martes, 7 de marzo de 2006

Martes de Cine-Bar


Noches de farol con Juan Orol / Del 7 de marzo al 25 de abril, 2006 / 
Ocho funciones / Promotor: FUAAN Financiera, S.N.C. 

Fernando Figueroa
Para ratificar su naturaleza incluyente y mostrar lo flexible que es como escenario, el Lunario abrió sus puertas a un ciclo dedicado al cineasta Juan Orol (La Coruña, 1897-ciudad de México, 1988), quien hizo convivir a rumberas, charros y hampones en melodramas célebres por su humor involuntario. Mediante un sistema de video digital, similar en calidad a la proyección en treinta y cinco milímetros, fue posible repasar filmes capitales de este polémico realizador, que en su juventud fue agente secreto y novillero. 
Con espectadores consumiendo palomitas de maíz y bebidas espirituosas, el ciclo arrancó con Madre querida (1935), primera cinta de un director aún alejado de los temas que le darían fama. El filme inicia con un discurso del propio Orol, quien vestido de frac y con tono grandilocuente sentencia: “Respetable público: voy a tener el gusto de dedicar esta película a todas las madrecitas del mundo, al mismo tiempo de rendir un sincero y justo homenaje a todas ellas. Se las dedico porque al ser madres han sufrido y porque en ellas, como en un divino crisol, se han fundido la bondad y el sacrificio...”. Las palabras dan paso a la historia de una madre soltera, interpretada por Luisa María Morales, que trata de sacar adelante a su hijo, pero éste es recluido injustamente en un reformatorio y ella muere de la pena. 
En Los misterios del hampa (1944) aparece por vez primera el alter ego del realizador, Johnny Carmenta, capaz de huir de la policía de Chicago mientras baila un tango; la cubana María Antonieta Pons (su esposa en la vida real) es una rumbera que seduce a los clientes de un cabaret con atmósfera oriental, incluyendo un fumadero de opio. El escritor Manuel Puig escribió: “¿Cómo es que logra Orol dar a este filme un estilo propio partiendo de una base tan precaria, la de la servil imitación? El imitador sueña tan intensamente con su modelo, cree tanto en él, que le otorga vuelo lírico. Lo que nos da ya no un facsímil pobre de un filme norteamericano de gángsters, sino un filme de gángsters entrevisto en afiebrados sueños del subdesarrollo. Ese tono delirante da estilo al filme y lo vuelve estéticamente válido. El imitador acaba por ser creador auténtico”.[1] 
En Pasiones tormentosas (1945) repite la Pons y participa Yadira Jiménez; en un ambiente tropical, las protagonistas pelean por el amor de un fortachón interpretado por Crox Alvarado; al final se sabrá que los personajes principales sólo eran almas en pena que habían encarnado para ser redimidas por un cura. En Tania, la bella salvaje (1947) debuta Rosa Carmina, esposa en turno del director. Aquí un promotor trae a México a una espectacular isleña para convertirla en rumbera (cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia). Cuando ella triunfa, traiciona a su creador, quien en vez de lamentarlo busca a otra dama (Juanita Riverón) y la lanza al estrellato; obviamente, la primera cae en desgracia. 
Tanto el título como el contenido de Gángsters contra charros (1947) son la culminación de un estilo que llevó a miles de espectadores a las salas cinematográficas, pero que también generó frases lapidarias de críticos como Efraín Huerta, quien definió estas cintas como “miserables pachangas fílmicas”; Carlos Monsiváis, por su parte, escribió que este cine “no es el que perpetraría un retrasado mental sino el más puro, directo y eficaz que realizaría un niño dotado de megáfono”. Y remata: “Orol se concretó, rechazada la perspectiva del cine como arte, a reproducir la vigencia del cine-comic”.[2] En El infierno de los pobres (1950), el director adapta la historieta Percal, de José G. Cruz, que cuenta los infortunios de una mujer pobre (Rosa Carmina) que se prostituye para mantener a su hija. 
Mary Esquivel, tercera cónyuge en la cuenta, es una sensual costeña que cuida a su madre ciega en El farol en la ventana (1955), y que contrae matrimonio con un extranjero rico y de gran corazón. El ciclo finalizó con la cinta Contrabandistas del Caribe (1966), en la que aparece la cuarta esposa, Dinorah Judith, realizando el papel de una bailarina que ama a Joe Lucania (Orol), respetable ciudadano que se interpone en las actividades de un grupo de mafiosos italianos, a los que pone en su lugar. 
Al terminar la última proyección y antes de que se encendieran las luces del Lunario, alguien vio a un gángster fantasmal tomando un trago y con la mano derecha a punto de desenfundar la pistola automática. 

[1] Juan Orol, Eduardo de la Vega Alfaro, U de G, colección Cineastas de México, p. 136, 1987. 
[2] Op cit., p. 32. 

Cintas proyectadas 
Madre querida (1935) 
Los misterios del hampa (1944) 
Pasiones tormentosas (1945) 
Tania, la bella salvaje (1947) 
Gángsters contra charros (1947) 
El infierno de los pobres (1950) 
El farol en la ventana (1955) 
Contrabandistas del Caribe (1966) 
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