miércoles, 15 de noviembre de 2006

Ana Torroja: La vida es río


La fuerza del destino / 15 y 16 de noviembre, 2006 / 18 619 asistentes / 
2 funciones / 2:15 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Julio Alejandro Quijano
Ana Torroja se sienta frente a un lienzo, pinta a Salvador Dalí; es decir, simula que traza su rostro más común: gesto azorado, mirada de asombro y bigotes estilizados. En sincronía con su pincel, en la pantalla gigante aparece digitalizada la misma silueta del genio más cuestionado del surrealismo. Mientras simula que pinta, canta Si te reencarnas en carne / vuelve a reencarnarte en ti / que andamos justos de genios / “Eungenio” Salvador Dalí. 
Al terminar el último verso han pasado cerca de tres minutos, según el reloj, y unos veinticinco años si se permite la licencia surrealista. Después de todo, una de las obras más famosas y referidas de Dalí es “La persistencia de la memoria” (1931), donde relojes derretidos e infestados de hormigas anuncian que el tiempo se escurre en los recuerdos y su duración es relativa. 
Mecano nació hace más de dos décadas y aunque Heráclito afirmó que nadie puede bañarse dos veces en las aguas de un mismo río, hoy la gente se ha aficionado a ir a contracorriente: intentando refrescarse en el mismo río que la bañó en su juventud. Ana Torroja es guía de uno de estos esfuerzos. Casi diez mil marineros, expertos nadadores, acuden a su llamado que desde su nombre es desafío: “La fuerza del destino”. Este es también el título de una canción emblemática para quienes en el Auditorio Nacional completan la frase con emoción: nos hizo repetir. Ante el canto de la sirena, los viajeros guían su destino hacia el mito, mujer con cuerpo torneado, cara de niña frágil y sensuales coreografías. Mientras navegan, adquieren los bríos de antaño. Cuando llegan a “El 7 de septiembre” se detienen para aplaudir de pie: saben que ahí han encontrado la corriente de hace veinticinco años. 
Las piernas de Ana Torroja alimentan esta idea: son las mismas, poderosas y bien formadas que provocaron fantasías adolescentes en los ochenta. Su voz, las canciones, sus extremidades. Todo es igual, excepto los escuchas: no usan playeras sino camisas con mancuernillas y corbata, nadie lleva calentadores sobre mallas de color pastel sino traje sastre combinado con zapatos lustrosos. Tampoco se ve a mujeres al borde de un ataque de nervios ni jóvenes sudorosos que agiten su cabellera mientras sostienen una guitarra de aire. En el escenario tampoco están Nacho y José María Cano con los brazos en alto dirigiendo a la multitud. Pero nadie lo nota porque ¿hay algo más poderoso que el influjo de una sirena? 
En la embarcación, convertida en máquina del tiempo, el verso más coreado es Entre el cielo y el suelo hay algo / con tendencia a quedarse calvo de tanto recordar. Cada estrofa es un salto hacia el pasado, manejado con precisión por la sirena. De pronto, un viraje brusco: Torroja y Aleks Syntek interpretan “Duele el amor”, de la etapa solista de ella. Se abandonan los años ochenta para llegar al segundo lustro de la nueva centuria. En el encore, la distorsión del pasado causa un choque de espacio y tiempo: “Hijo de la luna” acompañada con mariachi. El tecno-pop de la movida española fusionado con la tradición vernácula del Bajío nacida en el siglo diecinueve. 
Han pasado dos horas y cinco minutos según los cronómetros más exactos. El público sabe, sin embargo, que para medir esta experiencia hacen falta los relojes derretidos de Salvador Dalí: sólo con ellos se puede entender que dos décadas de vida hayan transcurrido en un par de horas de música; que al corear “Hoy no me puedo levantar” seguida de “Yo soy uno de esos amantes”, se hubiera visto a sí mismo en el río de la vida conquistando a su primera novia o novio en una fiesta tan alocada, que al día siguiente quedó en la cama. 
Tal vez la década de los ochenta no fue tan intensa ni creativa, quizá el talento de Mecano se amplifica en el espejo de la nostalgia y posiblemente hoy la voz de Ana se pierde sin alcanzar los altos registros que la hicieron famosa. No importa. Los navegantes que viajan a contracorriente podrían responder con una frase de Dalí: “La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos es la misma que para las joyas, son siempre las falsas las que lucen más reales, más brillantes”. Como si el encuentro hubiera sucedido en una pintura surrealista, sirena y marineros han revivido su pasado tal y como lo recuerdan: real y brillante. 

