sábado, 4 de marzo de 2006

Lhasa

4 de marzo, 2006 / 473 asistentes / Función única / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: Santísima Producciones

Mariana Norandi
Nunca había actuado en nuestro país. Sus álbumes La Llorona (1997) y The Living Road (2003) apenas se empezaban a vender en las discotiendas. Sin embargo, y para sorpresa de muchos, los boletos para ver a la cantante estadounidense Lhasa (Big Indian, Nueva York, 1972) en el Lunario se agotaron días antes de su única presentación. 
De padre mexicano y madre estadounidense, nació en el seno de una familia muy particular y eso la marcó personal y profesionalmente. A sus padres no les gustaba el sistema estadounidense por violento, imperialista y por producir una sociedad basada en el éxito material y económico. Compraron un camión-casa y viajaron durante siete años por México y Estados Unidos buscando una vida humana y espiritual. Lhasa no iba a la escuela y ocupaba su tiempo leyendo cuentos de hadas, aventuras y fantasías; oía música de Víctor Jara, Violeta Parra y José Alfredo Jiménez. No veía televisión. A raíz de un accidente de su madre, la familia se instaló en San Francisco y comenzó a toparse con el mundo cotidiano. Uno de los capítulos más extraños para Lhasa: ir a la escuela. “Ya era demasiado tarde para meterme en esa realidad y seguí viviendo en mi propia imaginación”, confiesa. Acostumbrada a viajar, se instaló en Montreal, Canadá, donde comenzó a desarrollar una carrera musical fructífera y genuina. Con mayor influencia de la música mexicana, pero también de otras sonoridades, escribe canciones tristes y melancólicas cargadas de un simbolismo mágico y las interpreta en español, inglés y francés con matices profundos que pertenecen a un universo onírico y solitario. 
Su presencia en el Lunario demuestra el talento que puede otorgar una vida atípica, donde la sinceridad y espontaneidad le han ganado la batalla a cualquier producto manipulado por modas o compañías discográficas. El escenario simula un bosque seco, en donde Lhasa aparece como vida entre lo inerte. Acompañada del pianista Alex Mac Mahon y de Mélanie Auclair en el chelo, interpreta “Con toda la palabra” y con ella introduce al público en su mundo, donde no existen géneros musicales para catalogarla ni personajes con quien compararla. Sus canciones proyectan un complejo laberinto existencial, obsesionado por buscar respuestas a preguntas inexplicables. Comunicativa desde su profunda timidez, cuenta anécdotas que se hicieron música. Su composición exalta un México heredado desde la nostalgia del emigrante y un paisaje extraído de canciones de Chavela Vargas o José Alfredo Jiménez. Rancheras clásicas —“La prisión perpetua” y “Por eso me quedo”— cruzan constantemente la frontera sin saber en qué lado hundir sus raíces. El público, de entre veinte y cuarenta años, la aclama volviéndose cómplice de su misterio magnético y valentía personal. 
Se despide con “Soon This Space Will Be Too Small” (“Pronto este espacio será demasiado pequeño”), donde intenta buscar un refugio que la aísle de la celeridad del mundo contemporáneo porque, desde su óptica, el tiempo transcurre para comprender la esencia humana y no para lograr los primeros lugares de los raiting discográficos.

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