lunes, 29 de mayo de 2006

Festival de Jazz Ciudad de México: Brasil-N.Y.-California


Bebel Gilberto, Joshua Redman, McCoy Tyner / 29 de mayo, 2006 / 
Función única / 4 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V 


Jesús Quintero
Todo festival posee las mismas virtudes y flaquezas que una antología poética: tiene presencias plausibles, ausencias siempre lamentables y apariciones que necesitan un por qué, por parte de quien ha realizado dicha asamblea de artistas. 
El Festival de Jazz de la Ciudad de México, en su segunda y ampliada edición, no escapa a estas particularidades. Encomiable es que las sedes y días de actividad se hayan incrementado y que para las jornadas en el Auditorio Nacional los organizadores apostaran por una leyenda (McCoy Tyner) y una estrella en plenitud (Joshua Redman). El resto del cartel oscila entre la bossa nova con acento chill out (Bebel Gilberto), la melifluosidad sin freno (David Sanborn), la gloria inscrita en el pretérito (Al Jarreau) y una invitada sin relación con el género que convoca a todos (Lhasa de Sela). Un menú para dos noches en una ciudad donde el jazz, mal que bien, ha dejado de ser de relumbrón. 
Corresponde a Bebel Gilberto abrir la puerta del festival en un día extraño para estos menesteres: lunes. Con un trío donde el saxofón barítono cumple el papel del bajo, la vocalista de cuarenta y un años deja en claro que no por ser de origen brasileño o provenir de una estirpe legendaria —su padre es João Gilberto, su madre es la cantante Miúcha y su tío materno, Chico Buarque— su voz tiene que remitir a las estampas más asociadas a la bossa nova (atardeceres en el paraíso, turgencias con minúsculo bikini bajo un calor inclemente, “La chica de Ipanema”… sensualidad de tarjeta postal). La causa de semejante decisión la da su propia historia: en 1991 estableció su residencia en Nueva York, donde pronto hizo amistad con músicos de avanzada como David Byrne, Arto Lindsay, Naná Vasconcelos y Laurie Anderson. A tal choque se sumaron los recursos de DJs, programadores y toda una camada de creadores electroacústicos que le dieron a las baladas y piezas bailables de Bebel un acento cosmopolita y contemporáneo. 
Muy ajena a la rudeza de quienes le seguirán en el escenario, Gilberto despliega un programa en inglés y portugués con sensualidad nunca impostada que le granjea la simpatía de quienes asocian el jazz con momentos de relax. Sus músicos son discretos, diáfanos y no obstruyen el fluir de la cantante; sin embargo, en “Aganju” es donde la Musa aparece y arropa a los cuatro. La pieza está construida sólo con puntos, sin fraseos largos, y es tal su levedad que asciende hasta las últimas filas con tonos malvas sobre el público. Frescor es lo que deja a su paso. 
Antes de que su potencial fuera descubierto en el certamen Thelonious Monk, donde obtuvo el primer sitio en 1991, el versátil saxofonista californiano Joshua Redman encaminaba sus pasos para estudiar leyes. Un contrato con el sello Warner lo sacó de Yale para dedicarse a las leyes más dúctiles del post-bop, terreno en el que ha editado doce álbumes, y que de manera creciente lo han convertido, a decir de críticos estadounidenses y europeos —apresurados sepultureros—, en el sucesor de Sonny Rollins. 
Con soltura en los saxofones tenor, alto y soprano, y llevado por la deleitable celeridad de Reuben R. Rogers (contrabajo) y Eric Harland (batería), Redman deja en claro que su esencia no ha podido ser aprehendida en los estudios de grabación. Contra el vuelo muy limitado que se advierte en Beyond (2000) y Elastic (2002), es en vivo donde su vigor se exhibe exultante. Trazos firmes, sin titubeos, erigidos con imaginación se destacan en este trío que llenó el escenario sin recurrir a la fórmula trillada de los solos alternados para mantener atentos a los espectadores. Una pieza, “Sin título aún”, como la anuncia Redman, y que por lo tanto está en periodo de gestación, es la joya: cambios de ritmo constantes, acentos árabes, improvisación sin mácula. Una hora parece insuficiente, pero Redman y los suyos saben que en la primera cita el éxtasis sólo debe ser uno para adquirir calidad de memorable. 
Pregonado en la publicidad del festival por haber colaborado con John Coltrane (1926-1967) y no por su influencia en centenares de pianistas (Chick Corea, Eric Reed, Keith Jarret son alumnos confesos), McCoy Tyner muestra otra cara del jazz, más adscrita a una tradición todavía rica en propuestas y que está cifrada en una palabra: veteranía. Basta ver los rostros de quienes integran su septeto para saber que allí hay siglos de encuentros, colaboraciones y jam sessions en sitios y horas inverosímiles. 
El lento andar de Tyner es opuesto a su rotunda digitación. A manera de saludo, le acompañan nada más el contrabajista y el baterista. Desde este momento, los sesenta y ocho años del pianista se transforman en pura experiencia. Con una figura melódica empieza a esculpir en el tiempo, valiéndose de una imaginación pródiga que apela a diversas formas de belleza, no siempre aprehensibles a la primera; de allí que con él, a semejanza de los viajes espirituales, lo importante no es la meta sino lo vivido en el trayecto. O como lo expresó al portal Innerviews en el año 2000: “Cuando toco me gusta lanzarme a la aventura. Me encanta tener la libertad de hacer no sólo lo que garantiza resultados seguros. Estoy interesado en experimentar y llevar al público a lugares lejanos y traerlo de regreso. Es como un viaje. Más que tratar de desconcertarlo, aspiro a que sienta lo que estoy haciendo, que sienta que la música es puro gozo”. 
Las posibilidades de acceder a esa experiencia gozosa se multiplican cuando aparece el resto del septeto: dream team que incluye, entre otros, a Dave Liebman (saxofón soprano), Donald Harrison (saxofones soprano y tenor), Wallace Roney (trompeta) y Steve Turre (trombón). El poder evocador de la música en manos de estos artistas es infinito, por lo que cada espectador podría decir hacia dónde fue conducido durante casi noventa minutos de fragor. Pero hay que destacar los diálogos entre Tyner y Liebman —hombre de rostro duro que acompañó a Miles Davis y Chick Corea, cifrando desde los setenta su carrera en Europa. Los dos semejan a sabios de la tribu que se valen de palabras y silencios para atizar la hoguera donde los iluminados y enaltecidos con el calor son los espectadores. 
En la prensa se dijo con insistencia que el pianista haría un tributo a Coltrane. Que el encore sea “Giant steps” puede resultar insuficiente para muchos, mas lo cierto es que en su manera de acercarse al milagro de la música —ese instante en que el tiempo se disuelve y el corazón es una caja de resonancia que responde a los sonidos—, McCoy Tyner está honrando al autor de “A love supreme” en cada acorde, en cada respiro. (J.Q.

Programa 
Bebel Gilberto: River song / Baby / All around / August day song / Momento / Night and day / Bananeira / Cade beijo / Aganju / Sem contençao / Samba da bençao 
McCoy Tyner: Trio / Stolen moments / A la mode / Contemporary focus / Tunji / Creador / Giant steps.
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