lunes, 24 de octubre de 2005

Deep Purple: Cómo renovar un mito cada noche


24 de octubre, 2005 / 7 250 asistentes / Función única / 
2:30 hrs. de duración / Promotor: OCESA, S.A. de C.V. 

David Cortés
“¿Quién no tiene en su colección el Made in Japan?”, pregunta un amigo antes de llegar al Auditorio Nacional y es difícil no darle la razón. Deep Purple tenía cinco años de rolar cuando en 1973 lanzó el citado disco y desde entonces sus actuaciones quedaron marcadas por lo allí plasmado. 
No importan los cambios en la alineación —esta vez llegó Don Airey como tecladista— ni los años en el camino. El futuro de las presentaciones del quinteto quedó suspendido luego de tan brillante placa y las pruebas son elocuentes: cinco de las canciones allí incluidas desfilan, treinta y dos años después, con el mismo éxito. 
Hoy, desde luego, hay mesura en las interpretaciones, no sólo porque Cronos ha cobrado cuota —Ian Gillan batalla para alcanzar los registros agudos y sostenerlos, el bajista Roger Glover no oculta las huellas de cansancio, el baterista Ian Paice no es precisamente imaginativo al acometer sus solos—, sino porque su más nueva producción, Rapture of the Deep, demanda su exposición a sabiendas de que el público ha venido por las clásicas y no por el material cuya existencia apenas conoce. 
Ausente Jon Lord (teclados) y lejanos los tiempos de David Coverdale (voz), Tommy Bolin (guitarra), Glenn Hughes (bajo) y Ritchie Blackmore (guitarra), quienes nunca pisaron suelo mexicano con la banda, el motor de esta máquina de rock and roll es Steve Morse, pirotécnico guitarrista que ha aprendido el valor de la contención en las grabaciones en estudio y la necesidad de excederse en directo. Desde su llegada en 1994, el ex Dixie Dregs ha pasado de mero reproductor de riffs a ser el cimiento sobre el cual descansa el espectáculo. Uno sabe que allí estarán, incólumes, los solos en temas míticos como “Highway Star”, “Smoke on the Water”, “Hush” y demás, pero ahora Morse los decorará con guiños a contemporáneos de la banda en sus primeras dos décadas: King Crimson, Led Zeppelin y Jimi Hendrix. Y si esto fuera poco, están las líneas de su propia historia con Purple a partir de Purpendicular (1996) y asentada en temas como “Lost Contact”, pretexto idóneo para desgranar filigrana en las seis cuerdas. 
El momento se presta para la convivencia entre el público que, en un acto democrático, borra fronteras de toda índole para degustar a Deep Purple y también para exigir aquella canción de su soundtrack personal —“Burn”, “You Fool No One”, “Stormbringer”— que jamás se escuchará en directo porque el set-list, ceñido al gusto de la banda, así lo impide. En este sentido, cada concierto de Purple contiene un aura de insatisfacción, de apuestas, de anhelos por renovar el mito de la creación del rock and roll. Unos desean interpretaciones con sección de metales y coros femeninos como ocurrió en Asia durante la gira de 2002; otros esgrimen argumentos acerca del tema abridor (“Highway Star’, como en el video Come Hell or High Water); los menos aspiran a una recreación de los conciertos de Osaka y Tokyo en 1972. La única certeza es la imposibilidad de englobar en un par de horas una trayectoria de treinta y siete años. 
Al final, luego de repasar canciones nuevas, viejos éxitos y atestiguar más de un acrobático y prendido solo de guitarra, la retirada se emprende sin peros. A lo largo de los años el sonido del quinteto, la energía desplegada en vivo, la técnica de sus integrantes y vigencia de algunas de sus canciones, no dan pie a equívocos: Deep Purple lleva con dignidad el apelativo de leyenda y no importa la cantidad de discos grabados en vivo ni los recientes registros en estudio. Maduros y jóvenes escuchas saben que la esencia de esta agrupación —denominada alguna vez como “la más ruidosa del planeta”— se percibe en sus conciertos y en esta ocasión ha entregado su rock de alto poder sin cortapisas. Cuando los fans abandonan el Auditorio Nacional y se adentran en la noche, despedir a los británicos con el riff de “Black Night” en miles de gargantas es el colofón ideal. 
No hay peor condición que ser teloneros de una institución. Eso, probablemente, pensaron los integrantes de Ágora —banda mexicana de metal prog con vena similar a Dream Theater—, minutos antes de abrir la noche a Deep Purple; el sexteto, no obstante sus buenas hechuras e intenciones, fue recibido con indiferencia. 

Altibajos de un instrumento 
La presencia del teclado electrónico dentro del rock no es nueva. Fue en los sesenta cuando las bondades del instrumento comenzaron a ser apreciadas y utilizadas. Antes de esa década era un invitado cotidiano en el blues y en Reino Unido, Alexis Korner fue uno de sus principales impulsores. En Estados Unidos, The Doors, Greateful Dead, Country Joe and the Fish y H. P. Lovecraft lo incorporaron a su dotación y le dieron carta de naturalidad. 
Había pocos referentes de los cuales tomar información en ese momento: blues, jazz y música clásica. Jon Lord abrevó de la tercera, pero su acercamiento tangencial a las dos primeras lo llevaron a elaborar un sonido propio en el cual se pueden detectar los elementos mencionados bien dosificados y que, además de convertirse en un marca registrada de Deep Purple, ayudó a cimentar tanto las bases del rock progresivo, vertiente que en los setenta se vio inundada por el talento de tecladistas como Mike Rutherford (Genesis), Keith Emerson (The Nice, Emerson, Lake & Palmer), Brian Eno (Roxy Music), Irmin Schmidt (Can), Rick Wakeman (Yes), como del heavy metal de fines de los ochenta y principios de los noventa, con bandas como Stratovarius, Nightwish, Dream Theater y Rhapsody. 
Lord, acompañado de sus inseparables Hammond C-3, su piano Roland, y sus sintetizadores Yamaha DX-7 y Korg M1, abandonó Deep Purple en 2002 para concentrarse en su trabajo en solitario. Su último concierto con la banda fue en Ipswich, Inglaterra, el 19 de septiembre y sólo atinó a decir: “Voy a tener una larga y excitante carrera como solista”. 
En esos vaivenes propios del rock, en donde ahora se posiciona lo desechado años atrás, el teclado regresa ya no como invitado, sino como protagonista. Como en la época dorada del tecno, cuando Ultravox, Depeche Mode, The Human League, Visage y otros rumiaban alucinaciones sonoras desde su arsenal de sintetizadores, hoy grupos como Keane, Coldplay, Hot Hot Heat y LCD Soundsystem lo ubican nuevamente al frente y nos recuerdan que su ausencia fue coyuntural: podrá ser olvidado temporalmente, pero siempre habrá alguien presto a redescubrirlo (D.C.

Programa 
Fireball 
Strange Kind of Woman 
Wrong Man 
Kiss Tomorrow, Goodbye 
Demon’s Eye 
Rapture of the Deep 
The Well Dressed Guitar 
Keys 
Perfect Strangers 
Highway Star 
Space Trucking 
Smoke On the Water 
Lazy 
Black Night 
Hush
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