viernes, 22 de julio de 2005

Magos Herrera


22 de julio, 2005 / 364 asistentes / Función única / 
2 hrs. de duración / Promotor: Carlos Cataño 

Jesús Quintero
De manera similar a la escena estadounidense, donde el jazz de tendencia moderada y dulce le está ganando el terreno en promoción y difusión a proyectos más desafiantes, en México las jóvenes generaciones que pican piedra desde hace años han optado por la vía romántica para captar a un público a veces volátil. En este terreno, Magos Herrera es una de las voces más reconocidas y elogiadas por su delicado registro y amplio vuelo, pero en su descargo debe señalarse que su adhesión a los temas que provocan suspiros proviene de su temprano gusto por la música brasileña y el bolero que, adscrito al lenguaje sincopado, ha nutrido por todos los costados los estándars, dándole un nuevo sitio a autores como Mario Ruiz Armengol y Consuelo Velázquez, y haciendo ya innecesarias más vueltas de tuerca a “Las hojas muertas”, que de caballo de batalla mutó en lugar común. 
Para celebrar la aparición de Todo puede inspirar, su primer álbum para EMI luego de tres grabaciones en sellos independientes, y acompañada por Mark Aanderud (piano), Agustín Bernal (contrabajo), Alex Kautz (batería), Ken Basman (guitarra) y Jennifer e Ingrid Beaujean (coros), Herrera llega al Lunario con un repertorio bien dominado al que le añade composiciones de José Alfredo Jiménez, Lennon y McCartney, y del brasileño Edu Lobo. El reto para que en su crisol se fundan tantos elementos es grande, pero la cantante lo resuelve al desprender las zonas más crudas y viscerales a esos nuevos clásicos, abogando, en cambio, por un estilo suave que encuentra exacta complicidad con sus músicos; así, un affaire con la bossa nova (“Rosa”), un himno pop dedicado a las seductoras que no responden a las expectativas (“Norwegian Wood”) y el responso del enamorado bajo el balcón (“Cuando salga la luna”) se vuelven vehículos ideales para que su voz luzca en los registros altos que se perciben nítidos aun sin micrófono o al arroparla sólo con guitarra o contrabajo. 
La paleta de colores que maneja es amplia. Su fraseo más melancólico remite por momentos a Joni Mitchell o Tracey Thorn (de Everything But the Girl) y cuando juega con gotitas de scat parece avezada alumna de Liz Fraser (Cocteau Twins), dada su cualidad etérea que, lamentablemente, es condimento y no plato fuerte, por lo que —tal vez sin advertirlo ella— deja con apetito a quienes desean más juegos heterodoxos. Pero ésa es una minucia. El entusiasmo de los espectadores asciende de manera proporcional cuando la cohesión sonora alcanza las cotas más altas con “Delirio”, de César Portillo de la Luz, y “Chovendo na Roseira”, de Tom Jobim. 
Adversa a los disfraces y a los falsos arrebatos escénicos, Magos Herrera no va de femme fatale ni de mártir. Sin artificios, busca que su voz, y no ella, sea la principal protagonista. Incluso, se nota tímida cuando explica el origen de algunos temas y parece más cómoda cuando con los instrumentos dialoga acerca del amor, la magia cotidiana y los sueños de infancia… esos ingredientes con los que está hecha su felicidad y, quién lo duda, su inspiración. 

Programa 
Agua 
Rosa 
Todo puede inspirar 
Sol de Lisboa 
Nature Boy 
Cuando salga la luna 
Necesito un sol 
Para Dizer Adeus 
Delirio 
Chovendo na Roseira 
Norwegian Wood 
Azul 
Somos 
Orquídeas susurrantes 
Blanca pasarela
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