domingo, 1 de octubre de 2006

Carmina Burana: Significados de un clásico


Ópera monumental / 1 al 4 de octubre, 2006 / 23 670 asistentes / 4 funciones / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Thelma Gómez Durán 
El diccionario lo dice: “Monumental: relativo a un objeto de utilidad para la historia”. Tal adjetivo es adecuado para la composición que el alemán Carl Orff presentó al mundo en 1937. A casi siete décadas de su nacimiento, Carmina Burana puede alardear de estar en la categoría de los clásicos y ser pieza representativa del siglo XX. Además, se ha erigido como una alabanza a la época medieval; un homenaje a los goliardos, monjes errantes de los siglos XII y XIII empeñados en recorrer los caminos de Europa defendiendo la libertad, el amor, la sensualidad, pero sobre todo, el canto. 
Los goliardos escribieron cientos de poemas donde plasmaron su filosofía. Las palabras enlazadas en versos que recogían el espíritu de una época permanecieron escondidos durante años en el monasterio benedictino de Beuren, en Munich, Alemania. Haciendo caso a su instinto de arqueólogo musical, Carl Orff desempolvó veinticuatro cantos de los clérigos-vagabundos para armar la columna vertebral de su composición; creación que le permitió ocupar un lugar en el Olimpo musical al confeccionar una partitura respetada por conocedores y admirada por neófitos. 
Aprovechando esta virtud, Art Concerts produjo una Carmina Burana que en su título lleva la advertencia: “Ópera Monumental”. En esta puesta en escena que se estrenó en 1995,* “monumental” se utiliza como sinónimo de “enorme”. Cierto. Es una producción de dimensiones colosales dirigida a quienes ponderan la calidad de un espectáculo basándose en los números. En su andar por los cinco continentes, esta versión ha sido vista por más de 700 mil espectadores; en su representación participan 170 personas, entre bailarines, actores, músicos y cantantes; son utilizados 300 disfraces y se requieren dos días para montar la escenografía. Estas cifras son argumento suficiente para que un público heterogéneo, tanto en edades como en gustos sonoros, ocupe buena parte de las butacas del Auditorio Nacional y sea testigo de la representación de una cantata transformada en ópera, cuya dirección musical y artística está a cargo de Walter Haupt, alumno y amigo de Carl Orff. 
Antes de ingresar al mundo de los goliardos, Walter Haupt, la Sinfónica de las Américas y el National Academia Choir Dumka dan la bienvenida con una selección titulada “Viva Verdi”. La obertura de Nabucco, el “Coro de gitanos” de Il Trovatore y la “Marcha triunfal” de Aída son interpretadas con respeto. De la misma forma son recibidas por la audiencia que se olvida de ellas, cuando después de treinta minutos de intermedio escucha el sonido seco de un tambor y observa cómo miembros del coro y actores salen de las puertas laterales para comenzar una procesión cuyo destino es el escenario. 
El multitudinario coro se coloca a los costados de la torre de metal y madera de quince metros, corazón de la escenografía. La máquina de la imaginación se activa con los versos goliardos que se oyen y leen bien gracias a los subtítulos acertadamente incluidos en la producción. Palabras, música, baile y actuación muestran el gozo que brindan el vino y el erotismo; también está representada la eterna lucha entre opuestos: bien y mal, religión y paganismo. Creación que hace honor al maniqueísmo. 
Los extremos predominan. Frente a una excelente interpretación coral y musical hay una coreografía simple desarrollada con displicencia por el Ballet Ustí nad Labem. El logrado vestuario de actores y coro contrasta con el atuendo de gala de los solistas rusos y checoslovacos, Ramona Eremia, Nikolaj Visnakov y Nikolaj Nekrasov. La belleza lírica de los textos medievales es opacada con escenas que remiten a ciertos pasajes de óperas bufas, en particular cuando un actor disfrazado de pato es perseguido por un cocinero con un sombrero largo y blanco de chef moderno, muy alejado del oscuro ambiente medieval. 
“¡Oh, Fortuna, tan voluble como la luna, siempre creciente o menguante!”, canta al final el portentoso grupo coral —y la frase se repite en el solicitado encore— como si describiera a la misma puesta en escena que concluye de manera faustosa: con lluvia de papelitos brillantes, fuego y pirotecnia, mucha pirotecnia. Un final propio para una producción que se jacta de monumental. El efecto visual, unido al imponente y popular coro de Carmina Burana, ¡Fortuna imperatrix mundi!, logra su cometido: impactar al público y asegurar la continuidad de un concepto de entretenimiento del siglo XX: los espectáculos masivos. 

