miércoles, 27 de abril de 2005

Juan Gabriel: El show de Nunca Jamás


34 años de puro amor / 27 al 30 de abril y 1, 9,10, 16 y 17 de mayo, 1 al 5 de junio, 2005 / 126089 asistentes / 
14 funciones / 2:40 hrs. de duración / Promotor: Producciones Juan Gabriel, S.A. de C.V. 

Fernando Figueroa 
A pesar de haber vivido una infancia difícil, o tal vez por eso mismo, Juan Gabriel disfruta cada uno de sus conciertos con esa combinación de seriedad y alegría que sólo los niños son capaces de amalgamar al cien por ciento. 
La seriedad la demuestra al arribar muy puntual al escenario del Auditorio Nacional, acompañado de cuarenta y dos bailarines que irán apareciendo paulatinamente, veinticinco coristas y nueve músicos, además del Mariachi Vargas de Tecalitlán. Es decir, casi un centenar de compañeros de juego, todos comandados por el mítico cantautor, ataviado con un traje de tres piezas y color indefinido, entre lila y rosa pálido. La alegría se le nota a leguas, tanto en el entusiasmo al cantar como en su buen humor eterno. Cuando a los mariachis les da por ejecutar un jocoso zapateado con inesperados brincos a espaldas de Juan Gabriel, éste se dice sorprendido y luego agrega con su típica coquetería: “¡Me asustaron!, ¿qué tal si estoy criando? ¡Se me va la leche...! ¡San Garibaldi!” Posteriormente, a un grito de “¡Papacito!” él responde con un “¿quién da más?”. 
Sólo a un consagrado con alma de niño se le ocurre bajar del escenario, hacer a un lado a un guardia de seguridad y decir: “Ahora yo los voy a cuidar”, refiriéndose a los espectadores. Y sólo él es capaz de desplazarse entre el público con la serenidad de quien camina sobre las aguas para recibir besos, saludos y toda clase de tocamientos mientras suelta el chascarrillo: “Ay, esto parece Siempre en domingo”. Algún espectador podría ver frente a sí a un señor de cincuenta y cinco años, con evidente sobrepeso, cabello entintado, vestimenta estrafalaria y desplantes fuera de lugar. Pero la magia del artista se impone ante todo y ante todos, y por eso vemos a un ser sin edad, ajeno a los convencionalismos de la racionalidad, más allá del bien y del mal. 
Hoy Juanga festeja 34 años en el medio artístico, pero para él todos los días son motivo de festejo. En la primera función de esta temporada, tiene la humildad (o naturalidad infantil) de saludar en las butacas a algunos actores y cantantes: Angélica Aragón, Amanda Miguel, Diego Verdaguer, Mariana Seoane y Pablo Montero. Después sobreviene el acto generoso de acercarse a la cantante Dulce María, surgida de La Academia, a quien le cede el micrófono para que demuestre, con el tema “Mañana mañana”, que alguien formado en dicho programa de televisión es capaz de poseer una voz privilegiada. Otro de sus juegos consiste en cantar por los pasillos del recinto e incluso treparse literalmente sobre una butaca de la zona preferente, mientras sus vecinos lo besan y tocan como al Mesías largamente esperado. De regreso al escenario pasa del trance que implica interpretar “Querida” a la transformación teibolera en “Yo creo que es tiempo”. Aunque previsible, el regodeo sexy con el pedestal del micrófono (a manera de “tubo”) enardece a sus fans, quienes pierden la razón cuando agrega los sensuales movimientos de cadera. 
Juan Gabriel no tiene miedo de que los espectadores lo comparen con él mismo, por eso no tiene ningún inconveniente en que se proyecten videos donde aparece joven, muy delgado y con abundante cabellera. El recurso resulta conmovedor con la interpretación de “Abrázame muy fuerte”, acompañada con imágenes de innumerables abrazos recibidos a lo largo de su carrera, de parte de José José, Verónica Castro, las desaparecidas María Félix, Lola Beltrán... 
El Divo de Juárez sabe que todos los invitados a su fiesta observan detenidamente cada uno de sus movimientos, incluso cuando se ve rodeado de esculturales bailarines de ambos sexos o de mariachis dispuestos a romper con el estereotipo del músico serio y formal. El ocaso del show llega con una versión rocanrolera de “Noa Noa”, lo cual no resulta extraño porque Eduardo Magallanes, su arreglista de cabecera, siempre ha sabido vestir las canciones de Juan Gabriel con trajes a la medida de las circunstancias. Antes habíamos escuchado “La diferencia” a ritmo de tango y “Vienes o voy” al estilo hustle. 
Gracias al altruismo del hijo predilecto de Parácuaro, en la parte alta del Auditorio, doscientos niños de la Casa Hogar de Varones y Niñas del DIF observan el final del espectáculo. Saben perfectamente que el señor del traje lila-rosa pálido es realmente el niño del cumpleaños y quisieran bajar al escenario para regalarle un pedazo de su corazón. 

