martes, 30 de mayo de 2006

Festival de Jazz de la Ciudad de México: Breve informe de la suavidad


Lhasa de Sela, David Sanborn, Al Jarreau / 30 de mayo, 2006 /
Función única / 3:45 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Jesús Quintero 
La explosión del jazz suave, melifluo y edulcorado ha sido apenas consignada en los libros de historia del jazz y ningún afamado crítico ha escrito una apología sobre Kenny G, Spyro Gyra o George Benson. ¿De dónde viene ese desdén? Probablemente de la actitud de estos músicos, quienes, dueños de una notable técnica, optaron por los billetes y el prestigio a la experimentación y el riesgo. 
A principios de los setenta, el rock —con sus festivales, altos decibeles, avalanchas promocionales, actitudes teatrales, letras reflexivas y estadios llenos— literalmente había borrado del mapa a quienes se dedicaban a tocar jazz en clubes y vender, si bien les iba, diez mil álbumes. Pero el aliento llegó cuando algunos representantes de este género decidieron amplificar sus instrumentos y subir el volumen. Aparecieron entonces dos vertientes: la primera, el jazz de fusión, que en manos de John McLaughlin, Miles Davis y Chick Corea, entre otros, mantuvo un afán exploratorio, y por otro lado el jazz-rock, que empezó no tanto a competir con el rock, sino a integrarse a su espíritu, particularmente en la intención de ser bailable y de aspirar a más ventas (en 1970, el jazz recibía el tres por ciento del pastel en el mercado estadounidense; una década más tarde ya era el nueve). 
Cuando, Feel so good (1977) de Chuck Mangione vendió dos millones doscientas mil copias, resultó evidente que el mercado deseaba sonidos optimistas, idóneos para la carretera o la cena. Con su flugelhorn, el neoyorquino marcó la pauta: miles de colegas apostaron por la suavidad y las casas discográficas de jazz abrieron sus puertas a proyectos que iban a hallar espacio en la radio de Frecuencia Modulada y a garantizar la supervivencia de las compañías (un ejemplo: por su álbum The look of love [2001], la pianista y cantante Diana Krall obtuvo un Disco de Platino por más de un millón de ventas y éste fue el primero que dio —en su larga historia— el sello Verve, hogar de Charlie Parker, Lester Young y Billie Holiday). 
En nuestro país, el jazz suave tiene más adictos que objetores. Por razones de mercado y de educación sentimental, los reducidos espacios radiofónicos y las discotiendas han promovido la tendencia más dócil del género, de manera que la segunda edición del Festival de Jazz de la Ciudad de México no podía desdeñar a los ávidos de confort y ofrecer en la última jornada una sesión apta para parejas que han afrontado la lluvia y necesitan calor melódico. 
Ajena al jazz, Lhasa de Sela es una cantante que ha utilizado con pericia su biografía y su acto escénico —donde caben la estética de café concert, la rima que se adhiere como chicle y una aparente timidez— para seducir a muchos. Apoyada por violonchelo, piano y con una voz aún en ciernes, Lhasa ofrece un repertorio en el que las estrofas, repetidas hasta tres veces a velocidad lenta, cumplen función de mantra y deja hipnotizados —como en los actos de ilusionismo— a quienes están dispuestos. 
David Sanborn es ejemplo viviente del saxofonista dotado y que en los sesenta alternó con iconoclastas como Roscoe Mitchell y Lester Bowie (poco antes de que el par formara The Art Ensemble of Chicago), pero optó por entrar a la mina del jazz-rock, uniéndose primero a The Butterfield Blues Band y luego al grupo de Stevie Wonder. Su álbum debut, Taking off (1975), resultó un manifiesto al que ha sido fiel durante más de treinta años; es decir, se trata de jazz enriquecido con funk, prominentes percusiones y timbres románticos que convierten el sonido en voz familiar y ad hoc para los devaneos amorosos. Escénicamente, Sanborn y su grupo no son magnos entertainers y dejan a su talento e instrumentos la responsabilidad de elevar la temperatura con solos suaves y redondos como bombones. 
Si bien sus álbumes están en la sección de jazz, Al Jarreau podría aparecer de igual manera en pop y rhythm and blues, pues en poco más de cuarenta años de carrera ha transitado por estos géneros con soltura, conviviendo lo mismo con tirios y troyanos (Chick Corea y George Benson), manteniendo una adhesión cada vez más enfática a la balada romántica y alejándose de los juegos vocales, que en vivo, lo distinguieron en la primera mitad de los ochenta. 
Sin ganas de revisar su antiguo repertorio —de “Spain (I can recall)” apenas pronuncia un par de líneas—, el cantante de sesenta y seis años prefiere promover el material más reciente, All I got (2002) y Accentuate the positive (2004), con el apoyo de un grupo que le permite desplegar sus virtudes vocales. Sin embargo, los recursos bufonescos que son su sello —cifrados en amplia variedad de gestos— no hallan resonancia entre los asistentes, desacostumbrados a ver a un cantante de jazz (mujeres son legión, pero los varones escasean en estos lares) que ondea con orgullo una felicidad exultante. 
No obstante, Jarreau y su garganta se imponen, consiguiendo que el Festival de Jazz de la Ciudad de México concluya sus jornadas con un sabor dulce, idóneo para afrontar la fría y húmeda noche. 

Jazz en expansión 
En su segunda edición, el Festival de Jazz de la Ciudad de México amplió sus alcances. 
El festín comenzó desde los primeros días de septiembre, cuando en el Centro Comercial y Cultural Plaza Inbursa-Cuicuilco se inauguró la muestra Arte y Fotografía del Festival de Jazz de la Ciudad de México, con la obra de Fernando Aceves. 
La música empezó el 24 de mayo en el Teatro Metropólitan con el pianista y cantante británico Jamie Cullum. Al día siguiente la acción se trasladó al Zinco Jazz Club, en cuyo escenario estuvo la cantante mexicana Magos Herrera. 
El Teatro Metropólitan se llenó de blues el viernes 26 con el grupo mexicano Real de Catorce, quien abrió la jornada para el veterano guitarrista Buddy Guy. 
El 27 de mayo se celebró el Sábado en el Parque (México), con Los Músicos de José, Los Dorados y Condesa Jazz All Stars. 
El domingo 28 de septiembre, alumnos y profesores de la Academia de Música Fermatta dieron un concierto en la Universidad Iberoamericana como parte del Día de Miles Davis. Y las jornadas finales se realizaron durante los dos días siguientes, en el Auditorio Nacional. (J.Q.)
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