martes, 11 de octubre de 2005

Diego El Cigala: Buenos tiempos para un flamenco


Lágrimas negras / 11 de octubre, 2005 / 6 149 asistentes / Función única / 
2 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

Thelma Gómez Durán
De niño, Diego El Cigala pasaba horas jugando con una pelota. Quería ser futbolista, pero su destino lo hizo cantaor, como su tío Rafael Farina y su padre José de Córdoba. Este gitanillo de pura cepa, que creció y se formó artísticamente en tablaos, vive su mejor momento. Como serpiente encantadora, su voz seduce. 
La lluvia y el caos urbano son incontenibles. Aquí, en el Auditorio Nacional, la música cobija a los asistentes que llegan bañados hasta los huesos. ¿Quién se iba a imaginar que el hombre que en 2003 no llenó el Teatro de la Ciudad, ahora tenga a casi diez mil personas rendidas ante su arte? En tan sólo dos años, Ramón Jiménez Salazar, nombre de pila del madrileño, se colocó en el Olimpo. Lágrimas negras, el proyecto discográfico que idearon el cineasta Fernando Trueba y el productor Javier Limón, lo llevó a la gloria por hermanar el flamenco con el bolero. 
Gracias a esa coqueta mezcla de géneros, Diego El Cigala abandonó el pequeño círculo flamenco. Ahora su nombre luce en las marquesinas de los teatros más importantes y convoca audiencias heterodoxas. Así fue cuando se presentó por primera vez en este recinto, al lado del hijo de Bebo, Chucho Valdés, pianista fundador de Irakere. Así es ahora, cuando de nuevo interpreta el repertorio de Lágrimas negras y ratifica que no se ha dormido en sus laureles. 
Ni la lluvia ni la ausencia de Bebo o Chucho Valdés en el cartel desanimaron a la gente que viene por los boleros entrañables de Miguel Matamoros, Julio Gutiérrez o María Teresa Vera, revestidos por una voz gitana. 
El Cigala coge el toro por los cuernos. Después de una introducción instrumental, delicioso bocadillo que anuncia el banquete, llega con el porte misterioso que le da esa sonrisa y la larga cabellera. Como torero que se juega todo, da el primer remate: En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse… y entre los asistentes se desatan algunos de los tantos “Olé” que se escucharán en toda la faena. 
El artista conecta con el público de inmediato. Realiza una tanda de derechazos que llegan hondo: “Veinte años”, “Se me olvido que te olvidé” y “Corazón loco”. Diego está a gusto y bien resguardado por los miembros de su cuadrilla, seis músicos educados en las plazas del flamenco y el jazz que no se conforman con ofrecer calcas de los discos. Resalta el magnífico trabajo de Jaime Calabuch Asensio Jumitus, pianista que se luce con solos conmovedores en “Lágrimas negras” y “Vete de mí”. 
Llega la prueba de fuego. El cantaor sabe que en algún momento de su carrera deberá cerrar el círculo trazado con los Valdés y lograr que el público también aprecie su trabajo netamente flamenco. Entonces entra a su nueva producción, Picasso en mis ojos, homenaje al pintor malagueño y en cuya grabación participan los maestros de la guitarra Paco de Lucía, Vicente Amigo, Tomatito y Raymundo Amador. 
Con “La paloma”, que décadas atrás popularizó Joan Manuel Serrat y que es un poema de Rafael Alberti, el gitano regresa a sus orígenes. Borda el fandango con maestría, su interpretación es un dardo clavado donde laten las emociones. No es exagerado decir que después del mítico Camarón de la Isla, Diego El Cigala es la voz del flamenco. 
El público recibe sin reticencia la propuesta y se deja atrapar por las alegrías, bulerías y tangos. En este segundo tercio, los guitarristas Manuel Parrilla y Juan José Suárez Paquete colocan un par de banderillas en todo lo alto: las notas del Concierto de Aranjuez se distinguen en el lienzo sonoro que dibujan los veinte dedos al bailar sobre las cuerdas y la madera. Los percusionistas Israel Suárez El Piraña y Sabú Suárez se unen a la creación del cuadro con sus juguetones contratiempos; lo mismo hacen el contrabajista Yelsi Heredia y el pianista Jumitus. La obra se queda impresa en la memoria. 
“Cambiemos de tercio”, dice un Diego agradecido por el cariño que recibe. Para cerrar, toma la muleta y despliega su arte gitano, iluminado por la inspiración: “Amar y vivir”, de Consuelo Velázquez, es un estoque que derriba al toro más bravo. 
Afuera la lluvia continúa y el público quiere seguir cobijado por esa voz de color grana y oro, evidencia de una vida apasionada. Y como si hiciera falta, el artista regala tres toros más: una versión jazzística de “La bien pagá”, una bulería que adorna con una patadita y “Niebla del riachuelo”. El madrileño sale a hombros por la puerta grande. Los claveles y sombreros se transfiguran en sonrisas de satisfacción dibujadas en los rostros de todos aquellos que dejan el Auditorio. Ya no importa que la lluvia siga empapando las calles de la ciudad. 

