viernes, 27 de enero de 2006

Kenny Werner


27 y 28 de enero, 2006 / 507 asistentes / 2 funciones / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: NY & MX 

David Cortés 
El nombre de Kenny Werner no provoca expectación desmedida en nuestro país, probablemente porque se trata de un pianista que se regodea en la música y no en la mercadotecnia aparejada a la difusión de la misma, o porque gran parte de su reconocimiento proviene de su trabajo como acompañante y no como líder, a pesar de tener más de quince álbumes como solista. 
Nació en Brooklyn, en 1951, estudió en la Manhattan School of Music, donde obtuvo el grado de concertista. Sin embargo, el jazz lo atrajo paulatinamente y se inscribió en la Berklee School of Music de Boston. Durante veintinueve años —su primera grabación data de 1977 y contiene interpretaciones a temas de Bix Beiderbecke, Duke Ellington y George Gershwin, entre otros— ha colaborado con Charles Mingus, Archie Sheep, Randy Brecker, Mel Lewis, Joe Lovano, John Scofield y Toots Thielemans; domina todas las vertientes del género: cool, free, fusión, bop, y “tercera ola”. Paralelamente se ha desempeñado como académico en la New Scool de Nueva York, y en tres ocasiones ha sido reconocido como intérprete por el Nacional Endowment for the Arts, y el Consejo para las Artes de Nueva Jersey le concedió el premio Distinguished Artist. 
Aunque ha formado varios combos, Werner dice que cuando conoció a Ari Hoenig (batería) y Johannes Weindenmuller (bajo) fue que “trascendió la idea de una agrupación para establecer una relación”. Disfrutan tocar en vivo —tienen tres álbumes en ese formato— y han creado una alquimia en donde la música fluye sin ataduras y la recurrencia a los solos es mínima. Los sonidos que despliegan, a pesar de su apego a las formas convencionales del jazz —be bop, por ejemplo— transmiten un caudal de emociones, aunque a veces peca de romanticismo; sin embargo, posee una amplia capacidad para acercarse a lenguajes más aventurados y obtener buenos resultados. 
De hecho, el Lunario es un lienzo que el trío aprovecha para realizar una gran obra figurativa en la que intercalan pinceladas abstractas que rememoran el álbum Paintings (1993), en el que Werner buscó armonizar dos de sus pasiones: la música y la pintura, y manifiesta en “Jackson five”, dedicada, aclara, a Jackson Pollock. 
Sin embargo, lo más interesante de la noche llega cuando abandonan los convencionalismos para adentrarse en pasajes de free jazz e improvisación que permiten advertir cómo durante buena parte de la sesión la tercia se estaba conteniendo. Cuando Werner, Hoenig y Weindermuller apuestan por el vigor, los colores y matices que se desprenden son otros e incluso parece un grupo diferente: la batería se acoge en la polirritmia, el bajo deja su papel de soporte para dialogar con ambos instrumentos y el piano se transforma en una ametralladora sonora que por momentos evoca a los famosos clusters (grupo de notas que se tocan con toda la mano, antebrazo, y en ocasiones hasta el codo) de Cecil Taylor. Desafortunadamente éstos son destellos, pues Werner y su trío vuelven a la segura: llegaron a seducir a partir de lo más suave de su repertorio y lo consiguieron… la mayoría salió encantada.
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