viernes, 4 de marzo de 2005

Con... cierto Carnaval al estilo Putumayo


4 y 5 de marzo, 2005 / 585 asistentes / 2 funciones / 
5:30 hrs. de duración / Promotor: Putumayo World Music 

Arturo García Hernández 
Desde la entrada del Lunario aquello hervía en colores. Entre confeti, serpentinas y antifaces, revoloteaban saltimbanquis, bailarinas, zanqueros, prestidigitadores, polichinelas y toda la gama de seres que habitan esos espacios de placer y libertad que son los carnavales. Alguno de ellos recibía a quienes iban llegando al bar, les entregaba un antifaz y los acompañaban hasta el interior, donde una banda dixieland prolongaba la fantasía de hallarse en un rincón de Nueva Orleáns celebrando el Mardi Gras. Esa era la idea de la empresa organizadora del acto, la disquera Putumayo World Music, como la antesala al concierto de un músico de su selecto y apreciado catálogo, el connotado trompetista Kermit Ruffins, en compañía de la banda The Barbecue Swingers. 
A partir de las nueve de la noche, durante hora y media el público bebió, departió y disfrutó de la mascarada. Alguien se tomó fotos con los magos o los payasos. Después llegó la hora de entrar al bar donde se proyectó un documental sobre el surgimiento y evolución del carnaval. El Mardi Gras (martes de carnaval) tiene antecedentes en rituales paganos muy remotos, pero la forma que llega hasta nosotros surgió en la Edad Media europea. Es el período para los excesos antes del recogimiento que exige la cuaresma. Nueva Orleáns lo adoptó en 1827 y lo ha convertido en una de sus manifestaciones culturales con mayor tradición. Las primeras producciones discográficas de Putumayo en 2005 son representativas de la ciudad que cobijó el nacimiento del jazz: New Orleans, y una antología de Kermit Ruffins, actualmente uno de los músicos predilectos del lugar. 
Siguió un envolvente trepidar de tambores que puso a tono oídos, cuerpo y alma para recibir a los músicos. Y quedó claro que el trompetista encarna el sonido y el espíritu de la ciudad que lo vio nacer en 1964. Todo un cuarentón el hombre, piel de ébano, elegante en su traje negro de dos piezas, camisa blanca y corbata a rayas, sombrero de fieltro que le daba una apariencia de gángster de Chicago en los años treinta. Su elegancia no se contraponía a su actitud festiva y desparpajada. Al verlo empuñar la trompeta entendimos por qué lo comparan con el eterno Louis Armstrong. A pesar de las evidentes diferencias físicas e interpretativas, algo los identifica. En gran parte, el parecido en el timbre de la voz, pero también algo más abstracto, intangible. Una forma de vivir la música, de sentirla y expresarla. 
Un inmenso privilegio concedido a la audiencia: escuchar en vivo a un auténtico y talentoso representante del sonido Nueva Orleáns contemporáneo. Virtuoso y voluptuoso, Ruffins es un mago de alta escuela que saca de la chistera lo que le venga en gana, un malabarista de sonidos, un acróbata de la síncopa y la armonía: frenético o cadencioso, tradicional e innovador; maduro y jovial. No se quedan atrás los cuatro miembros de la banda: Corey Henry en el trombón; Kevin Morris en el contrabajo; Jerry Anderson en la batería y en el piano la filigrana digital de Emile Vinette. Si algo hay que lamentar son las deficiencias de la sonorización que no hicieron justicia a la excelsitud de los músicos quienes, entre cerveza y cerveza, se la pasaron tal vez hasta mejor que el público. 
En su mayoría, las piezas interpretadas pertenecen al disco editado por Putumayo, el cual reúne una selección de piezas de los siete álbumes del trompetista: Monday Night in New Orleans, On the Sunny Side of the Street, Kermit’s Second Line, After You’re Gone... También hubo lugar para dos monumentos sonoros de la canción popular latinoamericana: la multi-grabada “Bésame mucho” de la mexicana recientemente fallecida Consuelo Velázquez, y la insuperable, finísima oda musical de Jobim a la belleza y la sensualdiad, “The Girl from Ipanema”. 
Concluida la sesión de jazz, quedó la noche para los djs franceses Olivier & Olivier! Lo que no quedó fue un público adecuado. Por su apariencia y edad —cuarentones en su mayoría— fue fácil entender que muy pocos soltaran su esqueleto a los estímulos de la música electrónica que prometía durar hasta el amanecer.
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