viernes, 25 de agosto de 2006

Ravi Coltrane Quartet



25 de agosto, 2006 / 537 asistentes / Función única / 


1:30 hrs. de duración / Promotor: Live Jazz Mx, S.A. DE C.V. 

David Cortés
Ser hijo de una leyenda puede constituir un fardo, pero Ravi Coltrane —segundo vástago de John (1926-1967) y Alice Coltrane— ha superado tal sino para construirse una identidad. Tenía veintiún años cuando ingresó al California Institute of the Arts y optó por los saxofones tenor y soprano. En 1991 lo apadrinó el baterista Elvin Jones y un año después comenzó a pagar derecho de piso. Hoy, con dominio sobre sus instrumentos, entre su palmarés cuenta con colaboraciones de Jack DeJohnette, Rashied Ali, Joe Lovano, Graham Haynes y Steve Coleman. 
Acompañado por Luis Perdomo en piano, Drew Gress al bajo, y EJ Strickland en batería, su grupo desde 2003, y la sorpresa es mayúscula: el parecido físico con su progenitor es admirable. Afortunadamente son más numerosas las diferencias musicales. Sobrio en sus movimientos, parco en el hablar —apenas unas palabras de agradecimiento—, marca el tono con una composición lánguida, tranquila, donde descuella la amabilidad de su sonido. A su vera, la tercia respalda con solvencia, sin exabruptos. 
El saxofonista recorre su discografía —Moving Pictures (1997), Round Box (2000), Mad 6 (2003), In Flux (2005)— ante la contemplación de un público variopinto, y al improvisar evidencia su conexión con la espiritualidad de la India; flashazo que inevitablemente remite al otro Coltrane. ¿Será justo pedirle al hijo abstenerse de la influencia de un clásico, al que además utiliza como catapulta para vigorizar sus composiciones? 
Con el avance del concierto, la calidez se incrementa al transitar el cuarteto del acento melifluo inicial al hard-bop. Coltrane conoce la importancia del trabajo grupal y con frecuencia abandona el escenario o se sitúa a un lado para privilegiar el desempeño de Perdomo, quien brilla en sus recorridos por el teclado. Gress y Strickland, más discretos pero no menos eficientes, aprovechan su oportunidad para darle corporeidad a la música como una imaginaria mujer que transita con delicadeza por el escenario. 
A un costado del piano, el sax tenor aguarda su turno. Cuando éste finalmente refleja la luz del escenario —desafortunadamente sólo para una composición—, habla con furia y la agitación es invocada. El conjunto muestra capacidad para navegar por los rápidos de un tema con reminiscencias de free jazz en el que cada uno borda un solo, llevándose las palmas el baterista al no mostrar limitantes y manifestarse inspirado y salvaje. 
Una balada refrena ímpetus y demonios. Los cuatro llegan al encore en plenitud, la interrelación fluye mientras blancas, negras y corcheas se suceden. La calma es aparente, debajo de ella se advierte una fuerza subyugante, el grito de una voz que liberada de la obligación de agradar y deseosa de hacerse escuchar, ha aflorado y recibe como reconocimiento aplausos, exclamaciones y lágrimas furtivas. Buscábamos un heredero y hallamos un músico cuyo temple, humildad y argumentos nos conquistó. 
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