martes, 28 de noviembre de 2006

Itzhak Perlman: El sonido del alivio


28 de noviembre, 2006 / Función única / 8 150 asistentes / 1:35 hrs. de duración / 
Promotor: Kadima A.C. / San Carlos Management, S.A. de C.V. 

Luis Flores 

Cada concierto de Itzhak Perlman es un suceso y más aún si es presentado en uno de los mejores escenarios de nuestro país: el Auditorio Nacional. Al intérprete se le elogia de manera unánime, incluso sin haberlo escuchado: se dice que es el mejor violinista del mundo, que a pesar de sus impedimentos físicos ha alcanzado cotas artísticas inimaginables… Comentarios que sólo rozan la superficie, pues lo que realmente importa es su manera de expresarse con un instrumento tan maleable y difícil como el violín. 
Obras de Ludwig van Beethoven (1770-1827) constituyen el programa de esta noche, cuyos fondos serán destinados a Kadima, asociación civil mexicana dedicada a brindar ayuda a personas con discapacidad. La Filarmónica de la Ciudad de México, dirigida por Christian Knapp, ofrece como preámbulo la Obertura Fidelio, obra cautivadora que muestra el delicado equilibrio entre técnica y sentimiento, y da pie al momento esperado: La interpretación de Itzhak Perlman del Concierto para violín en Re mayor, Opus 61
El ingreso del violinista al escenario es emotivo. El público guarda un silencio profundo como muestra de reconocimiento y respeto. La atmósfera solemne cambia cuando se escucha la primera nota de su instrumento, que por su vigor y pasión arrasa con cualquier adjetivo. 
El único concierto para violín de Beethoven es uno de los mayores retos para cualquier solista. Fue escrito por el compositor alemán a los treinta y seis años, en 1806, durante un periodo muy fértil y —en oposición a la imagen adusta del compositor, tan popular y equívoca que hemos comprado— feliz. El compositor había encontrado el amor en Teresa de Bruswick, y si bien su sordera había avanzado en diez años, todavía no causaba estragos irreversibles. Desde su violín, Perlman se encarga de amplificar las características de ese periodo. 
El primer movimiento, con una duración de casi veinticinco minutos, exige una diversa gama de recursos técnicos y expresivos, además de gran condición física del ejecutante. El violín traduce un abanico de sentimientos que consigue exaltar a un público ávido de belleza, mediante la voz ancestral y al mismo tiempo viva y rotunda de su Stradivarius. Aunque el rostro de Perlman está perlado de sudor y es evidente su concentración, hay una sonrisa que delata el placer de tocar una pieza que en los años setenta le parecía aún inaccesible. En aquel entonces, al ser cuestionado sobre por qué no había grabado o tocado en vivo ese concierto, aseguraba que lo haría “cuando mi técnica ante el violín alcance la madurez, ya que las melodías y ritmos de Beethoven son muy sencillos, pero lo difícil es tocar bien una tonada sencilla”. Fue a finales de los ochenta que se sintió en plenitud para hacerlo suyo y tal relación ahora deslumbra. 
El segundo movimiento es lento, un remanso para tomar un poco de aire. La paz y la serenidad de ese momento de la vida de Beethoven se reflejan en las variaciones que escribió para esta sección, y aunque la felicidad fue transitoria, Perlman roza lo etéreo cuando las cuerdas lo acompañan en la que, sin duda, es una de las melodías más bellas escritas para violín. Y a la mente viene la respuesta de Perlman a la pregunta de si no resulta agotador tocar varias veces al año una obra: “Cuando tocas la misma pieza una y otra vez, la única forma de mantenerla fresca es nunca asumir que la tocas en la manera que es… hay muchas variantes para tocar una frase. No es en blanco y negro: la música tiene sombras grises, azules y verdes. Hallar esos colores es lo que te permite tocar una obra de manera siempre fresca”. 
En el tercer movimiento la alegría se manifiesta como energía pura. Perlman hace gala de una técnica magistral sin sepultar a la emoción y deja en claro que es cierto todo lo dicho sobre su virtuosismo. Hay noches en las que uno se reencuentra con el primer momento en que se descubre la hondura de la música y ésta ha sido una de ellas. La reacción del público es intensa: aplausos efusivos, gritos y silbidos para agradecer una interpretación excepcional. Sin embargo, no hay encore. ¿La causa? Tal vez el desgaste físico que implica este concierto o quizá el cansancio provocado por la altura del Distrito Federal. 
De cualquier modo la magia permanece, el cierre llega con la Filarmónica de la Ciudad de México interpretando la Séptima sinfonía, estrenada en diciembre de 1812 con gran aceptación del público y la crítica, y a la que Richard Wagner llamó “apoteosis de la danza” (aunque paradójicamente nunca se ha montado como ballet). Majestuosa, la obra nació en condiciones adversas. En 1811, cuando Beethoven comenzó a escribirla y su popularidad iba en aumento, la enfermedad en el oído le restaba lo que más apreciaba, convirtiéndolo en un ser huraño y amargo, sensaciones opuestas a las que se perciben en los rostros de quienes salen del Auditorio Nacional con la certeza de haber apreciado cómo Itzhak Perlman, con un arco y un violín, pudo abrir el cielo oscuro y llenar de luz el escenario. 

Es un violín a un artista pegado 
Itzhak Perlman nació en Tel Aviv, en 1945, y desde muy pequeño comenzó a tocar el violín. A los cuatro años fue víctima de la polio y sus piernas quedaron afectadas; desde entonces se vio obligado a usar muletas y bastones. Sin embargo, este hecho capaz de mermar a espíritus más débiles, le sirvió para desarrollar su talento interpretativo, al grado de que a los trece años actuó como niño prodigio en El Show de Ed Sullivan. Desde los dieciocho años su prestigio se tradujo en giras cada vez más extensas, sino que aún distingue hoy a su carrera. 
A los 20 años, Perlman ya gozaba de un cimentado prestigio, pero por fortuna decidió no limitar sus dotes a la música clásica y ha incursionado con éxito en el jazz, al lado de los pianistas André Previn y Oscar Peterson; en el ragtime con arreglos a piezas de Scott Joplin (1967-1917) y en la música klezmer (de tradición judía); además de participar en la musicalización de películas como La lista de Schindler (1993) y recientemente Memorias de una geisha (2005). 
Su versatilidad le ha dado cuatro premios Emmy por programas didácticos televisivos (como Fiddling for the future) para la cadena PBS, y quince premios Grammy por su extenso trabajo discográfico, que comprende desde el periodo barroco hasta el contemporáneo. Ha llegado con su Stradivarius a populares programas de la pantalla chica como Plaza Sésamo y Tonight Show, y a los escenarios más respetados del mundo, acompañado por sobresalientes orquestas. Su labor humanitaria lo ha llevado a la portada de la revista Newsweek (1980) y fue director orquestal del programa especial Three Tenors Encore!, junto a Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y José Carreras. 
Comprometido con la originalidad, Perlman afirma: “Cada persona que toca un instrumento o canta tiene su propia personalidad, su propia manera de hacer las cosas. Es como una huella digital… por eso resulta desalentador escuchar a un músico que suena como cualquier otro. Agradezco la individualidad”. (L.F.
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