jueves, 10 de agosto de 2006

Coheed and Cambria


10 de agosto, 2006 / 1 200 asistentes / Función única / 
1:15 hrs. de duración / Promotor: Carlos McPhail 

David Cortés 

Una voz metálica, sampleada, cual si proviniera del espacio exterior, sirve de introducción y cientos de manos adolescentes se elevan con el índice y el meñique extendidos para recibir a las huestes de Claudio Sánchez que, retroalimentadas por esa energía, meten de inmediato el acelerador. 
El cuarteto estadounidense —Sánchez, voz y guitarra; Travis Stever, guitarra; Matt Williams, bajo; y MP, batería; más el invitado Dave Parker en teclados— embiste los temas de Good Apollo I’m burning star IV, vol. 1: From fear trough the eyes of madness (2005), su tercera producción, y esa mezcla de emo, progresivo y metal recibe el alarido de una tribu variopinta que apenas alcanza la mayoría de edad y se emociona febrilmente con el estruendo de esa fusión sonora y las imágenes abstractas proyectadas en las pantallas laterales. 
Dos características han convertido a C&C en grupo de moda en la escena independiente: sus letras —una compleja historia de ciencia ficción asentada en tres discos, dos cómics y una novela ilustrada—, y un sonido con influencias neoprogresivas e inspiración metalera, conjunción explotada anteriormente por Rush, a quien la banda tiene como tótem. Mas la semejanza no incomoda al público porque por motivos cronológicos desconoce a los canadienses y ha crecido bajo la tutela de Underoath, Rise Against y agrupaciones afines. 
Sin embrago, esta noche el balance se rompe. Los matices y la yuxtaposición de pasajes pesados y agresivos con otros acústicos y suaves, plasmados en álbumes y tan atractivos al oído, son diluidos por el énfasis en el heavy metal y la ausencia de instrumentos acústicos; los teclados, decisivos en las atmósferas y el colorido sinfónico, apenas destellan o son sepultados por las guitarras eléctricas. Lo que en otro momento sería una catástrofe, se convierte en un recurso que acentúa la euforia. 
Las doce cuerdas despliegan vertiginosos solos, y con la frondosa cabellera de Sánchez, que se agita con la misma furia que un huracán azota a una palmera, incitan al head banging y a un tímido stage diving por parte de tres feligreses. La intensidad es apabullante y no mengua, salvo cuando hacen un par de pausas para saludar y agradecer en spanglish. Por instantes, la masa sonora es un monolito que convoca a Lucifer y es semejante a las densidades que distinguen a Metallica o Sepultura, pero el conjuro es roto ocasionalmente cuando la voz de Sánchez se acoge al pop que momentáneamente dispersa el hedor a azufre. 
El encore adquiere tintes épicos cuando el cuarteto tiende un puente en donde el progresivo y el jazz se entrelazan de manera improvisada, sin solos excesivos y sí con libertad, mostrando virtuosismo, técnica, gusto por el riesgo y posibilidades de romper limitaciones auto-impuestas. No hay más. La música se apaga, las luces se encienden, pero los allí reunidos saben que no es el fin. Es el cierre de un capítulo que rubrican con la palabra Continuará… 

Programa 
Always and never / Welcome home / Once upon your dead body / Crossing the frame / Ten speed.
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