Entrevista con Diego El Cigala 
El flamenco tiene muchas similitudes con el jazz, sobre todo por el afán de los músicos por experimentar e improvisar… 
Sí. Para sentir el flamenco, el músico se tiene que criar en la calle, lo mismo pasa con quienes interpretan jazz, como sucedió con el maestro Jerry González, quien toca conforme sus vivencias y muestra lo que le ha pasado: sus penas, fatigas, alegrías y penurias. Él lo hace con su trompeta y yo con mi cante. Fui un niño del Rastro de Madrid [un barrio de la capital española] y provengo de una familia pobre y humilde de gitanos. 

Muchos músicos de flamenco, como Camarón, tienen un origen humilde, ¿eso influye en la forma de hacer flamenco? 
Es una música arraigada y arriesgada. El flamenco, para nosotros, es la manera de expresar lo que se tiene y lo que has vivido. Lo que está muy claro es que no lo podría cantar una persona que lo ha tenido todo fácil. La voz jamás saldrá del corazón, sino de la cabeza. Cuando el corazón sufre, tu mente y alma lo hacen también. Eso lo muestras al momento de abrir la boca. 

¿Por qué considera que al cante, que es la esencia del flamenco, le ha costado más trabajo evolucionar, a diferencia de la guitarra o el baile? 
Porque no salen cantaores así como hongos. La guitarra se aprende, aunque tienes que nacer con algo de virtud; si careces de ella, técnicamente puedes ser muy bueno. Con el baile pasa lo mismo. Pero lo que no se aprende es a cantar, es imposible. El cante lo tienes o no, y muchos que lo tienen lo desperdician. De los jóvenes los únicos buenos son Duquende y El Potito, no encuentro más. 

En Lágrimas negras escuchamos a un cantaor de flamenco interpretando boleros. ¿Por qué aceptó esta aventura? 
Es que estos boleros los han hecho genios, pero siempre han sonado igual. Lágrimas Negras es la contra de todo esto: los respetamos, pero no están cantados igual. Me arriesgué porque me encontré muy cómodo y con ello no dejé de hacer flamenco. También es muy bonito demostrar al mundo que el flamenco puede llega más allá de lo que se cree que es. Cuando estás con músicos de la talla de Paquito de Rivera, Bebo, Javier Colina, Puntilla, todo es posible. 

¿El acercamiento con el bolero lo dejó con más curiosidad por abordar otros géneros o mezclar el flamenco con otra música? 
No. Voy a seguir haciendo flamenco. Lo que he hecho es algo que no se suele dar mucho, de hecho nunca se había dado. Seguiré con mi línea en el flamenco. Sólo los maestros como Paco de Lucía, que ha sido el mejor guitarrista de todas las épocas del flamenco, pueden hacer otras cosas. 

Programa 
Inolvidable 
Veinte años 
Se me olvidó que te olvidé 
Corazón loco 
Lágrimas negras 
Vete de mí 
La paloma 
Los pescadores 
Malagueño 
Guernika 
Amar y Vivir 
Dos gardenias 
Chanelando 
La bien pagá 
Niebla del riachuelo 
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