viernes, 7 de octubre de 2005

Raphael: Hoy mejor que ayer

Para todos / 7 y 8 de octubre, 2005 / 18 017asistentes / 2 funciones / 
3 hrs. de duración / Promotor: Erre Ele, S.A. de C.V. 

Fernando Figueroa
El hombre que canta en el Auditorio Nacional tiene más de cuatro décadas de hacerlo, pero parece un novillero andaluz que quiere ganarse al público. Para conseguirlo, interpreta cuarenta temas durante tres horas —que se van como agua—, se hace acompañar en un inicio por once músicos estupendos y dos coristas, y más tarde por un mariachi con diez integrantes. Raphael sabe perfectamente que la gente pagó por escuchar sus canciones, así que nunca platica, excepto cuando se despide con “Como yo te amo”, donde aprovecha la letra para agregar lacónicamente: “Les amo todo yo, México”. Y antes del encore comenta: “Esto no se debe hacer, pero voy a seguir un poco más”. 
Decir que viste de negro es un lugar común porque lo ha hecho durante toda su vida artística, igual que botar el saco a las primeras de cambio y exagerar los ademanes para que lo alcancen a ver en la última fila. Sigue siendo aquél, pero corregido y aumentado. Resulta curioso saber que Raphael interpretó en el teatro a Jeckyll & Hyde, y tuvo éxito rotundo. También en la vida real ha tenido dos vidas: antes y después del trasplante de hígado al que se sometió en 2003. En la primera parte, el Divo de Linares conoció la fama desde temprana edad, grabó discos, vendió millones de copias e hizo películas y giras por todo el mundo. En un momento dado empezó a decaer porque su voz parecía un venero a punto de extinguirse. En México se le vio utilizando una especie de chal rojo, que le servía para ocultar la escasa potencia vocal en vivo: jugueteaba todo el tiempo con el trapo y de esa forma capoteaba al público. Sus shows eran más forma que fondo. 
Un problema hepático “que arrastraba desde la prehistoria” —según sus palabras— se agudizó hasta el punto de que sus días estaban contados. El primero de abril de 2003 se sometió al trasplante y, milagrosamente, no sólo recuperó la salud sino la potencia de voz que tuvo durante su juventud. Aunque usted no lo crea. Al regresar a los escenarios, Raphael dejó de lado el chal, con el cual había llevado su amaneramiento escénico a un punto casi intolerable para quienes no eran sus fans. A cambio de ese subterfugio, volvió con los trinos que le valieron el sobrenombre de El ruiseñor de Linares, más la experiencia de toda una vida y el mismo “barroquismo sentimental” del que alguna vez habló el escritor Francisco Umbral, refiriéndose al intérprete. 
El tour del cantante se denomina Raphael para todos, igual que el álbum doble que recopila los grandes éxitos de su carrera. Y cuando el Divo dice “para todos”, lo hace con conocimiento de causa. Él mismo contó alguna vez la siguiente anécdota: “Cuando estaba preparando unos conciertos en Madrid, me llamó una taquillera del Palacio de Congresos para decirme: ‘Señor, en la cola hay gente muy rara, gente rapada o con el pelo verde’. Entonces yo le respondí: ‘No se preocupe, mujer, es mi público’ ”. En el Coso de Reforma no había nadie a rape ni jóvenes con el cabello pintado de colores, pero la composición de los asistentes era tan heterogénea como para decir que, literalmente, había gente de todas las edades. 
A los sesenta y dos años de edad Raphael luce tan delgado que, de entrada, uno podría pensar que sigue enfermo. Sin embargo, él se encarga de mostrar que tiene la energía de un muchacho, pues tiene capacidad para recorrer su larga historia musical sin el menor síntoma de fatiga. Lo más asombroso de este milagro de longevidad artística es percibir que el cantante jamás parece tener la mera intención de salir del paso. Está ahí, dándolo todo, y no tiene ganas de irse a su camerino o a su hotel. El concierto dura 180 minutos, pero de algún modo dura toda la vida de él y de muchos que le han seguido la pista de manera permanente. 
El río de éxitos fluye de manera caudalosa y se convierte en una cascada que refresca la memoria colectiva. Los espectadores cierran los ojos y se percatan que tienen la piel en carne viva, ya que están divisando la estrella más pequeña, recordando una gran noche o tal vez a una persona por la cual ahora no sienten nada, ni les inquieta su mirada, como ayer. El Mariachi de Pepe Villa aparece como apoyo para que Raphael recorra la ciudad que imaginó Guadalupe Trigo, para clamar por la paloma negra perdida y exigir, a la manera de José Alfredo Jiménez, que no lo amenacen. 
Resulta significativo que una de las primeras canciones del show haya sido “Yo sigo siendo aquél” y, entre las últimas estuviera “Yo soy aquél”. A final de cuentas, ese enroque en el tiempo es la demostración artística de que el orden de los factores no altera el producto, sobre todo cuando éste mantiene su vigencia casi medio siglo después. 