Tres estampas de Juanga 
En medio de la oscuridad surge del mar una enorme luna llena. Es el 22 de junio de 1994 y Juan Gabriel presenta ante la prensa su disco Gracias por esperar, luego de ochos años de conflictos legales relacionados con los derechos de autor de sus canciones. También ha superado con éxito, gracias a las presentaciones que por su propia iniciativa llevó a cabo en toda América, el veto impuesto por una de las principales cadenas de la televisión mexicana. Es la reconciliación: la conferencia en la arena para doscientos periodistas, los brindis, los abrazos y la interpretación de algunas de las canciones de su nuevo disco. Parecería que el tiempo no quiere cobrarle ninguna factura a su cuerpo ni a su espíritu. Se define vegetariano y enemigo de almacenar rencores contra quienes intentan hacerle daño, este Dorian Grey a la luz de la luna. 
7 de enero de 1996. Ahora celebra 25 años de carrera artística y 46 de edad. La cita es en el Baby Rock de La Herradura, exclusivo fraccionamiento de la ciudad de México. En el pequeño escenario lo rodean figuras como Lola Beltrán y Katy Jurado. Los mariachis cantan “Las mañanitas” y después el Divo de Juárez interpreta “Amor eterno” acompañado de Lola La Grande, Marco Antonio Muñiz, Guadalupe Pineda, Angélica María, Tania Libertad, Paulina Rubio... Entre los 400 invitados destaca Carlos Monsiváis, que confiesa a quien esto escribe: “Juan Gabriel es un buen cantante, un gran compositor y un excelente amigo, por eso me atreví a llegar hasta aquí”. 
Corre el año de 1997. Juan Gabriel canta ante 8 mil personas en la Feria de Azcapotzalco. Una enorme lona protege del agua a los espectadores. El show se lleva a cabo en un sitio llamado Foro de Espectáculos Las Cascadas, que a medio concierto hace honor a su nombre: como una enorme ubre, la gran tela cede en diez o doce puntos de costura y por ahí chorrea el agua como parte de la escenografía. Quienes tienen la mala fortuna de estar sentados debajo de esas imprevistas regaderas, quedan empapados como en Sábado de Gloria. En medio de un gran charco cinco espectadores en sillas de ruedas corean todos los temas de su ídolo. Viene a la mente Neruda: “Así andaremos juntos, codo a codo, todos los hombres, mi canto los reúne, el canto del hombre invisible que canta con todos los hombres”. (F.F.

Programa 
Corazón sediento 
Fue un placer conocerte 
Para siempre adiós 
Juro que nunca volveré 
Vienes o voy 
Yo no nací para amar 
El amor 
Mañana mañana (canta Dulce María) 
Hazlo por mi corazón 
Amándote 
Ahí está mi problema 
Cariño mío 
Querida 
Mi fracaso 
Yo creo que es tiempo 
He venido a pedirte perdón 
Cuándo quieras déjame 
El principio 
Te voy a olvidar 
Se me olvidó otra vez 
La herencia 
El palo 
No me vuelvo a enamorar 
No vale la pena 
Caray 
Siempre en mi mente 
Costumbres 
Debo hacerlo 
Hasta que te conocí 
Abrázame muy fuerte 
Amor eterno 
La diferencia 
Así fue 
Te sigo amando 
La guirnalda 
Noa Noa 
Te recuerdo dulcemente 
Infidelidad 
Buenos días señor sol 
Adiós, amor 
El día de los novios 
Lástima, es mi mujer 
Me gusta estar contigo 
Vidita mía 
Ahora que te vas 
Qué diera yo 
Con tu amor 
La diferencia 
Ya no vuelvo a molestarte 
Amor de un rato 
Siempre estoy pensando en ti 
Te llegará mi olvido 
¿Por qué me haces llorar? 
Verte una vez más
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