miércoles, 22 de marzo de 2006

Buena Vista Social Club: Son para el corazón

Omara Portuondo, Elíades Ochoa e invitados / 22 de marzo, 2006 / 4 248 asistentes / 
Función única / 2:45 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Gustavo Emilio Rosales
“Sentirán la campesinada en este afro”, es el aviso con que Eliades Ochoa nos ayuda a entender lo que en las entrañas se vive como la rebelión de los latidos del corazón, a favor de los ritmos desbocados por un hechizo donde, como un mantra, se escucha una invocación que reza Yiri yiri bom / yiri yiri bom. Poco a poco, con placer, va uno aflojando el cuerpo; saltan, en espasmos, los nudos musculares, y efectivamente, el ámbito se llena de un penetrante doble aroma a monte y mar, a mujer brava. 
La luz ya es música. Bastaron seis minutos de calentamiento —preparado de forma eficaz por “Estoy como nunca”— para que el orgullo de Songo La Maya (la campiña del oriente cubano), a la cabeza de un cuarteto que trabaja como si fuera la última vez que pudieran hacerlo, reafirmara su enorme capacidad de ganar corazones para el son, la trova y la guajira. Tocado por un sombrero vaquero que porta con el donaire de Señor, Eliades Ochoa nos lleva a visitar un par de arquetípicos boleros antes de comenzar la escalada hacia la cumbre de su acto —breve aparición que extrañaremos al final de este concierto— bajo la tutela espiritual de Benny Moré y con el poder de la elocuencia naïve de su guitarra, para culminar con la visita a referentes como “El carretero”, que no por esperados resultan menos gratos. 
El Auditorio Nacional reboza de entusiasmo, y ya inmersos en la legendaria encantación del Buena Vista Social Club, permanecemos de pie después de haber despedido a Eliades bajo el compás de la guaracha para recibir a Omara Portuondo, mejor conocida como La Novia del Filin (españolización de feeling, sentimiento, en inglés), ese ritmo hecho de la cubanización de la bossa nova y el soft jazz, que dominó con creces las relaciones corporales en los clubes nocturnos habaneros de los años cincuenta. 
Vestida de rosado —amplio y holgado el atavío— y entonando cantos orishas a Ochún y Yemayá, esta diva tropical surge como una aparición. No sólo la vigencia de su potente voz asombra, sino, particularmente, su manera de desplazarse por todo el escenario, a veces al filo de proscenio: ¡flota! La combinación entre la solidez de su piel, su rostro tatuado por experiencias ancestrales, la arrolladora energía de sus pulmones, y en contraste, su delicada manera de situarse en el preciso centro del lirismo hecho canción, la convierten en una suerte de geisha del Caribe. Colaboran a la formación de esta quimera la complicidad del maestro Emilio Morales, al piano, y el desfile de talismanes acústicos que hoy no son lugar común sino tradición; es decir, pasado que es capaz de vivirse como un presente con futuro. “Tú me acostumbraste”, “Dos gardenias”, “Bésame mucho”, “Amor de mis amores”… Noche de complacencias que es también de estrenos, fenómeno que indica el grado de comunión que un artista guarda para con los motivos que lo llevan, una y otra vez, a abrir la boca, a pulsar una cuerda, a percutir una piel tensa, para significar, para significarse. 
Aunque la estancia de Portuondo es un poco más larga que la de Ochoa, todavía quedan ganas de seguirla escuchando cuando el escenario se puebla de morenos. Súbitamente la intimidad se transforma en batalla y una ola de timbres, acordes y compases, cambia la marea calma del filin por lo que Lezama Lima llamó el “azúcar lapislázuli de la bacante caribeña” o, en términos profanos, ¡la sabrosa descarga pa’la danza, chico!, conducida con absoluta autoridad sacerdotal por el trompetista Manuel Guajiro Mirabal y progresivamente ablandada por Juan de Marcos, quien funge como productor del proyecto Buena Vista. 
La astucia de Mirabal para hacer bailar a todos, en plena conexión con el virtuosismo de Amadito Valdés en los timbales, de Robertico Fonseca al piano, o de la suculenta Osiris Valdés en el violín, la voz y el baile, combate sin tregua contra el protagonismo de De Marcos, en una lid donde la orquesta disminuye su fogosidad conforme pasan los minutos. El tono hipnótico se queda sin lustre y nos percatamos que la noche de mayo de 2002, cuando otro Buena Vista Social Club logró una epifanía aquí, en el Auditorio Nacional, pasó hace mucho y que faltan ahora músicos creadores —como Compay, Rubén González e Ibrahím Ferrer—, que el Buena Vista pasó de ser un grupo a un ensamble con nombre de leyenda. 

Pío Leyva, otra vela que se extingue 
Exactamente un día después de este concierto murió el cantante Pío Leyva, una de las voces entrañables del Buena Vista Social Club. 
Conocido como el cantante montunero¸ Leyva (cuyo nombre real era Wilfredo Pascual) fue también compositor y entre sus temas más conocidos están “Francisco Guayabal”, número emblemático en la voz de Benny Moré, y la guaracha “El mentiroso”. 
Pío Leyva nació en Morón, Cuba, en 1917. A los seis años participó en un concurso y ganó un bongó, que definió su interés por la música. Sin embargo, en su garganta poseía un venero y dejó las percusiones. A los 15 debutó como cantante y después de transitar por innumerables orquestas, en 1950 firmó contrato con el sello RCA y allí grabó cerca de 25 álbumes. Leyva cantó al lado de Benny Moré, Bebo Valdés y Noro Morales, y fue integrante de Estrellas de Areito y de Compay Segundo y sus Muchachos. 
Originalmente, estaba previsto que el cantante se presentara en el concierto de Buen Vista Social Club en el Auditorio Nacional, pero en la víspera su salud decayó y se quedó en la isla para siempre. (J.Q.

Programa 
Elíades Ochoa: Estoy como nunca / Cariño falso / Píntate / Yir yiri bom / La mayor ambición / Mi china / Omara Portuondo: Tabú / Sitiera / Tú me acostumbraste / Madrugador / Amor de mis amores / Veinte años / Tiene sabor / Juan de Marcos: Preludio / Fuga / El carretero / Bongosero / Todos: Aguaje / Bodas de oro / Me bote de guaño / Mi corazón no tiene quien / Aguajeando / Patricia / Chanchullo / La fiesta del timbal / Chan chan.
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