viernes, 17 de marzo de 2006

Luis Álvarez El Haragán


Toquedkeda / 17 de marzo, 2006 / 848 asistentes / Función única / 
3 hrs. de duración / Promotor: Haragán y Cía. 

David Cortés 
El rock urbano —mezcla de blues, funk, rhythm and blues y rock and roll con letras crudas y testimoniales— tiene sus propias madrigueras, espacios recónditos en los que la comodidad y seguridad no son invitados frecuentes, pero en donde esta vilipendiada, incomprendida e involuntariamente humorística vertiente del rock hecho en México ha encontrado la ansiada fertilidad. 
Luis Álvarez, El Haragán, es una de sus figuras emblemáticas, un cronista no oficial de la vida cotidiana de la ciudad y zonas conurbadas que ha recorrido los principales hoyos y leoneros del país, pero que rara vez ha llevado su sonido a los sitios que las buenas costumbres y la moral, a fin de legitimar, suelen denominar antros. Y aunque a la cita con el guitarrista llegaron escuchas nuevos, llegó también una horda con pantalones entubados, estoperoles, botas mineras, chamarras de mezclilla con múltiples parches, y que talló el piso con slam y el acompasado “brinquito”, propio del hoyo fonqui y atípico en el Lunario. 
El tokín significa desacralización y toma simbólica del sitio. El momento se aprovecha para descargar boggie y rock and roll en su estado más primitivo, pero también para imprimir un novedoso marco al incorporar el cello y capitalizar la acústica del lugar que magnifica la música para goce de esa masa a la cual el vulgo denomina “banda”. 
Toquedkeda, noveno álbum del cantante, es el pretexto de la reunión. Se trata de una obra sui generis porque lo acompañan músicos de Santa Sabina, una alineación diferente a la que nos tiene acostumbrados. Y la recepción a ese puñado de diez canciones, no obstante tener ya algunos meses en circulación, es tibia entre la banda. El entusiasmo deviene con el repertorio ya clásico —ocho de los temas fuertes provienen de su primer disco— y las rutinas: subir a mujeres a corear “Mi muñequita sintética”, dedicar una canción a su saxofonista y bromear acerca de su edad, dejar a un espontáneo tocar un solo de guitarra, que plasmadas en sus álbumes en directo —Acústico en vivo (2000) y Del otro lado de la frontera Vol. 1 y Vol. 2 (2004)— se han mellado, pero que los asistentes celebran como si las escucharan por primera vez. 
A pesar de esos recursos muy frecuentes, El Haragán sube a tocar sin concesiones. Sus canciones, relatos asentados en acontecimiento verídicos de lo cotidiano y crónicas crudas del desamor, el abandono y la impotencia de “los jodidos”, cimbran la noche. El compositor sale del Lunario como si fuera rey del pancracio, con la mano en alto, orondo de saberse triunfador y orgulloso por haber rendido a sus pies una plaza más en su carrera. Y qué mejor premio que “los cánticos europeos”: los gritos de “culeeeero... culeeeero”, entonados por la banda al emprender la retirada. 

Programa 
El Haragán / Toque de queda /Lourdes / Mama… ¿dónde? / La liebre / Tipo malo / Presionado / Di / Chasqueo / Dejarte de amar / Las cenizas / Distante instante / La última canción / Aburrida la vida / Sé mujer / Los años treintas / Purgante de amor / La perra brava / Alma de negro / El chamuco / La cita / Piénsalo bien / Mi muñequita sintética / JC del barrio/ Que va a ser de él, Dios / Vine a…/ Juan / Animas / En el corazón no hay nada / No estoy muerto /A esa gran velocidad / Morir de noche / Mi liberación / Él no lo mato / En algún lugar en el cielo / Vivir por vivir / Juan El Descuartizador / Injerto.
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