jueves, 19 de octubre de 2006

Ute Lemper



Noches íntimas de kabarett / 19 al 21 de octubre, 2006 / 1 362 asistentes / 


Tres funciones / 2 hrs. de duración / Promotor: White Gates, S.A. de C.V. 

Julio Alejandro Quijano
Es necesario caminar cien metros en una calle de escaso tránsito para encontrar el kabarett. Ahí, una escalera que dibuja medio caracol conduce hasta el foro. El recibimiento se da en penumbras. Las paredes son rojas y el techo negro. Diez de la noche. La diva aparece puntual y comienza a desnudar su inconformidad con elegancia… canta acerca del mal gobierno, la corrupción y la manipulación de conciencias. En la mesa treinta y ocho, la parroquiana del asiento B se sirve en ese momento su primer vaso de vodka con jugo de naranja. El discurso político la enciende aun antes de que tome siquiera un trago: “El periodista en la mesa de enfrente debería apenarse. Él manipula conciencias a través de los medios de comunicación”, asegura entre dientes. Por la oscuridad es imposible distinguir al destinatario de su diatriba pero ella toma el primer trago y busca con rabia una pluma para escribirle una nota. No la encuentra. Sus acompañantes, uno profesor de alemán y otro historiador, la miran divertidos: “¿De verdad lo harás?” Ambos beben de la botella sin mezclar su contenido con jugo. 
“Black market” distrae a la parroquiana de su búsqueda. La diva de largas extremidades y voz envolvente avanza sobre el pasillo que se extiende hasta la mitad del Lunario. Quiere a alguien para entregarle sus besos, sus manos, sus piernas (lo que sea necesario) a cambio de algo valioso: una agenda electrónica, un celular, una billetera. Para asombro de muchos, un posible cliente rechaza sus besos ya que el trueque le parece injusto: a cambio debe entregar su religión. Ella intenta convencerlo: “¿Quién necesita un Dios? Nadie ¿Alguien aquí ha ganado unas elecciones con ayuda divina?” El cliente acepta con resignación la réplica y recibe un beso. Pero a la pitonisa no le bastan las agendas electrónicas ni las religiones: quiere sangre. Entona “I’m a vamp” mientras sonríe con la perfidia de las mujeres bellas que todo lo consiguen. Ubica a su víctima en la mesa diecisiete, asiento C. La escoge bien: mujer joven y sana. Primero se deshace del más evidente obstáculo: “¿El señor de al lado es tu marido? No te importa, ¿cierto?”, —le dice a él. “Te la devuelvo en un momento”. Se sienta en las piernas de su víctima e inclina la cabeza sobre el cuello para saciar su necesidad. Por encima del hombro descubre que su manjar se puede multiplicar: “¡Dios mío! Son dos iguales, ¡gemelas! Esto es fantástico para mí”. La hermana también tiene un marido que igual cede: “No se preocupen, luego ellas les contarán lo que hicimos”. 
Es momento de hacer historia: La diva le recuerda al público que este kabarett es alemán y que se ubica en 1928. Es la República de Weimar y pide que nadie olvide que todavía se sienten las secuelas de la Primera Guerra Mundial además del naciente régimen nazi. Y luego, de un golpe 1928 se convierte en 2006. Basta que la diva cambie Guerra Mundial por guerra en Irak, Berlín por Texas, propaganda por democracia electoral. En lugar de Hitler, dice Bush y el resto se amolda a la realidad: “Miente, miente, miente”. 
Las alusiones políticas surten efecto en la mesa treinta y ocho: la parroquiana del asiento B recuerda su intención de escribir un mensaje para el periodista sentado a la mesa de enfrente. Consigue una pluma y utiliza su posavasos para descargar su ira ideológica. El historiador y el profesor de alemán que la acompañan chocan sus vasos divertidos: la botella casi se termina. La parroquiana avanza con paso de vodka hacia el periodista. Le entrega el recado y luego regresa orgullosa a su asiento para disfrutar el último número, en el que la diva alardea con su voz y su cuerpo al imitar cada unos de los instrumentos que la acompañan. Las luces se encienden y ya no es posible el anonimato. Este kabarett devela su nombre real: El Lunario. Las gemelas, Paulina y Marinali, caminan del brazo de sus maridos por la calle de escaso tránsito: Campo Marte. La diva es Ute Lemper. Lo único que permanece en secreto es el nombre del “manipulador de conciencias”. En su mesa nada más yace, destrozado, el mensaje escrito en el posavasos.
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