sábado, 11 de febrero de 2006

The Secret Machines, Chikita Violenta, Los Dynamite, Instituto Mexicano del Sonido


DKNY Jeans Indie-O Fest 2006 / 11 de febrero, 2006 / 860 asistentes / Función única / 
4 hrs. de duración / Promotor: Cuadernos Publicitarios S.A. de C.V. 

Nayma González
Como es usual, a México llega tarde la moda del “indie”, término que aquí, lejos de ser entendido como un sentido ético de independencia ante la industria musical que tiene consideraciones comerciales por encima de las artísticas, es una etiqueta usada por sellos pequeños y algunos grupos para legitimarse y adquirir credibilidad. Por ello no sorprende que en la música “indie” actual, y no sólo en México, existan deslices surrealistas como el que un festival llamado Indie-O presente a las bandas flanqueadas por enormes pantallas que muestran a súper modelos en pasarelas con prendas de la temporada primavera/verano 2006. 
Camilo Lara, alias el Instituto Mexicano del Sonido, abre con su tributo a Juan García Esquivel y Pérez Prado, mezclando en su laptop sonidos distintivos del par con beats electrónicos, mientras vocaliza “chachachás” por doquier, bailoteando sobre su eje. Su propuesta lounge es recibida con indiferencia. En una radical voltereta de ánimo, Chikita Violenta —quinteto con varios años en el circuito independiente, inspirado en la época de Rock en tu idioma y que recuerda a La Gusana Ciega con aspiraciones a Soda Stereo— hace evidente que sólo es cuestión de tiempo para que los fiche un sello grande, pues tiene todas las características de los grupos masivos. Los Dynamite es una exitosa versión local del nu-punk, inspirada en The Strokes y Yeah Yeah Yeahs. Desde su papel como teloneros de Interpol en 2005 han generado mucha expectativa, pero su actuación de esta noche es desangelada, aunque con un par de canciones se las arreglan para poner a bailar y corear a todos su éxito “T.V.”. 
La gran sorpresa son los estadounidenses The Secret Machines, trío con las mejores credenciales y referencias. La prensa especializada les considera los más solventes deudores del “rock espacial”, estilo caracterizado por la experimentación y derivado del progresivo, psicodelia, cósmica americana* y krautrock, con embajadores como Pink Floyd, The Byrds, Gram Parsons y Can, respectivamente. Nombres tan consolidados que podrían intimidar, pero que estos oriundos de Dallas han absorbido desde sus años mozos, primero como fans y después de manera profesional. 
Los chicos salen envueltos en una nube de humo artificial, cliché que en el diccionario del entretenimiento ocupa uno de los primeros lugares, pero que hoy no resulta gratuito por ser equivalente visual de las canciones; pronto se impone un ambiente sobrio, sombrío e impredecible. Lo primero en notarse es la fuerza propulsiva de la batería con Josh Garza, hijo putativo de John Bonham y Keith Moon. Los hermanos Brandon y Benjamin Curtis acentúan el ambiente con largas líneas de guitarra, feedback y texturas de sintetizadores que remiten al periodo psicodélico de Pink Floyd (en especial Meddle, de 1971) o al trabajo de Spacemen 3, Mercury Rev y Radiohead, pero son las armonías vocales de ambos las que otorgan identidad. Eso lo saben muchos de sus seguidores que cantan con estas máquinas que imitan el acontecer del espacio: se adentran en lugares recónditos en forma de prolongados silencios para después reventar amplificadores y tímpanos con estruendos caóticos, aventuras comunes en el jardín de los dioses. 

* Término acuñado por Gram Parsons para definir su música y que grupos como Beachwood Sparks, Flaming Lips, Uncle Tupelo, Wilco y Jeff Tweedy han continuado. Es como si los azotados del country mirasen al cielo en lugar de a la botella.
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