transformada en infinidad de ocasiones desde aquella la primera representación en el Teatro Mariinsky de Rusia en 1892. En 1934 se interpretó con coreografía de Vassili Vainonen en el Teatro Kirov de Leningrado y una década después el Ballet de San Francisco la escenificó por primera vez en Estados Unidos, con una coreografía de William Christensen. Fue hasta 1954 cuando George Balanchine (1904-1983) propuso un atractivo montaje —donde los niños interpretaron por primera vez los personajes centrales— para el Ballet de Nueva York, con el que inició la tradición de presentarlo a fin de año en aquella ciudad. La de Rudolf Nureyev (1938-1993) en 1968, para el Teatro Real en Estocolmo, y la de Roland Petit en 1976, para el Ballet de Marsella en París, son dos de las más famosas versiones de este clásico. 
Y así como existen monajes inolvidables, bailarines como Mikhail Baryshnikov, Margot Fonteyn (1919-1991), Alicia Alonso y Tamara Rojo han aportado sus peculiares estilos. Asimismo, hay que añadir otras propuestas que han ayudado a difundir masivamente la música y el argumento: en el filme Fantasía (1940) se utilizó una selección de las danzas del ballet, a cargo de hongos, elefantes, avestruces y cocodrilos. En 1981, Elmo, de Plaza Sésamo, dirigió una orquesta de pajaritos que interpretó la “Suite de los copos de nieve”; en 1983, en el “Cuento de Navidad” de Mickey, el Pato Donald se disfrazó del Rey de los Ratones (con todo y orejas de Ratón Miguelito); en 1988 fue lanzada la versión de los Ositos Cariñositos y once años después se estrenó The Nuttiest Nutcracker, la primera animación por computadora de esta obra. Y no puede omitirse a la muñeca Barbie, quien en 2001 protagonizó un especial de televisión con la historia de amor entre Clara y el príncipe Cascanueces. (M.S.S.

Créditos 
Libreto 
Marius Petipa, basado en la versión de Alejandro Duma del cuento de E.T.A. Hoffmann 
Música 
Piotr I. Tchaikovsky 
Coreografía 
Nina Novak, sobre la original de Lev Ivanov 
Arreglo coreográficos 
Laura Echevarría, Carlos López, Jorge Cano 
Escenografía 
Laura Rode 
Diseño de vestuario 
Carlos Demichelis 
Iluminación 
Víctor Flores 
Efectos especiales 
Alejandro Jara y Grupo Profesional de México 

Primeros bailarines 
Sandra Bárcenas 
Irma Morales 
Laura Morelos 
Raúl Fernández 
Jaime Vargas 
Jorge Vega 

Primeros solistas 
Carmen Correa 
Alma Rosa Cota 
Jacqueline López 
Aurora Vázquez 
Jiandy Martínez 
Rafael Santiago 

Solistas 
Iraxte Beorlegui 
Martha De Ita 
Giselle Gómez 
Slauka Ladewig 
Patricia Orozco 
Jose Luis González 
Ryoichi Iketani 
Ares Perezmurphy 
Guillermo Ríos 
Y 72 bailarines más 

Orquesta del Teatro de Bellas Artes 
Director huésped 
Enrique Patrón de Rueda
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