miércoles, 13 de abril de 2005

Buena Vista Social Club: Nostalgia de la muerte



13 de abril, 2005 / 9 675 asistentes / Función única / 3:30 hrs. de duración /

 Promotor: Discos Corason, S.A .de C.V. 


Fernando Figueroa 
A nada se parece un concierto en honor a músicos latinos que ya abandonaron físicamente este mundo, pero cuyas notas continúan rondando el aire, a la espera de que alguien hunda sus dedos en las teclas de un piano o sople en la boquilla de un saxofón y haga vibrar sus cuerdas vocales y las fibras del su corazón. 
Aunque la publicidad previa al concierto hablaba de un show de despedida de Buena Vista Social Club (BVSC), en realidad se trataba de honrar la memoria de Compay Segundo y Rubén González, además de celebrar la vida de quienes aún son capaces de pasear su talento por el mundo. Y más que un concierto es un collage en el que desfilan, se alternan y combinan la banda de Compay (ahora bajo la batuta de su hijo Salvador Repilado Labra), el grupo de Eliades Ochoa y lo que queda del BVSC con la voz legendaria de Omara Portuondo, el canto fresco de Carlos Manuel Calunga (en sustitución de Ibrahim Ferrer) y la breve aparición de un Pío Leyva pleno de entusiasmo pero con las facultades demasiado mermadas por la edad. Pero con lo que queda de BVSC basta y sobra para un espectáculo de tres horas y media de grandes ligas. Quizás la ausencia de quienes ya murieron hace más notoria la calidad de instrumentistas consagrados como Manuel Guajiro Mirabal en la trompeta, Israel Cachaíto López en el bajo y Barbarito Torres en el laúd cubano. No por nada los dos primeros realizan giras individuales promocionando discos en solitario; Guajiro grabó un espléndido homenaje al mítico Arsenio Rodríguez y Cachaíto incursionó dentro del álbum en el reggae, el jazz y hasta el jugueteo con un dj. 
Y también sobrevive Omara. Ella es a Cuba lo que Ella Fitzgerald a Estados Unidos. La Portuondo es un portento de mujer, de voz, de sensibilidad. No se conforma con movernos el tapete al interpretar “La sitiera”, “Dos gardenias” (dedicada a Ibrahim Ferrer) y “20 años”; también nos obliga a recordar que seguimos respirando el mismo aire que Agustín Lara (“Amor de mis amores”) y nos da un estoconazo con una versión inquietante de “Bésame mucho”, que nos consuela un poco por la ausencia carnal de su autora. 
Eliades Ocha impregna el espacio con su extraña y siempre eficaz combinación de sones, guarachas y boleros que amalgaman las raíces africanas con el sabor guajiro de Santiago de Cuba, la tierra que lo vio nacer, caminar y recorrer sus barrios con una guitarra que siempre suena a él y sólo a él. Está feliz por el triunfo de su equipo favorito en el béisbol. Cuando anuncia “Estoy como nunca”, lo dice como una profesión de fe, un festivo deseo y un anhelo de seguir adelante sin importar la edad ni cualquier otra circunstancia. “Píntate los labios, María” y “El cuarto de Tula” sólo son una comprobación más de que Ochoa tiene cuerda para otro cuarto de siglo, cuando menos. 
Pío Leyva camina, habla y canta con dificultad, pero la gente le celebra el más mínimo detalle porque no cualquiera juega así a los ochenta y ocho años. “Qué bien se está aquí”, dice con la tranquilidad de quien ve el mundo desde su Himalaya. Su voz va de fragmentos de la casi mística “Solamente una vez” al jolgorio de “Pío mentiroso” con un solo de Barbarito Torres que traspasa mucho más allá de las paredes de este recinto. 
El virtuosismo de Roberto Fonseca en el piano pagaría por sí mismo el boleto de entrada, pero en este caso sólo es un instrumentista más que viaja sin escalas de la serenidad al frenesí. Sus dedos acarician las teclas en un popurrí en homenaje a Rubén González, mientras imágenes en movimiento del maestro ido se proyectan en las pantallas. Estamos en presencia de una síntesis de la historia reciente de Cuba: dos pianistas, uno que se fraguó en las calles y otro surgido de una escuela pública que sólo pulió un diamante en bruto. Un sombrero virtual de Compay Segundo al fondo del escenario es el marco para que su orquesta nos recete una fuerte dosis de nostalgia con su célebre “Chan Chan”, “Macusa” (en honor a su primera novia) y “Para Vigo me voy”. Es casi medianoche y el show finaliza literalmente con “Candela”. Nadie se ha movido de su sitio, ni siquiera quienes ya saben que desde ese momento son cenicientas a las que el horario del Sistema de Transporte Colectivo les ha dado calabazas. A nadie le importa porque difícilmente esta alineación del Buena Vista Social Club podrá volver a repetirse. Es la energía de la vida que va del escenario a las butacas y viceversa. Es la Historia. 

De ego, traición y dólares 
Un mes antes de este histórico concierto en el Auditorio Nacional, Juan de Marcos, fundador de Buena Vista Social Club, hizo declaraciones explosivas contra el músico estadounidense Ry Cooder y contra el cineasta alemán Wim Wenders; es decir, contra el productor del disco que dio a conocer al grupo fuera de Cuba y contra el realizador del documental que dio la vuelta al mundo. Afirmó que diez años antes de la aparición del grupo, él ya se había propuesto hacer algo similar, e incluso lo había platicado con empresarios ingleses. Tiempo después —según declaró al reportero Arturo Cruz Bárcenas—, Ry Cooder llegó a La Habana con la intención de grabar un disco con músicos africanos y cubanos. Los africanos nunca llegaron a la isla y entonces De Marcos reunió a todos sus legendarios compatriotas, quienes habían sido amigos de su padre y Ry Cooder grabó el legendario disco de 1997. El cubano también acusó a Wim Wenders de robar las regalías del documental, además de calificar ese trabajo como una ficción muy alejada de la realidad. Aunque estaba programada la presencia de De Marcos para el concierto en el Auditorio, no se presentó. De Ibrahim Ferrer se dijo que estaba enfermo, pero algunos de sus allegados afirman que él ya sólo quiere dedicarse a disfrutar de sus regalías. 
Un mes después de la presentación, surge otro conflicto avivado por el éxito de BVSC: la compañía estadounidense Peer International Corporation y la Editora Musical de Cuba se disputan, mediante un juicio que se lleva a cabo en Londres, los derechos de cientos de canciones de compositores cubanos, incluidos quienes crearon los temas del álbum producido por Ry Cooder. Pero De Marcos ya había dicho que las regalías por el disco sí llegaron a los bolsillos de quienes participaron en él, gracias a la honestidad de la compañía que los grabó, World Circuit. (F.F.

Programa 
Macusa 
Huellas del pasado 
Orgullecida 
Yo canto en el llano 
Para Vigo me voy 
La sitiera 
Hermosa Habana 
El reloj de pastora 
Me boté de guano 
Solamente una vez 
Pío mentiroso 
Píntate los labios, María 
Estoy como nunca 
El carretero 
El cuarto de Tula 
Homenaje a Rubén González 
Dos gardenias 
Amor de mis amores 
Tiene sabor 
Veinte años 
No me llores más 
Bésame mucho 
Chan Chan 
Candela
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