jueves, 9 de marzo de 2006

René Marie


9 y 10 de marzo, 2006 / 525 asistentes / 2 funciones /
 2 hrs. de duración / Promotor: NY@JAZZ MX 

Thelma Gómez Durán 
Su historia es poco común. René Marie dio un giro de tuerca a su existencia a los cuarenta años, cuando reencontró a un viejo amante de la adolescencia: el jazz. 
Contrajo matrimonio a los dieciocho años. Con la llegada de dos hijos, las canciones que escribió a los quince quedaron guardadas, así como los recuerdos de sus presentaciones en bares de su natal Virginia, Estados Unidos. De vez en cuando desempolvaba la memoria musical, sobre todo en fiestas familiares, y la cantante hacía a un lado a la ama de casa auto-impuesta durante más de dos décadas. El epígrafe de su biografía podría ser: “Luego de divorciarse fue muy feliz”. En 1995 se entregó a la pasión del jazz, volvió a los escenarios y dejó al esposo que le fruncía el ceño cuando hablaba de volver a la música; dos años después grabó su primer álbum, Renaissance. 
Y aquí está, en el Lunario, haciendo cómplice al público-voyeur de esa larga luna de miel que lleva con el jazz, ese experimentado seductor que maneja un lenguaje eminentemente nocturno. La relación de los dos es intensa y juguetona. La sesión amorosa comienza con una interpretación a cappella de una emotiva versión en inglés del clásico bolero “Angelitos negros”. Antes, René Marie llegó al escenario con bolsa de mano. Ese pequeño detalle es una pincelada necesaria para elaborar el retrato: se trata de una artista alejada de la arrogancia que envuelve a muchas jóvenes colegas, pese a que tendría razones para hacerlo; una de ellas es la dosis enérgica de scat que regala sin cortapisas. 
René Marie no es la única que contagia el gozo. También lo hacen sus músicos disímiles en estilo, pero unidos por su calidad interpretativa: Kevin Bales, con su bonhomía, en el piano; Rodney Jordan, elegante, en el contrabajo, y, con dreadlocks el baterista Quentin Baxter. El piano entabla un diálogo con la imponente mujer que ha presentado los frutos de su idilio; ahí también entra un homenaje a sus maestras, entre ellas Billie Holiday, a quien recuerda con “Lover Man (Oh Where Can You Be)”. 
La clara comunicación establecida por músicos y voz provoca exclamaciones de gozo y movimientos cadenciosos de cabeza entre quienes agradecen que existan romances tan intensos. Jordan, sin perder el estilo, realiza un solo de bajo similar a un susurro y se trenza con los ritmos que invoca Baxter; el terreno está listo para el clímax. 
Como buena jazzista, la estadounidense no entrega sobre el escenario una calca de sus álbumes. Por eso hay que estar atentos, ya que en cualquier momento llega el duende del scat. Así, esta mujer y su pícaro amante van del éxtasis a la paz, del jugueteo sensual a la contemplación. 
“Shelter in your Arms”, único encore, termina en punto de las doce de la noche. Ella lanza una sonrisa de satisfacción, toma su bolso y se va. Cuando pareciera que ya ha sido suficiente, aparece a un lado del escenario para autografiar discos y refugiar en sus brazos a quien lo solicite.
Esta mujer confirma que aquello llamado “sino” es una realidad y que nunca es tarde para encontrarse con él.
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