martes, 26 de septiembre de 2006

Aída: Anhelo wagneriano Op. 300°


Ópera Monumental en fuego / 26 y 27 de septiembre, 2006 / 14 426 asistentes /


 3 funciones / 3:19 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Gustavo Emilio Rosales 
Un escenario de intensidades exacerbadas que aumenten el poder expresivo, de por sí amplio, de la ópera con la que usualmente se identifica el legado musical del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901). Tal es el objetivo del productor alemán Franz Abraham con Aída en fuego, puesta en escena que promete “calentar” el ánimo de los espectadores que han ocupado cerca de la mitad del Auditorio Nacional, para contemplar esta inusual versión de una historia amorosa, ubicada en el Egipto de los faraones. 
El fuego, en alta dosis, es el más enfático acento en la escena. La obra está diseñada por Pier’ Alli, quien ha realizado contribuciones de peso en el área de la escenotecnia para La Scala de Milán y es dirigida en su aspecto teatral por el neoyorquino Joseph Rochlitz. Una construcción que representa la vista en perspectiva de una enorme pirámide y una serie de proyecciones en video con imágenes que aluden a personajes míticos, jeroglíficos y paisajes desérticos, completan el perfil multidisciplinario. 
Desde antes del comienzo de la función, a sabiendas de que habrá de vérselas con lo que —no sin cierta voluntad de pleonasmo— se ha dado en llamar ópera monumental, el espectador gravita en la obsesión del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883), para quien el campo operístico era la tierra prometida del espectáculo total; es decir, la suma preponderante de los lenguajes artísticos que impulsan el gozo y la reflexión. Se esperan pues, de Aída en fuego, excitaciones intelectuales y sensuales. La mirada que descubre en varios sentidos, un faraónico aparato escenográfico, intuye que dicha expectativa se verificará dentro de una arena de contrastes impregnados de tradición y actualidad. 
El Egipto de esta versión de Aída vive en claroscuros. Hay momentos en que la iluminación parece provenir únicamente de las proyecciones, que en un tono fantástico, cercano a la imaginería de ciertos videojuegos, ofrecen visiones impactantes: antiquísimos dioses con cabeza de animal o paisajes de ensueño. No se trata de una falla, sino del diseño intencional de Andreas Kisters, quien se inspiró en algunos conciertos de rock de alto dramatismo, como los de Pink Floyd. En esta atmósfera, cuando la trama alcanza crestas de pasión, irrumpen sendas llamaradas que brotan de una tubería de gas instalada cerca del proscenio. Son diversos flamazos —dependiendo de la acción dramática— los que avivan momentáneamente la temperatura del lugar a muchas butacas de distancia. 
En este panorama, destaca la presencia de la Orquesta de las Américas, dirigida con tino por Walter Haupt, como un conjunto no sólo de instrumentistas en frac, sino que participa con la iluminación, la irrupción de llamaradas e instrumentos musicales que al brillar más de lo usual, extienden los tonos dorados que imperan en el vasto catálogo del vestuario de esta ópera, en la que intervienen además, decenas de personajes, entre soldados, cortesanos, sacerdotes y reyes. 
La soprano regiomontana Eugenia Garza encabeza el elenco. Pese a que el diseño de los trajes no favorece la estilización de la figura, su cuerpo luce ágil, vigoroso, lo que aunado a su considerable rango vocal —con el que asume el carácter de soprano dramática— permiten admirar a una Aída dueña de su convicción amatoria. La dirección aprovecha estas cualidades haciéndola pivote del conjunto de rutas generales de la escena, y de esta forma, animar el talante pesado de su galán, el héroe militar llamado Radamés, que interpreta el tenor ruso Oleg Videman. 
Tres horas de efectos especiales, entre llamaradas, efigies que repasan la iconografía del Libro de los muertos y coreografías propias de music hall, interpretadas con lujo de rigidez por un inesperado ensamble de danza checo, parecen no ser suficientes para opacar el espectáculo flamígero de un triángulo amoroso. De hecho, tanta pirotecnia dibuja por oposición la sencillez del éxito centenario de esta obra: el transmitir con contundencia que el amor de pareja no es, ni por asomo, circunstancia de dos. 

Entre zoología y piromanía 
El director de orquesta Walter Haupt declaró que Aída en fuego renunciaría a las extravagancias zoológicas de montajes anteriores, que suelen incluir la presencia en escena de caballos o elefantes. En contraste, agregó, esta será una puesta “muy sobria”, refiriéndose de tal modo a una producción que requiere de siete tráileres para ser transportada, que implica cientos de piezas de vestuario, que genera alrededor de cien llamaradas de gran combustión, que presenta un elemento escenográfico —la pirámide— con un peso que supera las cuatro toneladas y cuyo equipo general, que incluye más de trescientos artistas, pasa lista a veinticinco naciones. 
Este último punto puede dar una idea de Aída en fuego como pieza ejemplar del espectáculo internacional, dentro del marco de la globalización. Notamos, desde este enfoque, que su productor, como Haupt, es alemán, pero eligió a Monterrey como el lugar de estreno del montaje; que su director es estadounidense y los diseñadores de escena —Alli y Sergio Metalli, encargado de las proyecciones— son italianos, al igual que la coreógrafa Simona Chiesa; que el papel principal se administrará en las voces de sopranos de México, Rusia, Bulgaria y la República de Uzbekistán; que en ella participa el Coro Nacional de Ucrania y el Ballet del Teatro Ustí nad Labem, de la República Checa; y que será vista en veinte países. Eso sí, las ganancias que de ella se esperan obtener se calculan en euros: veinticinco millones de ellos. 
Cabe señalar que pese a su colosal producción, Aída en fuego ofrece al cien por ciento la música original. Se trata de una partitura que parece haber nacido bajo el sello de la grandilocuencia. Fue compuesta para la inauguración del Canal de Suez, pero terminó estrenándose, en 1871, en la apertura del Teatro de la Ópera de El Cairo. Verdi cobró por ella la entonces exorbitante cantidad de ciento cincuenta mil francos franceses, pero no asistió a dicha gala porque, según dijo: “temo terminar momificado”. (G.E.R.

Créditos 
Concepto escénico 
Pier’Alli 

Dirección 
Joseph Rochlitz 

Coreografía 
Simona Chiesa 

Iluminación 
Andreas Kisters 

Sonido 
Gerd Drücker 

Dirección musical 
Walter Haupt 

Orquesta de las Américas 
Nacional Academia Choir DUMKA 
Ballet-Ensemble Theater Ustí nad Labem 

Reparto 
Ilia Popov Faraón 
Irina Bossini Amneris, hija del faraón 
Eugenia Garza / Ludmila Magomedova Aída, esclava etíope 
Oleg Videman / Nikolai Visnakov Radamés, capitán de la guardia 
Krassimir Derilov Ramfis, el gran sacerdote 
Nikolaj Nekrasov Amonasro, Rey de Etiopía, padre de Aída 
Nikolai Viskanov Mensajero 
Ramona Eremia Sacerdotisa

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