Las memorias de un divo 
En 1998, Raphael publicó un libro de memorias titulado ¿Y mañana qué? (Plaza & Janés), en el que narra algunos pasajes de los inicios de su carrera. Cuenta, por ejemplo, que un día fue a solicitar su licencia para trabajar como cantante. Llegó a la oficina correspondiente y le dieron una cita para presentarse ante un jurado. Cuando llegaron el día y la hora que le habían asignado, se apareció en un escenario, donde los sinodales le dijeron, de buenas a primeras, que estaba aprobado. Él se molestó porque no lo dejaron cantar, pero después supo que le habían dado el visto bueno porque era evidente que se trataba de un artista de los pies a la cabeza. 
También narra que estaba haciendo el servicio militar cuando llegó la oportunidad de representar a su país en el festival Eurovisión. Su representante habló con un alto funcionario del gobierno y quedaron en que le darían un pasaporte por cinco días. Aunque el documento nunca llegó a las manos de Raphael, él salió de España, participó en el festival y tuvo un éxito rotundo con “Yo soy aquél”. Al regresar a Madrid, fue recibido no sólo por miles de personas en el aeropuerto sino por la policía militar, que se lo llevó a un calabozo, acusado de desertor. “Qué mal se porta España con los que más le dan”, escribió. 
El Divo también habla de su participación artística en las fiestas que organizaba Francisco Franco en su residencia, cuando el general detentó el poder. Recuerda muy bien aquellas reuniones, a las que asistían otros integrantes del mundo de la farándula, varios de los cuales olvidaron haber estado ahí. Con ironía, Raphael dice no entender la “amnesia selectiva” de sus colegas. 
En alguna ocasión, cuando España ya vivía en plena democracia, alabó a la dictadura franquista frente a un reportero y esto apareció en la prensa. Ante la ola de indignación que provocaron sus declaraciones, él le pidió a su esposa, Natalia Figueroa, que en su nombre ofreciera una disculpa pública. Ella lo hizo “con gran elegancia”, según comentó él mismo posteriormente, además de aceptar que se había tratado de “una metedura de pata” de su parte. (F.F.

Programa 
La noche 
Enamorado de la vida 
Los amantes 
Mi gran noche 
Digan lo que digan 
No vuelvas 
Cierro los ojos 
Desde aquel día 
Yo sigo siendo aquél 
No puedo arrancarte de mí 
Cuando llega mi amor 
Hoy mejor que mañana 
Somos 
Provocación 
En carne viva 
Maravilloso corazón 
Siempre estás diciendo que te vas 
Y volveré 
Amo 
Canción del trabajo 
Amor mío 
Cuando tú no estás 
Ámame 
Mi ciudad 
Paloma negra 
Sombras 
Perdóname mi vida 
Escándalo 
No me amenaces 
Corazón, corazón 
Huapango torero 
Estuve enamorado 
Escándalo 
Estar enamorado 
Volveré a nacer 
Que sabe nadie 
Yo soy aquél 
Como yo te amo
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