* Carmina Burana, Monumental Ópera se presentó por primera vez en México en 2004. 

La trilogía de Orff 
Carl Orff (1895-1982) diversificó su trabajo musical en tres vertientes: la pedagogía, el estudio de la música antigua y la composición de obras para teatro. En esta última disciplina concentró buena parte de su ingenio y su tiempo, sobre todo después de 1937, cuando estrenó su famosa cantata Carmina Burana. Ese mismo año comenzó la partitura de La luna y entre 1941-1942 compuso Die kluege; en ambas los libretos tomaron como base varios cuentos de hadas. La producción de obras teatro-musicales continúo en 1948 con Antígona, creación basada en la traducción alemana que el poeta Hölderlin realizó a la obra de Sófocles. 
El creador alemán pensó en Carmina Burana como la primera creación de su “trilogía escénica y musical”, llamada Trionfi. El tríptico se completa con los “juegos escénicos” Catulli Carmina (1943) y el “concierto escénico” El triunfo de Afrodita (1950). De las tres, la “cantata escénica” fue la que trascendió. En su libro De música y músicos (UNAM, 1983), el director de orquesta Jorge Velazco menciona una de las claves del éxito: “el más llamativo elemento de la obra es el ritmo implacable, casi feroz, que subraya el instinto básico y elemental de los textos”. 
Orff siempre deseó que su obra tuviera una escenificación en la que bailarines representaran la acción que relata el texto. La producción realizada por Art Concerts en el Auditorio Nacional saldó esa deuda, ahora sólo falta escuchar la trilogía completa. (T.G.D.

Créditos 
Intérpretes 
Orquesta Sinfónica de las Américas 
Director huésped: Walter Haupt 
Soprano: Ramona Eremia 
Tenor: Nikolaj Visnakov 
Barítono: Nikolaj Nekrasov 
National Academia Choir Dumka 
Ballet Ustí nad Labem 

Programa 
Parte I: Viva Verdi 
Nabucco 
Obertura 
“Va, pensiero...” 
(Coro de prisioneros) 
Il Trovatore 
“Le fosche notturne...” 
(Coro de gitanos) 
La forza del destino 
Obertura 
Aída 
“Gloria all Egitto...” 
(marcha triunfal) 

Intermedio 

Parte II: Carmina Burana de Carl Orff (1895-1982) 
Fortuna Imperatrix Mundi 
1. O Fortuna 
2. Fortune plango vulnera 
I. Primo Vere 
3. Veris leta facies 
4. Omnia sol temperat 
5. Ecce gratum 
Uf dem Anger 
6. Tanz 
7. Floret silva 
8. Chramer, gip die varwe mir 
9. Reie 
Swaz hie gat umbe 
Chume, chum geselle min 
Swaz hie gat umbe 
10. Were diu werlt alle min 
II. In taberna 
11. Estuans interius 
12. Olim lacus colueram 
13. Ego sum abbas 
14. In taberna quando sumus 
III. Cour d’Amours 
15. Amor volat undique 
16. Dies, nox et omnia 
17. Stetit puella 
18. Circa mea pectora 
19. Si puer cum puellula 
20. Veni, Veni, venias 
21. In trutina 
22. Tempos est iocundum 
23. Dulcissime! 
Blanziflor et Helena 
24. Ave formosissima 
Fortuna imperatrux Mundi 
25. O Fortuna
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