viernes, 25 de noviembre de 2005

The Dave Weckl Band


25 y 26 de noviembre, 2005 / 982 asistentes / 2 funciones / 
1:45 hrs. de duración / Promotor: NY&MX 

Jorge R. Soto 
Durante los ochenta y principios de los noventa, Dave Weckl disfrutó un enorme éxito como baterista de sesión para artistas tan diversos como Michel Camilo, Paul Simon, Diana Ross, Robert Plant y George Benson, además de ser parte de las bandas eléctrica y acústica de Chick Corea entre 1986 y 1992. Una vez satisfecho con su papel de acompañante, decidió formar una agrupación con la que desde 1990 ha grabado diez álbumes; el más reciente es Multiplicity (2005) y para promoverlo el percusionista de cuarenta y cinco años llega a la ciudad de México. 
La música que Weckl ofrece —improvisaciones con sabor a fusión, a los que suma toques de funk, pop y ritmos latinos—, apoyada por una efectiva campaña de promoción, tiene un eco favorable entre los treintañeros que colman el Lunario para presenciar la tercera sesión de la serie de conciertos bautizada como “Nueva York en México”. 
Tan pronto Tom Kennedy (bajo), Steve Weingart (teclados), Gary Meek (saxofones) y Dave Weckl (batería de considerables dimensiones) toman el escenario, estalla una serie de redobles sincopados que desemboca en un extendido solo de saxofón. El baterista emplea sin empacho todo su arsenal y la cuidada amplificación contribuye a que hasta el más ligero impacto de las baquetas se perciba nítido, pero en todo momento permite el lucimiento de sus acompañantes, subordinando su papel de líder en aras del trabajo en equipo. La audiencia, a pesar del tránsito de bebidas y bocadillos, observa y escucha atenta, reconoce con vítores los constantes despliegues de Weckl y su banda, quienes perciben a este género como un vehículo para el lucimiento de sus capacidades técnicas. 
El cuarteto —bien ensamblado— remite en algunos instantes a la Chick Corea Elektric Band, y en otros, cuando el saxofón tenor de Meek toma el mando, al jazz-pop de The Rippingtons. Weckl combina el funk (“Change Reaction”) con el de fusión, género que a principios de los setenta condensó el afán de algunos músicos por abandonar los instrumentos acústicos y el hard bop para competir con el rock amplificado, y en donde las extensas improvisaciones ponen la pericia y la velocidad encima de la emoción. Tan desmesurado despliegue es por lo que ha venido la gente… o al menos sus gestos de admiración lo aseveran. 
Como encore, Weckl queda solo en el escenario. El espectáculo le pertenece. Mueve entonces los brazos como aspas dejándolos caer de manera sucesiva —al principio lentamente y luego con violencia vertiginosa— sobre cada tambor y platillo de su inmensa batería para terminar, minutos más tarde, sonriente, bañado en sudor, contemplando a una extasiada y vociferante multitud que ha respondido con ímpetu tribal al rito. A la salida, como si se tratara de una feroz bestia capturada, muchos, valiéndose de sus cámaras digitales, toman fotografías del instrumento que Weckl ha sometido con golpes precisos y apabullante habilidad.
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