“Yo vi a Mecano” 
Los hermanos Cárdenas son fanáticos confesos que cuentan aquí su experiencia en dos presentaciones del grupo en los ochentas y también del regreso de Ana Torroja a México, ya sin los hermanos Cano. 
1984. Hicimos fila desde el día anterior para conseguir los boletos. Fue en el Ferrocarrilero… no, falso; fue en el Teatro de la Ciudad, lo recuerdo perfecto porque mi lugar fue un balcón en el lado izquierdo. Fuimos la envidia de todos en la secundaria. Mi hermana estaba enamorada de Nacho Cano, y yo de Ana Torroja. El día del concierto nos pusimos nuestras playeras de moda, que eran una especie de chalecos cruzados y guangos, pantalones con bolsas en las rodillas, y lo más preciado de todo, un cinturón de tela, tejido, y con un remate de aluminio. Mi hermana y yo teníamos la ilusión de hablar cada quien con su amor platónico, pero obviamente quedamos muy lejos. Cuatro años después, Mecano regresó a México con la gira Descanso dominical, patrocinada por una marca de refrescos. Fue en noviembre. No alcanzamos boletos para sus conciertos en la Universidad del Valle de México, pero fuimos hasta el Rodeo de Texcoco, donde los anunciaban como “Los reyes del rock en español”. Sabíamos que para nada eran rockeros; su mayor virtud era el eclecticismo en el ritmo y la innovación en el uso de sintetizadores. Fue el tiempo de “Eungenio” Salvador Dalí y “Aidalai”. Nacho estaba acercándose al budismo. Ya entonces se rumoraba el fin del grupo, pero él mismo acalló los dimes y diretes: “Cuando menos de aquí a que hagamos esta gira, creo que no nos separaremos”. Tengo el recorte de periódico porque me pareció profético, y efectivamente, esa fue la última vez que estuvieron en México. Al año siguiente se separaron. 
2006. Por medio de internet compramos los mejores boletos para uno de los conciertos de Ana Torroja en el Auditorio Nacional. Cada quien llevó a sus hijos, a quienes durante años les enseñamos las canciones de Mecano. A nuestro alrededor casi nadie se levantó para bailar, parecía que sólo mi hermana y yo vivimos el mismo éxtasis de 1984. Nuestros hijos nos veían raro. “¡Siéntense!”, gritaban los vecinos. Por supuesto, ya no deliramos con amar a Nacho y Ana. Yo soy editor en una revista interna de una empresa y mi hermana es profesora de inglés. ¿Dónde están nuestras playeras cruzadas, pantalones con bolsas en las rodillas y cinturón tejido con remate de aluminio? No lo sé. En el ropero, supongo. (J.A.Q.

Programa 
Hoy no me puedo levantar / Yo soy uno de esos amantes / Cruz de navajas / Aire / Aidalai / Ay, qué pesado / No me canso / Hoja en blanco / La fuerza del destino / Hijo de la luna / El 7 de septiembre / No es serio este cementerio / Busco algo / barato / Mujer contra mujer / “Eungenio” Salvador Dalí / Una rosa es una rosa / En tu fiesta me colé / Un año más / Entre el cielo y el suelo / Duele el amor / Maquillaje / El fallo positivo.
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